lunes, 8 de febrero de 2016

ESTERILIDAD


Leo en la prensa la reseña de una entrevista al papa Francisco publicada hace unos días en Corriere della Sera. El papa revela que en 2014 Angela Markel le llamó enfadada porque, en una intervención en el parlamento de Estrasburgo, él había comparado a Europa con una mujer estéril. Sin entrar en los posibles trasfondos y vericuetos del asunto, tiendo a darle la razón a Merkel. Creo que el pontífice no anduvo fino en la ocasión, la comparación desvela una concepción de la mujer excesivamente utilitaria, por no decir unidimensional. En el plan divino sobre la sexualidad, admitido que existan algún plan y alguien divino para concebirlo, seguramente se adjudicó a la mujer una función más polivalente y de mayor protagonismo que la simple procreación. En el caso de que la teología ortodoxa sostenga que no es así, y que no hay función más alta para la mujer que la de ser madre, habrá que concluir que Teresa de Jesús, por poner tan solo un ejemplo notorio, fue un fracaso como mujer.
No es el primer desliz de Francisco sobre el asunto. Hace algún tiempo, a una pregunta sobre la función de las mujeres en la Iglesia católica respondió con un particular viva Cartagena. En sustancia (cito de memoria), su respuesta fue que la mujer es lo más bonito que hay en el mundo, y que la misma Iglesia tiene nombre de mujer. O bien lo dijo con una punta de ironía, lo cual sería malo, o lo dijo de corazón, lo cual sería francamente peor. Machismo y paternalismo. Si nos remontamos a las fuentes, Jesús maldijo a una higuera que no daba fruto, y desatendió clamorosamente la paridad de género en el momento de seleccionar su colegio apostólico; pero cuando menos no hay constancia escrita de que echara piropos “de género” de dudoso gusto ni de que condenara en ningún aspecto la incapacidad femenina para procrear. Y subrayo lo de “femenina”. Habida cuenta de la regla del celibato, está claro que el hecho de que el varón no coopere al mandato divino en el Génesis del «creced y multiplicaos», al papa Francisco y a todos sus antecesores en el cargo les parece una actitud altamente encomiable.
Por ser varón. También hay celibato femenino y también se lo encomia, pero los obispos mandan sobre las abadesas, y ninguna obispa tiene jurisdicción sobre un abad. La jerarquía es la jerarquía, y las reverendas sores están en ese aspecto mucho más cerca de la clase de tropa que del escalón de mando.
Volvamos a la imagen de Europa que dio origen al enfado de la cancillera. Habida cuenta del trato que están recibiendo los refugiados, de los cierres de fronteras, de las concertinas, de las reformas laborales sugeridas por las sucesivas troikas, de los minisalarios para minijobs, de la profundización acelerada de todas las desigualdades, etc., más que con una mujer estéril, la Unión Europea realmente existente merecería ser comparada con la madrastra de Blancanieves. O alternativamente, con el Doctor No.
 

domingo, 7 de febrero de 2016

METÁFORAS DE LA VIDA


Me encontré ayer en la situación incómoda de quien está viendo una película que no le interesa. La culpa era seguramente mía, y no de la película, que ha recogido en general críticas lo bastante buenas para animarme a comprar una entrada. Por la pantalla admirablemente coloreada paseaban su indolencia dos zánganos dedicados a sumergirse en aguas benéficas y recibir masajes en un balneario suizo de altísimo standing. Uno de ellos era compositor y director de orquesta, el otro un respetado director de cine. También concurrían en el mismo lugar un actor famoso preparándose para interpretar a Hitler, un antiguo astro del fútbol pasado de kilos, y Miss Universo. Podían componer, entre el escenario y las figuras, una metáfora acabada de la clase ociosa, pero no era así; lo que intentaban componer era una metáfora de la vida.
Las frustraciones de la vida sentimental y emotiva de unos personajes rodeados por el aura del éxito y de la fama, se perdían a lo largo de la trama en un vacío desolado. (Ninguna culpa tienen en ello las interpretaciones; los actores son magníficos, todos.) El balneario, las montañas, eran la torre de marfil en la que se aislaban de la multitud, para tomar fuerzas o sin ningún objeto preciso, solo el de pasar sus vacaciones. El leitmotiv argumental era más o menos (en arte no se inventa nada) el mismo que definió Rimbaud con los versos siguientes: Oisive jeunesse / à jamais perdue. / Par délicatesse / j’ai perdu ma vie.
Hay un regusto felliniano en escenas de carácter simbólico (el director interpelado por las heroínas de sus películas), pero la fantasía de Fellini no se amoldó nunca al escapismo, creo. La metáfora quizá definitiva de la película que comento aparece cuando el músico se pone a “dirigir” en medio de un prado la recóndita armonía del tintineo de las esquilas y de los mugidos de las vacas. La secuencia patina en una grandilocuencia kitsch del gesto que bordea el ridículo, pero el mensaje que nos propina el director no es el del absurdo, sino el de la recomposición de un sentido de la armonía de lo real situado más allá de nuestra comprensión, y solo al alcance de la de algunos privilegiados.
A lo largo de casi todo el metraje mantuve un respeto al director de orquesta por su negativa repetida a actuar delante de la Queen, por motivos personales y respetables. Incluso ese pequeño consuelo me fue arrebatado al final. Abandoné la sala con la misma sensación de pérdida del tiempo de que adolecían los protagonistas.
 

sábado, 6 de febrero de 2016

POR UN PROYECTO DE PAÍS


Al margen de que la búsqueda de pactos de gobierno o, como mal menor, de investidura, esté resultando prolija y fatigosa, todas estas negociaciones se resienten de un pecado original: a partir de unas conversaciones en el vértice, solo se pueden generar proyectos verticistas. Pedro Sánchez debería tomar nota de que será necesario ir más allá de un acuerdo con Pablo Iglesias, Albert Rivera y Soraya Santamaría u otra persona por designar aún en representación del PP (descarto de entrada a Mariano Rajoy, al que considero irrecuperable para cualquier proyecto de futuro).
Sánchez es muy consciente, con toda seguridad, del conglomerado de fuerzas, vectores e intereses difícilmente conjugables que conviven en el PSOE, pero puede caer en el error de pensar que no ocurre lo mismo en el territorio de sus interlocutores, y dar por sentado que cuando digan Sí, lo estarán diciendo también todas las fuerzas heterogéneas que se agrupan en torno a ellos. Puede ser cierto en el caso de Rivera, porque Ciudadanos sigue siendo aún una organización política de diseño, fabricada desde arriba y sin arraigo real en la sociedad. En el caso del Partido Popular, podrá contar con el factor de la disciplina interna, un reflejo condicionado que ha funcionado de forma fiable en anteriores ocasiones y tal vez (solo tal vez) lo siga haciendo en la actual coyuntura. Pero detrás de la fachada de Pablo Iglesias con su peculiar narcisismo mediático personal, Sánchez habrá de hurgar para tomar en cuenta necesariamente la pluralidad que impregna la idea de Podemos, y más allá, de los En Comú, los Compromís y las Mareas, con todos los componentes heterogéneos (grupos políticos menores, alternativas municipalistas, movimientos sociales) de todas esas distintas síntesis o resultantes parciales. Unificar ese conglomerado en un solo grupo parlamentario es en sí una mala idea; no atender en las negociaciones a la diversidad de origen y de proyecto de todo ese gran bloque de activos políticos, es abocarse al fracaso. Sánchez tiene un ejemplo del que aprender, la odisea vivida por Junts pel Sí con la CUP en Cataluña: tal fue el resultado de dar por supuesto que todos querían lo mismo en todo, por la sola razón de que querían lo mismo en una cuestión.
Hay dos formas de elaborar un proyecto de país: se puede buscar una síntesis difícil, o se puede partir de una abstracción simplificadora. Es muchísimo más habitual seguir el segundo camino, que el primero. Nos lo ha dicho Paul Krugman en referencia a la economía (pero apenas si extrapolamos al trasladar su afirmación al país en su conjunto, porque la economía es hoy más que nunca el ingrediente esencial de un país): «La economía convencional opera en base a “modelizar” no una realidad, sino una opción ideológica y virtual de la realidad.»
Cuando se habla de España, por lo general se está abstrayendo la realidad directamente observable. La unidad de España se sigue considerando algo fundamental, intocable. Pero si se examina de cerca, apenas si aparece: lo constatable es la diversidad y en muchos casos la confrontación, y esa realidad se desconoce y se intenta negar en aras de una unidad puramente ideológica. En concreto: de la unidad de destino en lo universal, una idea joseantoniana que sigue agazapada en la concepción que utilizan para hablar de España tanto nuestras derechas como también nuestras izquierdas, por sorprendente que esto último pueda parecer.
Volvamos a la historia económica de la mano de Carlos Arenas Posadas, a quien debo también la anterior cita de Krugman. Dice el maestro sevillano en la presentación de su magna obra recién aparecida: «Uno tiene la sensación, leyendo libros y manuales de historia económica, de que, cuando se intitula “España”, unas veces apenas se rebasa la dimensión de una región, de una ciudad o de una porción de kilómetros a la redonda; y otras veces, que se habla de un aglomerado inconexo de realidades económicas y sociales diferentes. España es un país para el que no valen los promedios.» (Poder, economía y sociedad en el Sur, Centro de Estudios Andaluces, 2015. P. 16).
En el proyecto de un país y de una economía "para los que no valen los promedios", concebido a partir de una síntesis integradora de fuerzas y realidades muy diversas, habrá de tenerse en cuenta el encaje adecuado de las diversas partes en el todo. Pero esa operación difícil exigirá además un margen adecuado de flexibilidad ante la certeza de que el tiempo seguirá pasando, y con él cambiarán las correlaciones de fuerza y las posiciones relativas de las distintas partes (geográficas, económicas) consideradas inicialmente. El proyecto inicial habrá de ser “abierto” en el sentido de tener en cuenta las eventuales modificaciones, potencialmente numerosas y profundas, que necesariamente se producirán a lo largo del trayecto futuro.
Y si eso ocurre en el nivel estrictamente interno, intraestatal, lo mismo ha de postularse en lo que se refiere a las relaciones exteriores y a la posición que España (esa incógnita) ocupará o dejará de ocupar, por méritos propios, en lo que convencionalmente se viene en llamar el concierto de las naciones.
 

viernes, 5 de febrero de 2016

SPOTLIGHT


La película Spotlight es la historia – basada en hechos reales – de  una investigación periodística realizada por una sección especializada del diario Boston Globe. El tema de fondo son los abusos sexuales de curas católicos con niños y niñas de la diócesis de Boston, en edad escolar. Se habla al principio de casos aislados y de manzanas podridas, pero el curso de la investigación viene a establecer la existencia de una pauta de conducta continuada, y la certeza del conocimiento sobrado de los hechos por parte de la jerarquía, que adopta al respecto un modus operandi basado en la ocultación y el disimulo.
Los periodistas de la película tienen que oírse en media docena de ocasiones la importancia del “bien” que vierte a manos llenas el obispado sobre la ciudad, la “gran labor” que está desarrollando hacia los humildes. Quienes defienden a la iglesia insisten una y otra vez en un cuadro mixto de luces y sombras, y tratan de evitar la denuncia con el argumento socorrido de que se corre el peligro de tirar el niño con el agua sucia de la palangana. A conciencia de que lo que están haciendo es guardar el agua sucia con el niño sin limpiar.
El esquema de conducta es trasplantable a otras latitudes y a comportamientos de orden distinto. No solo de la iglesia católica, aunque entre nosotros tenemos a varios Romanones y arzobispos en la misma sintonía. El punto crítico en estas cuestiones es la correlación estrecha que existe entre poder y abuso. Una correlación que no se extiende, claro está, al cien por cien de los poderosos. En la película, cuando los investigadores están centrados en once casos de pederastia, un psicólogo experto en el tema cuantifica en el 6% del censo eclesial las “manzanas podridas”, de modo que en función de esas cifras, en Boston debería haber en torno a 90 casos. Al final, salen más.
Salen más porque el manto protector proporcionado por la institución, la sensación de impunidad, acentúa la tendencia al abuso y a la depredación. La relación del PP con la corrupción es un ejemplo claro de esta dinámica. Políticos corruptos los ha habido antes del PP, de otras formaciones, de distintas tendencias. Pero las actuaciones de los estamentos del partido forzando plazos y acumulando recursos en busca de la fecha de prescripción; las repetidas absoluciones por falta de pruebas, y sobre todo la sensación de protección y comprensión desde arriba (los “sé fuerte, Luis”, los “sabes que te quiero mucho”) han disparado un boom de corrupción difícilmente comparable con cualquier otra época de nuestra historia.
No es tanto el hecho corrupto en sí lo que conduce a la desmoralización social, como la actitud que adopta ante él la institución implicada. La iglesia católica conserva la fe acrítica de sus feligreses en relación con todas las circunstancias relacionadas con su gestión; no solo con la doctrina. Una crítica a la iglesia suena de inmediato a abominación, a despecho, a revanchismo. Los jerarcas comunistas utilizaron del mismo modo la fe de las masas en una emancipación futura, en la época de los regímenes del socialismo real. Criticar al partido y a sus jerarquías era algo impensable, inconcebible. Y en lo que respecta al Partido Popular, sigue conservando aún el voto de millones de personas a despecho de la constatación inequívoca de que muchos de sus dirigentes están utilizando su posición para “forrarse” prevaliéndose de prácticas punibles.
No son, entonces, las conductas desviadas las que provocan escándalo y rechazo en las diferentes feligresías, sino el amparo que reciben desde las alturas del poder y sus aledaños; esa regla torcida de conducta que consiste en tratar de manera diferente a “nuestros” hijos de puta y a los de los demás. Combatir la corrupción, sin adjetivos ni acepciones de personas, no se plantea entonces como un objetivo político último, o “máximo”, sino como el punto inexcusable de partida para ordenar del modo conveniente toda la vida política.
 

jueves, 4 de febrero de 2016

LA RECESIÓN EN CÓMODOS PLAZOS


Voces amablemente interesadas nos insisten desde Bruselas en que la incertidumbre política podría comportar graves retrocesos para la economía española. Ya lo sabemos. Sabemos incluso algo más, que esas voces callan, o esconden interesadamente: que no nos ha ido mejor hasta ahora con una gran dosis de certidumbre política.
No ocurre solo en España. En Francia la esperanza de vida ha retrocedido por primera vez en 46 años. No hay incertidumbre política en Francia, que se sepa, y tampoco ninguna epidemia ni catástrofe ecológica. Ha habido, eso sí, un deterioro porcentualmente constatable de las prestaciones sociales relacionadas con la salud (y con más facetas de la vida de todos los días). Desde Bruselas deberían reconvenir cariñosamente a Monsieur Hollande por su dejadez en estos aspectos. Aún no lo han hecho, pero no se puede descartar que lo hayan aplazado hasta mañana por la mañana a primera hora, sin falta.
Gran Bretaña se está planteando un referéndum de salida de la Unión Europea (Brexit). Desde Bruselas se han apresurado a curarse en salud, ofreciendo a Mister Cameron toda clase de ventajas comparativas. Cameron almorzará en el restaurante Europa no a base del menú del día único y obligatorio para los demás socios, sino enteramente a la carta. Podrá elegir sus platos preferidos y rechazar todos aquellos que no le gusten. Derechos, todos; deberes, solo los imprescindibles, y cogidos con pinzas.
Sigue viva y operante una forma de pensar según la cual algunas personas, o grupos sociales, o países, tienen por derecho divino o natural el privilegio de poder elegir, mientras a otros se les niega el pan y la sal. Y se parte, en esa distribución desigual de derechos y cargas, de la convicción bien asentada de que las catástrofes sociales provocadas por los ricos recaerán únicamente sobre los pobres. Pero no es así. El Financial Times alerta del riesgo de una nueva recesión de grandes proporciones en Estados Unidos, la economía admirable en la que floreció Lehman Brothers y que fue la primera en ponerse a resguardo de la crisis que ella misma había provocado.
Según las teorías económicas neoliberales, lo que es bueno para quienes se encuentran en la cúspide de la pirámide social acaba siendo bueno también para los situados en los escalones inferiores, por una especie de misteriosa expansión interna de la prosperidad de los pocos. Puede que sea así en el larguísimo plazo, pero más cierta – y más perentoria – es todavía la afirmación inversa: que las catástrofes ocurridas en la base ascienden a continuación, con lentitud pero de modo implacable, a lo largo de los flancos de la pirámide hasta afectar a la punta misma del chirimbolo. Si hay ósmosis social, la hay en las dos direcciones. A donde conduce a la larga el pensamiento único preconizado entre otros por los tecnócratas de la Unión Europea, es a la recesión inevitable del conjunto, servida en cómodos plazos.
Mírese entonces de acertar en nuestro país en una política beneficiosa para la gran mayoría. Y una higa para Bruselas, que nos viene con premuras exprés justamente a nosotros, y no por ejemplo a los ingleses, a los húngaros, a los polacos o a los daneses, que tanto empeño están poniendo en contribuir a la debacle anunciada.
 

miércoles, 3 de febrero de 2016

SUSANA Y LOS VIEJOS


Felipe VI ha hecho lo que correspondía: no marear más la perdiz ni enredarse en complicidades con el macho alfa de la corrupción política española, y señalar al siguiente candidato en el orden natural de la aspiración a formar gobierno. Pedro Sánchez ha recogido el guante. Bravo por Pedro Sánchez. Algunos comentaristas califican de callejón sin salida el sendero por el que se adentra el secretario general del PSOE. Está por ver. Felipe González ha adoptado una actitud ambigua pero no declaradamente hostil (“veamos hasta dónde es capaz de llegar”). Puede que todo revierta a fin de cuentas en una variante de la Grosse Grosse Koalizionen, pero no son de desdeñar tres matices de cierto relieve.
Primero, no sería en ningún caso la coalición de Mariano Rajoy; el viejo dinosaurio ya no está ahí. Sí, ya lo sé, ha ido a colocarse en la retaguardia con la intención declarada de volver, igual que hizo Artur Mas. ¿Alguien se acuerda en estos momentos de Mas? Fue el nudo gordiano que trababa todas las posibles puertas de salida en una coyuntura imposible. Rajoy aspira a ejercer de lo mismo. Pero el cadáver ¡ay! sigue muriendo.
Segundo, podría aparecer una alternativa diferente, una coalición no tan grande. Sánchez ha dicho que va a explorar las posibilidades de convergencia, tanto hacia la derecha como hacia la izquierda. Pablo Iglesias acaba de hacer unas declaraciones explosivas, “nunca con Ciudadanos”, simétricas de otras de Albert Rivera, “nunca con Podemos”, hechas varios días atrás. Pero Rivera ya se ha enmendado parcialmente; aparece, en las circunstancias actuales, como el jugador más atento a las ventajas tácticas que cabe extraer de una posición aparentemente cerrada. Por lo que respecta a Iglesias, es, entre todos nuestros amados líderes, el más versátil y el que tiene la boca más floja. Las líneas rojas que no pueden traspasarse el lunes devienen el miércoles en expectativas esperanzadas. Su conducta resulta un tanto desconcertante, pero a fin de cuentas beneficiosa en la medida en que favorece la gimnasia mental de la ciudadanía. Acostumbrados como estábamos al discurso del “no hay alternativa”, la imprevisible floración de alternativas que nos ofrece a diario Iglesias, tanto desde el núcleo duro de Podemos como desde las diferentes mareas, es un lujo para el espíritu. Concluyamos, pues, que en este asunto nada está aún dicho definitivamente.
Tercero, Sánchez se ha apoderado de la iniciativa. La iniciativa es un factor principal en el desarrollo de una partida de ajedrez; puede compensar una desventaja material importante, arrinconar al contrario, obligarle a un ejercicio defensivo penoso. Cuestiones todas que el aficionado puede asimilar siguiendo las jugosas lecciones de ajedrez magistral ante el tablero que nos imparte semanalmente el incomparable Leontxo García en elpais.com. A nuestra clase  política le convendría aumentar sus conocimientos ajedrecísticos; son bastante más útiles, a los efectos de las posibilidades de acción política y de sus trasfondos, que la garrafina o el tute subastado.
En particular, un estudio más profundo de la estrategia en los 64 escaques les vendría muy bien a Susana y los Viejos (o a los Viejos y Susana, que tanto monta), demasiado amoldados al cálculo de las habas contadas y a la previsión redundante de lo previsible. Para ellos sigue siendo una herejía digna de inquisición la afirmación de que la Tierra se mueve alrededor del Sol.
Siguen convencidos de que la Tierra se mueve alrededor de Ferraz.
 

martes, 2 de febrero de 2016

MEMORIA UNIDIMENSIONAL


Una brigadilla de obras del Ayuntamiento de Madrid ha retirado el monumento al Alférez Provisional, que ocupaba desde 1960 un lugar destacado en el barrio de los Jerónimos, a la vista del Casón del Buen Retiro. Manuela Carmena ha actuado, dice la prensa, «sin avisar». Cosa rara, la noticia añade que se está actuando «en cumplimiento de la Ley de Memoria Histórica» y que el Ayuntamiento «anuncia» otras actuaciones en el mismo sentido. No parece que hayan faltado los avisos, entonces. Habida cuenta de que la Ley de Memoria Histórica se dictó en 2007 para «ampliar derechos y establecer medidas en favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la guerra civil o la dictadura», lo cuestionable no debe ser la diligencia de Carmena, sino la blanda dejadez en este tema de los alcaldes madrileños anteriores (en la memoria de todos está quiénes han sido).
Se cita en el acompañamiento de la noticia la opinión de un experto, Antonio Morcillo, perteneciente a un llamado Grupo de Estudios del Frente de Madrid. Literalmente, dice: «Borrar las cosas que reflejan la historia de un bando u otro me parece una barbaridad.»
Una barbaridad. Jamás se lo perdonará a Manuela Carmena, jamás. Un monumento al alférez provisional que lleva inscrita en su base la leyenda «Por Dios y por España» sería “una cosa que refleja la historia de un bando u otro”, según Antonio Morcillo. Él nunca se opondrá, claro está, a la conservación de cuantos monumentos andan dispersos por la geografía española con laureles y ditirambos a las fuerzas republicanas y a los ideales que les movieron. Convendría tener a la vista un censo de tales monumentos, para saber en qué proporción andan con los monolitos a la Victoria, las Cruces de los Caídos, los arcos triunfales y las estatuas simbólicas de la “Cruzada”.
Pero hay otros hitos de la memoria, otras “cosas que reflejan la historia de un bando u otro”. Son las fosas comunes de los fusilados, que se están intentando reabrir a instancia de familiares de los ejecutados sumariamente. Y en esta determinada variante de la misma memoria, no existe un afán idéntico de ecuanimidad por parte de la administración del partido popular y de sus (nunca mejor dicho) franquicias. Por ahí se nos insta en todos los tonos a pasar página, a olvidar deprisa, a fijar la vista en el futuro y no hurgar más en lo ocurrido hace tanto tiempo.
¿Es la historia un valor positivo para la ciudadanía, o no? ¿Y cuál historia? Y si lo adecuado es no hurgar más en lo ocurrido, ¿qué tiene de barbaridad retirar de un espacio público (común a todos) un pedrusco con una inscripción laudatoria para los alféreces provisionales? Nadie pretende destruir nada, solo liberar nuestra memoria común de algunos residuos tendentes a oscurecer la historia real y total de lo ocurrido, al enfocarla desde una visión unidimensional.
Si el señor Morcillo desea conservar el monumento a los alféreces en el jardín de su residencia privada, yo por mi parte me atrevo a comprometer mi palabra en el sentido de que Manuela Carmena y su equipo de gobierno no tendrán inconveniente en complacerle.
 

lunes, 1 de febrero de 2016

LÍNEAS ROJAS


Almas caritativas que nunca faltan en estos trances se han preocupado de apuntar por lo bajini a los estados mayores de los partidos políticos demediadamente mayoritarios una solución viable al sudoku de la investidura. El invento está avalado por algunas de las más conspicuas cabezas pensantes del establecimiento, y su muñidor parece ser José Luis Corcuera, que fíjense ustedes si no tiene historial como fontanero y como muñidor.
La solución apuntada parte de los siguientes datos: el PP no quiere pactar en ningún caso con Podemos, Ciudadanos no quiere pactar en ningún caso con Podemos, y aunque algún elemento del PSOE, fugazmente agraciado con la secretaría general, sí estaría dispuesto a pactar con Podemos en según qué condiciones y circunstancias, el núcleo duro de galápagos de Ferraz y del Sur peninsular sabrá disuadirle cautelarmente de cometer tal disparate. Esa conjunción estelar de voluntades – que sigue con todo rigor el primer principio inquebrantable del politiqueo, es decir el comistrajo en comandita, sin hacer puñetero caso de los mandatos del voto popular – dibuja un panorama despejado para el encaje, siempre trabajoso, de una distribución proporcionada de cargos institucionales entre las tres fuerzas unidas por el aborrecimiento a Podemos. Es decir, está en vías de arreglo el problema del quién. El problema del qué es secundario, siempre podrá apañarse con algunos cambios menores de orden cosmético.
Pero el problema del quién incluye en esta coyuntura concreta dos líneas rojas que no es posible soslayar. O dicho de otro modo, dos chinas en el zapato. O dos forúnculos en el culo, según la metáfora preferida por cada cual.
La primera línea roja es la infanta Cristina. A pesar de todos los pesares, no da su brazo a torcer y no renuncia a sus derechos a la corona, cuando todo el mundo es consciente de que si se abre por fin – y no parece que vaya a haber otro remedio – el melón constitucional, el tema de la monarquía va a resultar vidrioso. Y si se clasifica como inadmisible la aceptación de un referéndum, bien sea decisorio o consultivo, sobre Cataluña, a nadie se le escapa que un eventual referéndum sobre la monarquía puede llevar a consecuencias todavía más desastrosas para la España una e inmortal. De poco sirve entonces que el anterior monarca haya accedido a dar un discreto paso a un lado, si no hace lo mismo la infanta salpicada en pleitos a pesar de los esfuerzos tan desesperados como desestabilizadores de los fiscales de turno por echarle un capote.
La segunda línea roja es Mariano Rajoy. En el quién es quién del sudoku, su nombre no cuenta para nada. Su imagen es deplorable; su capacidad para meter la pata en apariciones públicas, catastrófica; está implicado hasta el cuello (probablemente, hasta más arriba incluso) en los casos de corrupción de su partido. Cada movimiento suyo provoca más destrozos que los de un elefante en una cacharrería. Pero aún está convencido de tener a su lado a la mayoría silenciosa, sea esta lo que fuere.
Y quiere seguir. Comprometiendo al rey para que no le designe candidato ahora que no le viene bien. Sabedor de que ni Sánchez, ni Rivera, ni un pelotón voluminoso de notables de su propio entorno, moverán un dedo para apoyar su reelección. Consciente de todo ello y de la correlación de fuerzas adversa, amaga con una repetición de las elecciones desde la confianza de que sondeos benévolos otorgan al PP un repunte de un dos por ciento más o menos, y desde la convicción de que el país entero está boquiabierto por la bonanza de las cifras macroeconómicas de la EPA.
Como Cristina y Mariano sigan en sus trece, se le pueden acabar cayendo a Corcuera los palos del sombrajo consociativo. Quien avisa no es traidor, como gustaba de advertir el llorado Manolo Vázquez Montalbán.
 

domingo, 31 de enero de 2016

SOBRE LA INTELIGENCIA COLECTIVA. POSDATA


Con la oportunidad y la puntería que atribuye la sabiduría popular a la pedrada en ojo de boticario, aparece hoy en El País un artículo de Anita Williams Wooley sobre la inteligencia colectiva (1) que refuerza, o así me lo parece, la hipótesis que yo exponía ayer en estas mismas páginas. En aras de la saludable clarificación de las posturas me permito hoy, por vía de excepción y casi, casi, “por alusiones”, la siguiente posdata a lo que ayer afirmé.
El “nuevo” taylorismo (2) apuesta por la inteligencia artificial y desdeña la inteligencia colectiva. Es una opción, pero no hay motivos para presentarla como la “única” opción. Wooley viene a demostrar con mucho garbo que existen lecturas distintas de la realidad, y alternativas válidas al “pensamiento único” que garantizan más eficiencia y más progreso. Porque el progreso no es un vector rectilíneo. Por mucho prestigio que atribuyamos a la inteligencia artificial de los ordenadores, la humanidad avanzó bastante, y a lo largo de bastante tiempo, sin ellos. Y la lectura de que todo progreso es fruto de una iniciativa y de un esfuerzo individuales, resulta muy difícil de mantener por lo menos desde que un equipo de cazadores neandertales se las agenció para distribuir entre sus componentes una serie de tareas coordinadas que permitieron acorralar y dar caza a un mamut, algo que ninguno de ellos individualmente podía haber conseguido.
La división del trabajo fue un invento benéfico para la humanidad en la medida en que vino acompañada por la coordinación y la cooperación en el trabajo. Y esa visión del trabajo como realidad humana y social le otorga un valor que va siempre más allá del escalón técnico en el que está situado. Es una lección sencilla, pero olvidada hasta un extremo lamentable por muchas flamantes escuelas de negocios.


 

sábado, 30 de enero de 2016

¿UN NUEVO TAYLORISMO?


Los expertos, ese oráculo colectivo de prestigio inamovible, predicen para Estados Unidos, y de rebote para todas las economías occidentales postindustriales, una situación contradictoria con la llamada “destrucción creativa” teorizada por Schumpeter. En román paladino, la destrucción de empleo consecuente a la introducción masiva de las nuevas tecnologías de la información en los procesos productivos, no va a verse compensada ni siquiera en el largo plazo por la creación de nuevos puestos de trabajo en los sectores emergentes.
Esas son las conclusiones de una gran encuesta realizada por el Pew Research Center en 2014 para el horizonte temporal 2025 (1). Se apunta a que habrá cambios en la división del trabajo, y que tareas complejas realizadas hasta ahora por técnicos con una cualificación media e incluso alta, podrán ser descompuestas en rutinas codificadas y asumidas por robots polivalentes dotados de inteligencia artificial. Solo el acto creativo imprevisible asociado a la innovación quedará a salvo de la invasión masiva de la robótica en los procesos productivos. De esta forma la pirámide salarial seguirá estirándose, disparada hacia arriba por las remuneraciones estratosféricas concedidas a la innovación, y empujada hacia abajo por la proletarización cada vez más acusada de los técnicos y cuadros intermedios, cuyos servicios pasarán – están pasando ya – a la categoría de prescindibles, de modo que se verán forzados a un peregrinaje permanente en busca de empleos tendencialmente más precarizados y peor pagados.
A este cuadro lo llaman algunos expertos “nuevo taylorismo”.
Yo diría que se trata más bien del mismo viejo taylorismo, al que se ha dado una nueva mano de pintura. Apuntemos algunas debilidades de la “profecía”: la “gran” innovación no se produce en el marco de la empresa, sino fuera de ella. Gates y Jobs no trabajaban como empleados de Dinero SL. Inventaron algo, corrieron a registrar la patente para evitar que Piratas SA se alzara con el santo y la limosna de su invento, y luego montaron sus propias empresas. En sus empresas trabajan chicos listísimos y bien pagados, pero no de los que empujan hacia arriba la punta de la pirámide salarial. Esa punta corresponde a altos ejecutivos más bien oscuros en lo que se refiere a talentos personales, pero con excelentes contactos en los diversos escalones de la administración y de la banca, y experiencia sobrada en el funcionamiento de las puertas giratorias. La saga de héroes galácticos que se nos cuenta es una milonga; no se premia el genio innovador sino la máquina de hacer negocios; la película real no es Star Wars, sino Wall Street.
El ingeniero Taylor desconfió siempre de los beneficios de la cooperación y del trabajo colectivo. Para él la única vía de progreso en la fábrica era la individual. Dejó escrito que el valor de un grupo de trabajo se corresponde con el nivel del elemento peor pagado de ese grupo. Son sus mismas ideas las que, debido a rémoras mentales subsistentes en un sector aparentemente tan dinámico como el de los negocios, siguen impulsando a día de hoy el esquema de la corporate governance a la americana. Allí predominan las ideas de que el sindicalismo es un vicio que favorece la pereza innata del colectivo de trabajadores, y de que solo el estímulo pretecnológico del palo y la zanahoria es capaz de avivar la productividad de un colectivo. De hecho, los estudiosos yanquis de la empresa no creen demasiado en los colectivos, y son indiferentes al valor potencial de cuestiones como el know-how, a pesar de que sus características son las de una innovación permanente a pequeña escala.
En la definición de su profecía para 2025, los expertos convocados por Pew han omitido citar la cláusula general de salvaguarda que los juristas conocen con el nombre de rebus sic stantibus. Es decir: las cosas serán como yo digo, siempre y cuando todo lo demás siga como hasta ahora. La sutileza de la fórmula jurídica escapa por completo al dogmatismo de los economistas. Para ellos, las cosas serán como serán porque así deben ser, y punto.
Y con esa actitud atrapan sin remedio al pensamiento de izquierda. La Profecía de Pew no es sino una expresión más de la ideología TINA (There Is No Alternative, no hay alternativa) que nos invade desde todos los flancos. Pero nos pilla desprevenidos porque señala un rumbo “científico” hacia el progreso, y nosotras/os, las gentes de la izquierda, conservamos impresa en nuestro ADN una fe sólida, mamada en miles de lecturas selectas, en el determinismo del progreso. Creemos que el progreso siempre nos acompañará, y nos dejamos impresionar por cualquier vocero del progreso, por más que con demasiada frecuencia se comporte como un vendedor de crecepelo en las ferias de los pueblos.
Las nuevas tecnologías tendrán efectos sobre el empleo diferentes a los expuestos por Pew and Co. si cambia la valoración y la concepción misma del trabajo; si se camina hacia una organización más democrática de la empresa; si se aprovechan de forma adecuada recursos valiosos que el capitalista al uso tiende a dilapidar; si se instala en el núcleo duro de los procesos productivos una racionalidad diferente, más colectiva y más cooperativa. En definitiva, si se empodera de forma activa a quienes se ven hoy pasivamente empujados a los márgenes de la economía y de la historia.
Para ello será necesario alzar la bandera de la libertad en contra del uso determinista de la tecnología que promueven las estructuras del poder económico y financiero. La libertad es lo primero, la libertà viene prima. A partir de ese principio, ninguna otra cosa está escrita de antemano.
 

viernes, 29 de enero de 2016

MANERAS DE VER LAS COSAS


Leo en El País que la Comisión Europea evalúa el fraude fiscal de las grandes empresas en el conjunto de la Unión en setenta mil millones de euros. Yo diría, a ojo de buen cubero, que son más incluso, si parto del dato que consta en uno de los papelitos que revolotean continuamente por el tablero de mi escritorio, en los que anoto citas sueltas de mis lecturas heterogéneas. El papelito al que me refiero dice lo siguiente: «Según un estudio oficial, los beneficios anuales generados por la actividad en Francia de Google, iTunes (Apple), Amazon y Facebook se aproximan a los 5.000 millones de euros, mientras que, en el mismo tiempo, dichas empresas pagan a la Hacienda francesa un montante de 4 millones de euros por dichos beneficios. (M. COLLET, “Quelle fiscalité pour les entreprises transnationales?”, en VVAA, L’entreprise dans un monde sans frontières, p. 115-16.»
Habida cuenta de que la cotización por beneficios de las sociedades es del 33% en Francia, la deuda con el fisco francés de las cuatro empresas estaría en torno a 1.800 millones de euros, y el montante del fraude sería de 1.796 millones; como el dato se refiere a la defraudación en un solo país de la Unión y a tan solo cuatro empresas gigantes de los cientos que operan en el territorio, la cifra global seguramente ha de ser mayor que la expuesta por el comisario señor Moscovici. Pelillos a la mar, con todo. Si vamos a las medidas anunciadas por el portavoz de la Comisión para resolver el problema, se me antojan bastante bondadosas. Yo creía que el fraude fiscal era un delito sobre el que debe caer todo el rigor de la ley, pero en este caso el castigo se reduce aproximadamente a blandos meneos reprobadores de cabeza y amenazas de pampán al culete la próxima vez.
Puede que sea solo una impresión personal, pero entiendo que la UE no se comportó del mismo modo con Grecia en ocasión del famoso referéndum sobre la deuda. Sus métodos fueron un tantico más expeditivos en aquella ocasión, aunque sobre el tema hay opiniones no concordes. Leo con frecuencia que Tsipras llevó a su país al desastre financiero y al corralito, como si lo ocurrido anteriormente hubieran sido tortas y pan pintado y el corralito fuera consecuencia directa de la nefasta política económica de Syriza, que aún no había cumplido los 100 días de gobierno. Se sostiene asimismo que la UE tuvo un comportamiento magnánimo en aquella ocasión, porque podía haber expulsado a Grecia de la moneda común; pero se omite el hecho (bastante determinante) de que si no lo hizo no fue por falta de ganas, sino por la circunstancia de que ninguno de los tratados firmados y rubricados abonaba jurídicamente tal solución en el seno de la UE.
Y se dice finalmente, y esto desde cenáculos de una izquierda cuando menos nominalmente radical, que Tsipras se bajó en aquella ocasión los pantalones de una forma vergonzosa.
Lo cual es por lo menos discutible. Hasta un alumno de Primaria en la época de la ley Wert es capaz de entender la diferencia cualitativa existente entre que uno se baje por sí mismo los pantalones o que otros, en cuadrilla, se los bajen por la fuerza. Por la misma regla de tres resultará que Charpentier nos avergonzó a todos por su dejadez deportiva ante Dempsey; tal afirmación, sin embargo, no calibraría de forma suficiente el dato constatado de que Charpentier recibió un uppercut en el mentón y estuvo tendido en la lona inconsciente en tanto el árbitro del combate completaba la cuenta preceptiva de diez segundos. Puede acusarse a Charpentier y a Tsipras de no haber medido bien sus fuerzas en el desafío, pero no de haber consentido de antemano la humillación que sufrieron.
Convengamos en cualquier caso, y sea cual sea nuestra manera de ver las cosas en esta cuestión, que la Unión Europea tiene dos maneras diferentes de comportarse ante la deuda: una para los amigos, y otra para los demás. En el caso de que Podemos llegue finalmente al gobierno de la mano del PSOE de Pedro Sánchez, es de temer que el trato que se le depare en la negociación del déficit sea diferente del que recibiría una Soraya de Santamaría amparada en su investidura por Ciudadanos. Ante las troikas todos somos iguales, pero unos más iguales que otros.
Es lo que hay. Y la culpa de todo la tendría, no faltaría más, Pablo Iglesias.
Son maneras de ver las cosas.
 

jueves, 28 de enero de 2016

LA EXTERNALIZACIÓN SIN LÍMITES


Miquel Àngel Falguera i Baró, magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña, ha publicado recientemente un estudio importante, bajo el título La externalización y sus límites. Reflexiones sobre la doctrina judicial y el marco normativo. Propuestas de regulación (Albacete, Ed. Bomarzo 2015). Quien no se sienta con ánimos para seguirle por el terreno árido de la delimitación de las diferentes figuras jurídicas y de los precedentes (“no pacíficos”, advierte el autor) sentados por la jurisprudencia, puede ojear por lo menos las propuestas de regulación con las que Falguera concluye su excursión por el “estado de cosas”. Lo encontrará, gracias a la comprensión del editor y a los buenos oficios digitales (en el sentido tecnológico de la palabra) de José Luis López Bulla, en http://theparapanda.blogspot.com.es/2016/01/la-externalizacion-y-sus-limitaciones.html
Estamos hablando de un tema ciertamente importante, de uno de los nodos por los que transitan las relaciones económicas en la época de la posmodernidad neoliberal. No irían descaminados Toxo y Méndez si lo incluyeran en sus cartapacios de propuestas, ahora que intentan llamar la atención de una clase política ensimismada, con la advertencia de que no es tanto el quién, sino el qué, lo que importa en el momento de armar un gobierno capaz de afrontar con garantías las borrascas y marejadas del cambio necesario.
Y es que la externalización, en sus diversas figuras y modalidades (subcontratación, deslocalización, outsourcing, pabellón de conveniencia, cada una de las cuales merecería un estudio detallado que no estoy en condiciones de abordar), es uno de esos mecanismos cuasi milagrosos que sirven para casi todo, además de aquello para lo que en realidad deberían servir. La ingeniería jurídico-financiera abundantemente puesta al servicio de las grandes empresas transnacionales ha establecido las bases generales de una utilización torticera de la externalización como método idóneo para disociar dos conceptos hasta ahora indisolublemente asociados en la teoría y en la práctica jurídica: el poder y la responsabilidad.
Un inciso: se equivocaría gravemente quien pensara que la ingeniería financiera sofisticada es un asunto exclusivo de las majors, y en consecuencia de poco uso en los escalones inferiores de la estructura económica. Las grandes transnacionales se comportan en estas cuestiones como machos alfa; todo el rebaño sigue antes o después por la vereda que ellas eligen.
Pues bien, la situación que estamos viviendo en las relaciones económicas implica un principio frontalmente contrario a la asociación arriba citada entre poder (económico) y responsabilidad (civil, social, mercantil, fiscal, penal). Se da simultáneamente una concentración cada vez mayor del poder, y una dispersión siempre en aumento de toda clase de responsabilidades anejas a ese poder. En este mismo blog encontrará el lector dos ejemplos que ilustran con claridad la tesis: de una parte el doble by-pass de Google para eludir sus responsabilidades fiscales en el mercado europeo (1), y de otra, reverso de la medalla, la bochornosa sentencia en la que un juez de Mataró no consiguió apreciar las responsabilidades de decenas de grandes marcas de la confección en las condiciones de trabajo infrahumanas en los talleres clandestinos donde trabajaban para ellas varios cientos de trabajadores sin papeles, organizados por las mafias chinas (2).
«Se antoja evidente que el legislador no puede hacer ya oídos sordos ante la realidad de la externalización», dice Falguera en el momento de empezar a desgranar sus sensatas propuestas para una “cartografía” adecuada del fenómeno. Pero ocurre al revés: lo realmente evidente es que el legislador sí que pretende seguir haciendo oídos sordos a la situación. Le empujan a ello las repetidas advertencias de las troikas, sobre la necesidad de suprimir las “rigideces” que atenazan el mercado de trabajo. El derecho social es precisamente una de esas rigideces que conviene eliminar o, cuando menos, suavizar. El sindicalismo es otra, muy clara: desde el año 2007, las acciones sindicales transnacionales son consideradas por el Tribunal de Justicia de la Unión Europea como «trabas potenciales a las libertades económicas, que limitan sustancialmente la acción colectiva en el plano transnacional europeo.» (Sentencias Laval un Partneri LTD contra Svenska Byggnadsarbetareförbundet, C-341/05, 18 diciembre 2007, e International Transport Workers’ Federation y Finnish Seamen’s Union contra Viking Line ABP y OÜ Viking Line Eesti, C-438/05, 11 diciembre 2007).
La esfera de los negocios está reclamando en todos los tonos (incluido TTIP) una “gobernanza” propia frente al “gobierno” hostil de las leyes estatales. Existe una tendencia acusada a favorecer la prevalencia del contrato comercial o del pacto privado frente a las imposiciones (“trabas”, “rigideces”) del derecho público. Y si lo que se pacta en privado contraviene lo establecido de forma general, se elude la ley mediante el traslado de la sede social de las empresas a territorios jurídicamente más bonancibles. Nos encontramos frente a un intento serio de privatización del derecho aplicable. Expresado de forma más castiza, a un aggiornamento para la esfera de los negocios de la antigua sentencia de Juan Palomo: yo me lo guiso, yo me lo como.
Por lo cual los legisladores se tientan siete veces la ropa antes de establecer normas restrictivas para la multinacional Dinero SL. Y por lo mismo, la constatación del magistrado Falguera de una “anomia legislativa” en lo que concierne a la externalización, y su llamada a una mayor diligencia del poder legislativo en este terreno, no van a tener, previsiblemente, un efecto inmediato. Vamos a tener que sumar muchas fuerzas para conseguirlo. Hay poderosos intereses que trabajan en sentido contrario.
 


 

miércoles, 27 de enero de 2016

CONFISCACIONES


La mezquindad no es un valor de derechas ni de izquierdas: es eso que los politólogos de las nuevas hornadas llaman “transversal”. Así se deduce de lo que acaba de ocurrir en Dinamarca. Dinamarca, para que se orienten ustedes, es ese país de la Europa del Norte que los promotores del procès independentista catalán propusieron como modelo a seguir. Un país limpio, noble, culto, rico, libre, despierto y feliz, para decirlo con la retahíla de Salvador Espriu.
En el parlamento danés se ha aprobado una ley para confiscar sus bienes a los refugiados de la guerra siria. De ese modo pagarán los gastos materiales (y, se supone, morales) que su presencia va a generar en la economía esmeradamente organizada del país de acogida. Por consideraciones de humanidad se han excluido de la medida confiscatoria el contante equivalente a 1340 euros y las joyas familiares que posean un alto valor sentimental para sus propietarios. La ley también prevé medidas tendentes a limitar la reagrupación familiar.
El valor de la medida no es propiamente económico, sino ejemplificador. Se trata en último término de un cursillo acelerado de inculcación de valores: gracias a ese procedimiento expeditivo, los recién llegados podrán darse cuenta de inmediato de dónde han ido a parar.
La nueva norma recibió en sede parlamentaria 81 votos a favor y 27 en contra. Una mayoría cualificada. Los grupos favorables a la medida componen un espectro amplio que va desde conservadores y ultranacionalistas hasta liberales y socialdemócratas. Les ha unido el reflejo defensista de los nosotros frente a los ellos. Algunos lo llamarían populismo de baja estofa, pero es sabido que todas las opiniones son libres.
Cunde en los santuarios consagrados a la preservación de los valores de toda la vida el pánico a los diferentes. Corren rumores de la presencia en las fronteras del imperio de hordas de bárbaros feroces, pero lo cierto es que los bárbaros ya estaban aquí desde antes. Valga de ejemplo la alarma suscitada por los sucesos de Colonia en la pasada noche de fin de año, que al final ha resultado ser la repetición de lo mismo que había ocurrido las noches de fin de año anteriores. También se arrincona a los desaseados diputados de Podemos en la última fila del hemiciclo de las Cortes, en beneficio de opciones menos votadas pero de mayor caché. En mi recuerdo de la escuela, la “seño” hacía exactamente lo mismo con los alumnos más zánganos o desastrados.
Y de una confiscación en si bemol mayor, paso al comentario de otra en do menor. Nada que ver con Dinamarca ni con la política; todo que ver con la mezquindad como constante de comportamientos humanos moldeados por la educación en la conformidad con lo establecido y en la repulsa a la transgresión, sin contar con la codicia subyacente.
Al final del partido de Liga entre el Málaga y el Barcelona, en el estadio de La Rosaleda, saltó al césped (en contravención de los reglamentos de seguridad) un niño de 15 años, Kevin, para pedirle la camiseta a su ídolo, Leo Messi. Messi se despojó de la prenda y se la dio, en mano. Luego los seguratas del campo acompañaron a Kevin hasta el otro lado de las vallas…, y le confiscaron la camiseta.
 

martes, 26 de enero de 2016

DESESTABILIZACIÓN


Concluida la ordalía electoral de diciembre, los augures, los profetas titulados o no, las sibilas de uno y otro signo, los sonámbulos profesionales y otros especímenes de diverso pelaje que sobreabundan en las tertulias televisadas, se han puesto de acuerdo en la deducción de que lo que el electorado ha pedido a los Magos y Magas de las navidades pasadas ha sido estabilidad de fondo, mediante algunos cambios.
Cierto. Irrefutable. Mucho menos clara es, sin embargo, la lectura sesgada que se está haciendo de esa petición casi unánime de estabilidad, y de cuáles son los cambios anhelados. Arguyen los poncios que lo que la ciudadanía desea es ver caras nuevas – pero no demasiado nuevas – en un gobierno estable y bien consensuado por arriba, con capacidad para enjugar el déficit malévolo que acecha a nuestros presupuestos, acometer nuevas reformas más profundas del mercado de trabajo, satisfacer las expectativas de los mercados inversores y consolidar un crecimiento económico robusto en el que, tal y como predicó Jesús según su intérprete autorizado el apóstol Mateo, a quienes más tienen más se les dará, y a los que menos tienen les seguirán dando hasta debajo de la lengua.
Se percibe en estas interpretaciones la inversión de medios y fines ya habitual en espíritus ilustrados dotados de una elevación de miras suficiente para tronar contra los nacionalismos excluyentes, abominar del chavismo y señalar los abismos a los que conducen los abusos de la democracia directa o de la que no lo es, pero como si lo fuera. Según ese modo de ver, la política es un saber instrumental puesto al servicio de la economía. Una casta sacerdotal mantiene el fuego encendido en el interior del tabernáculo y ahuyenta de los sagrados misterios al vulgo ocioso. La política así concebida no es para las personas comunes; la economía, tampoco. A las personas comunes les toca jeringarse para que la política cumpla su augusta función y entronice sobre todas las cosas a una economía superior, macro, cuajada de estadísticas e indicadores, distinta y contradictoria de la economía doméstica con la que tenemos que lidiar todos los días.
Así las cosas, la pregunta del millón es por qué habría de votar un electorado ampliamente precarizado la estabilidad de una política económica que lo que ha conseguido hasta el presente es provocar la desestabilización de los votantes. No. La estabilidad que desea el elector es la suya propia: un empleo estable, un salario suficiente, posibilidad de conciliar horarios de trabajo y vida familiar, disponer de una sanidad y una educación públicas y de calidad, protección contra la codicia de los fondos buitre y contra todas las demás codicias desatadas en un contexto estructuralmente incierto. (Para una información más pormenorizada al respecto, les recomiendo leer Los besos en el pan, de Almudena Grandes.)
No resulta tan urgente formar gobierno si no se van a tener en cuenta estos pequeños detalles. Los mercados financieros podrán aguantar la incertidumbre durante un poco de tiempo más, seguro; más incertidumbre llevamos a cuestas quienes hemos ido a las urnas con ánimo de empezar a arreglar nuestros asuntos desde la política.
Política, con mayúscula. Política auténtica, sin marcas blancas. No esa política de la que Beppe Grillo, en el momento de abandonarla para volver a ejercer su antigua profesión de humorista, ha dicho que es una “enfermedad mental”. Lo es, sin duda, la política al uso, por la técnica que utiliza para concentrar todos los focos en un problema exclusivo, artificial, y omitir por completo o dejar en la sombra otros más acuciantes y sustanciales.
Autismo, solipsismo político. Funambulismo apoyado en la cuerda floja de mayorías de diputados que no garantizan nada porque solo pueden resultar estables en el plazo corto o cortísimo.
Sépase pues, en conclusión, que la Gran pero que muy Gran Grosse Koalizionen que se está predicando desde distintos focos es, a efectos de alcanzar la estabilidad deseada, caca de la vaca.
 

lunes, 25 de enero de 2016

LOS NUEVOS HUÉSPEDES


Lo más desolador en el live show del trance final del bipartidismo es, al parecer, la constatación de que se han perdido las formas. Desde que el coronel Tejero irrumpió a tiro limpio en el hemiciclo con aquella advertencia urgente, «¡Todo el mundo al suelo!», y mira que ha llovido desde entonces, no se conocía en la sede augusta de la soberanía nacional una tremolina semejante a la que se está viviendo ahora con la investidura. Lo de ahora es peor, según algunas opiniones, porque Tejero y sus conmilitones por lo menos lucían el uniforme, el tricornio y el arma reglamentarios. Eso daba un tono, no como las rastas, las coletas y el sincorbatismo de los nuevos huéspedes de las Cortes, síntomas seguros de que todo el prudente protocolo acumulado en años de bonanza se está yendo sin remedio por el desagüe.
Rajoy, que tenía todo el aspecto (salvo alguna cosa) de un caballero, ha echado mano para la investidura de un recurso de trilero, dejando al rey en una situación desairada. Iglesias ha cometido de inmediato la indelicadeza suprema de postularse a sí mismo como vicepresidente. Una humillación, dicen, para Pedro Sánchez, en un momento en el que este tiende a mirar a su espalda cada vez con más frecuencia, recelando de los próximos idus de marzo, y duda sobre si le conviene más tácticamente aspirar a una presidencia en la que no acaba de creer, o pasar la vez y que corra la bola mientras sigue creciendo el montón de fichas y de billetes en el platillo de las apuestas.
El único que se comporta, según los cronistas parlamentarios veteranos, los Jaime Peñafiel de la política, es Albert Rivera, cuya valoración como líder está en alza. Rivera se ha limitado a manifestar que jamás de los jamases, pero jamás, pactará con Pedro Sánchez para formar gobierno. Una declaración estupefaciente, dado que la situación de bloqueo político existente exige pactos. Dejo a ustedes el trabajo de adivinar con quién, entonces, pactaría Rivera un gobierno. Exacto, han acertado.
No importa tanto, entonces, la situación de emergencia democrática del país y la necesidad de poner fin a la corrupción rampante, al marasmo de las instituciones y a la degradación social, como el hecho de que no se estén guardando en el trámite las formas de toda la vida que permiten desde las revistas de papel cuché reconocer sin equívoco posible a la gente decente, a la “gente bien”.
La nueva política ha irrumpido en el sancta sanctorum del templo y empieza a zarandear de un lado para otro los candelabros de siete brazos. Sacrilegio. Y los sumos sacerdotes de vestiduras sobredoradas y barbas luengas que jamás han conocido tonsura, se comportan en el trance igual que aquel mayordomo estirado de Lo que queda del día, película de James Ivory sobre una novela de Kazuo Ishiguro: arrugan las narices con altivez y disimulan, a base de un desprecio exquisito, el escaso pedigrí nobiliario y la zafiedad de parvenus carentes de estilo, de los nuevos huéspedes de la casa.
 

sábado, 23 de enero de 2016

JUEGO DE GAMBITO


Alberto Garzón ha calificado de “Gambito Rajoy” la peculiar movida de apertura de nuestro presidente en funciones en el tablero ajedrezado de la investidura. Técnicamente, el comentario está bien enfocado: las piezas azules amagan con hacerse a un lado y ceden terreno, con la intención de sorprender luego a las rojas mediante un despliegue rápido y vistoso. Pero en el símil de Garzón falla la clave psicológica. Rajoy no es jugador de gambitos, ni en el póquer iría nunca de farol. Lo suyo se parece más a lo que hicieron Montgomery en El Alamein, y antes lord Wellington en Waterloo: atrincherarse, no dejar ningún resquicio a la iniciativa del contrario (cuenta para eso con el secante del Senado, y ya ha avisado de su intención de utilizarlo), mantener imperturbable la posición (sí, bueno, el búnker, ya que me obligan ustedes a dar detalles desagradables), y asomar la jeta al exterior solo cuando quede claro que el enemigo ha agotado ya toda la munición.
Rajoy no tiene ninguna pretensión de jogo bonito. Su intención es rendirnos a todos por cansancio, después de demostrar que un gabinete en compañía de rastas y rogelios no conduce a Pedro Sánchez a ninguna parte. Luego dejará que las cosas se asienten por su propio peso, con una ayudita exterior de Monsieur Juncker y Madame Lagarde si es necesario (que lo será).
No valoramos suficientemente los datos a nuestro alcance. Rajoy siempre ha sido un admirador de Mourinho, de modo que nada más natural que calcar su estrategia sobre la del Special One. Mourinho siempre ha dicho que en una eliminatoria a doble partido (¿y qué es en último término, si no eso precisamente, una sesión de investidura parlamentaria?), un empate a cero en casa en el partido de ida es un gran resultado. En la vuelta, con el rival volcado al ataque, todo es cuestión de especular y esperar el resquicio, la oportunidad. Si las cosas no se desatascan y en definitiva hay que asumir algún riesgo, se asume, pero solo a partir del minuto 85 de partido; no antes.
Mientras, Pablo Iglesias, que no cree en las tácticas, ha entrado a por uvas con una propuesta al PSOE de gobierno de coalición y él mismo de vicepresidente. Puede parecer precipitado pretender ganar la eliminatoria desde el minuto 1, pero también esa táctica tiene su lógica. Lo que no entiendo son los reniegos de algunos barones socialistas que se dicen humillados por la peregrina movida de Iglesias, esta sí de gambito. Humillados ¿por qué? No quiero ser malpensado, pero si Albert Rivera les planteara algo parecido mi sensación es de que los ojillos les relucirían de puro regocijo, y las glándulas salivares empezarían a funcionar a tope como las del perro de Pavlov.
¿Son las rastas el problema, queridos amigos socialistas?
 

viernes, 22 de enero de 2016

SE HACE LARGO ESPERAR


Las pequeñas crónicas cotidianas que recojo en este blog son unas veces divagaciones; otras, desahogos. Pero también se reflejan aquí de cuando en cuando estados de ánimo personales.
Esta mañana tarareaba distraído una música. Poco a poco he ido tomando conciencia de cuál era esa música: Es fa llarg esperar, de Pau Riba. También me ha venido a la boca la letra, que he escuchado en muchas, muchas ocasiones, en un vinilo de Quico (Pi de la Serra) y Maria del Mar (Bonet) que guardo en un lugar de honor en mis estanterías. Esta es la letra de la estrofa concreta que me ha venido a la memoria:
 
Quan s’espera que tot ja s’acabi
Per tot d’una tornar a començar,
Quan s’espera que el món tot s’enfonsi
Per tornar-lo a edificar,
Es fa llarg, es fa llarg esperar.
 
El poema-canción de Riba data de 1975; la grabación de Maria del Mar, con acompañamiento vocal e instrumental de Quico, de 1979. Los versos emergen de una época remota en la cual el posfranquismo se iba abriendo, a través de toda clase de obstáculos, tergiversaciones y palos en las ruedas, a una gran incertidumbre; y todo estaba en juego. Los versos, por uno de esos raros azares irónicos del tiempo, se adecúan a una situación en cierto modo análoga, una nueva transición, y encajan en ella a maravilla, sin forzamiento de ninguna clase.
Para amenizar la actual espera que no cesa, aquí tienen ustedes un link para que el milagro permanente de youtube les facilite un viaje por el túnel del tiempo, a una época en la que Quico y Maria del Mar (y yo también) teníamos cuarenta años menos: