sábado, 18 de marzo de 2017

EUROPE FIRST


Han empezado en Roma los actos de celebración de los 60 años del Tratado que dio origen a la Unión Europea. La presidenta del Parlamento italiano, Laura Boldrini, se dirigió a representantes de todos los parlamentos europeos con un discurso ambicioso, en el que repitió varias veces la consigna “Europa primero” (Europe First), como réplica al America First de Donald Trump. Apuntó Boldrini a la necesidad de una profundización de la temática relacionada con la dimensión social de la Europa unida, lo que no está nada mal si el apunte no se queda en mera retórica celebratoria; la ausencia de una preocupación social paralela a la liberalización del mercado de capitales ha sido una de las carencias más marcadas en todo el trayecto comunitario, muy singularmente en su último avatar, desde los años noventa del siglo pasado y a partir del crac de 2008.
El belga Siegfried Bracke describió los tratados de 1957 como el arranque de una nueva Roma; no un nuevo imperio, sino una nueva civilización. Romano Prodi describió una Europa moviéndose a dos velocidades, pero acogedora y abierta a todos. Ana Pastor, presidenta del Congreso español de los Diputados, demandó más esfuerzos para transmitir a las generaciones jóvenes que la integración europea “ha valido la pena”.
Me pregunto en qué estaba pensando Pastor al hacer esa observación. Más en concreto, cuál es la pena que ha valido, y cómo evaluarla. Sergio Mattarella, presidente de la República italiana que recibió a los parlamentarios europeos en el Quirinal, había reconocido en su alocución que la integración europea alcanzada “es, en gran medida, mejorable”. Habrá un fuerte despliegue policial durante todas las celebraciones, por temor a la presencia de “elementos provocadores de tendencia anarquista y antisistema”. Es preciso concluir que la Unión no atraviesa por momentos felices en lo que se refiere a reconocimiento y popularidad entre los jóvenes. Ni entre los ancianos. Ni los euroescépticos. Ni los liberales. En fin, casi entre nadie.
El contraste entre los discursos y los acontecimientos que se desarrollan detrás de las bambalinas puede ser penoso. El presidente del Eurogrupo Jeroen Dijsselbloem, castellanizable como Jerón Diselblón para entendernos mejor, pasa por momentos delicados debido al desastroso resultado de su partido en las recientes elecciones holandesas. Es más que probable que, cuando se forme gobierno, se vea obligado a dejar su cargo de ministro de Finanzas, y eso, en virtud de una ley no escrita, lo descartaría como jefe del Eurogrupo. Hay dos resquicios en los que intenta resguardarse contra la némesis terrible que le amenaza con ser descabalgado simultáneamente de su posición holandesa y de su cargo europeo: la primera es precisamente que se trata de una ley no escrita, y Jerón clama que si no está escrita es que no existe. ¿Desconoce tal vez la fuerza de la costumbre inveterada como fuente del derecho, que a todos los estudiantes se nos enseñó ya en el primer curso de la carrera? El segundo resquicio es que el puesto, en virtud de los equilibrios y las componendas establecidas entre la crema de la élite, habría de corresponder a un ministro de Finanzas del grupo socialista, y, dada la situación muy precaria de la socialdemocracia en el actual establishment europeo, no se avizora a nadie que pueda ofrecerse como recambio. Luis de Guindos sería capaz de cualquier cosa por postularse, pero está descartado porque los conservadores ya acumulan un récord de cargos, y uno más haría hasta feo. La alternativa de un griego o un portugués sería para los Guardianes de los Tronos tanto como entregar al enemigo las llaves de la fortaleza.
De modo que ahí queda la incógnita. Diselblón, por su parte, se siente a gusto en la poltrona y dice que hasta el año 18, que es cuando toca, nadie le va a mover de su silla por más que caigan chuzos de punta. El idealismo del mensaje de Baldrini viene a chocar así con las rugosas asperezas y las afiladas aristas de la realpolitik.
¿Europe First?
 

viernes, 17 de marzo de 2017

CAMBIOS EN EL CALLEJERO DE MADRID


El colectivo llamado “Comisionado de la Memoria” ha terminado su trabajo sobre el callejero de Madrid-capital y alrededores con la propuesta de 47 cambios de nombres. Los he estado examinando uno por uno. En general me parecen bien las propuestas, producto de un sensato deseo de consenso amplio, y no de trágalas desafinados. El nomenclátor madrileño lucirá más con los nuevos nombres. Una de las calles de nombre más abiertamente fascista, “Caídos de la División Azul”, se redimirá con el recuerdo de la matanza terrorista de la estación de Atocha: “Memorial 11 de Marzo de 2004”. Tanto el PP como C’s han anunciado enmiendas al trabajo del Comisionado, pero espero de ambas formaciones – el beneficio de la duda es siempre de rigor en estos casos – que no enmienden ese cambio en concreto.
El paseo de Muñoz Grandes pasaría a llevar el nombre de Marcelino Camacho; la calle José Luis de Arrese honraría al Poeta Blas de Otero; la de los Héroes del Alcázar, a la filósofa Simone Weil. La Avenida del Arco de la Victoria quedaría rebautizada como Avenida de la Memoria. El cambio más chocante a primera vista es el de la plaza Arriba España, que pasaría a denominarse Charca Verde. Suena duro, pero existe una explicación: la plaza se forma a partir de un ligero ensanchamiento de una calle, y la calle se llama Charca Verde. No hay intención aviesa, por consiguiente, en la nueva propuesta. Nadie se dé por ofendido. Peor aún suena que Charca Verde desemboque en Arriba España, y es precisamente lo que está sucediendo con el nomenclátor actual.
Los cambios, entonces, pintan bien, a mi juicio. Los tiempos de verbo en condicional de todo el párrafo anterior obedecen a que, para consolidarlos de forma definitiva, está pendiente todavía la opinión de las respectivas Juntas de Distrito. Pero si a las Juntas no les parecen bien los nuevos nombres, no pasará nada grave. Se consensuarán otras denominaciones. Las piedras serán las mismas en todo caso, los accesos llevarán a los mismos lugares, y el cambio de nomenclatura no significará en principio un cambio de sentido.
Salvo por el hecho de que los nombres nunca son inocentes.
Hacía mucha falta una mano de pintura en un nomenclátor procedente directamente de la dictadura, para eliminar, o disimular, costrones y cochambres antiguas. De eso se trataba.
La noticia ha visto la luz el mismo día en que ETA ha anunciado su desarme incondicional y unilateral. Nos hemos quitado a un tiempo dos losas de encima.
 

jueves, 16 de marzo de 2017

LA NUEVA PIEL DEL CAPITALISMO


Así se titula el nuevo libro de Antón Costas y Xosé Carlos Arias (Galaxia Gutemberg). He leído hoy en elpais, en catalán, una entrevista de Lluís Pellicer a Costas con motivo de la aparición del libro, que tengo intención de comprar. Siempre es provechoso leer a Costas, no tanto porque sea catedrático de Política Económica, sino sobre todo porque es un conservador razonable. Necesitamos hoy más personas razonables (razonadores lo somos todos), y también seguramente más personas conservadoras. Tengo un vago recuerdo de que en una ocasión Pier Paolo Pasolini afirmó que el Partido Comunista Italiano era el más conservador del arco parlamentario de su país, en el sentido de que trataba de conservar bienes y derechos valiosos mientras otros “conservadores” de título no tenían escrúpulos en hacerlos desaparecer de tapadillo por el desagüe. No digo con esto que Costas tenga nada que ver con los comunistas, ni siquiera con los italianos; pero sí tiene que ver con la operación delicada de conservar aquello que vale la pena de ser conservado, y tirar por el escotillón la ganga que nos colocan  en el candelero con argumentos artificiosos.
Dice Costas que el capitalismo de hoy está afectado por dos “mutaciones patológicas”, que son la desigualdad social extrema y la hiperfinanciarización. A ambas se suman unos monopolios en crecimiento elefantiásico que se comportan como diligentes extractores de rentas de los hogares de estratos sociales medios y bajos, abocados a unos niveles prácticamente obligatorios de consumo inducido. Las ganancias obtenidas se van depositando en fondos de inversión opacos, y la búsqueda de rentabilidad inmediata de esos fondos prioriza la especulación y obstaculiza la viabilidad de los “proyectos de empresa” asentados en el largo plazo y en la utilidad social del producto o servicio que proporcionan. El crédito bancario tiende a rehuir entonces los plazos largos de los procesos productivos, para buscar sus mejores opciones de ganancia en el "casino" de una economía predominantemente especulativa.
En ese contexto, las viejas soluciones de la socialdemocracia son insuficientes en la medida en que se basan en la simple redistribución de las rentas, cuando hoy esa redistribución se está realizando por otros medios y con criterios distintos de los del Estado social. La reacción que está apareciendo con fuerza es la de una política “a la contra”: revueltas populares, auge del populismo y aparición en el escenario mundial de líderes autoritarios y megalómanos.
Costas critica los excesos de una etapa de economía sin política (un “cosmopolitismo dogmático y acrítico”, lo define), y rechaza también su contrario, una política sin economía, demagógica y simplificadora. Es necesaria la economía al lado de la política, pero asignando al economista, al “experto” capaz de proponer soluciones, el papel de hablar, no al poder, como ha venido haciendo hasta ahora, sino a la sociedad. Recuperar la función dirigente de la democracia participativa, promover la libre competencia, frenar el poder de los monopolios y de los movimientos especulativos de las finanzas, serían prescripciones útiles para remediar las deformidades patológicas del actual capitalismo con nueva piel.
De seguir esas prescripciones seguiríamos, eso sí, dentro del territorio del capitalismo; un capitalismo, diría yo, con las uñas recortadas. Habrá a quien no satisfaga la receta. No obstante, las propuestas razonables situadas dentro de un pensamiento conservador, pueden ser una herramienta formidable de consenso para enderezar el rumbo sesgado de una economía en estado salvaje y peligrosamente no sostenible.
 

miércoles, 15 de marzo de 2017

TALIBANISMO EXTRADEPORTIVO


Un talibán del madrileñismo, de nombre José María Melendo, encabeza una cruzada extravagante dirigida a convertir una proeza deportiva, la remontada del Barça contra el París-Saint Germain, en un suceso vergonzoso. Nadie en París se ha tomado el arbitraje del turcoalemán Aytekin con tanto ardor; hay azares incontrolables en la práctica deportiva, y es evidente que las apreciaciones del árbitro, que no es un ser infalible, influyen en un sentido o en otro; también la meteorología, el estado del césped, la actitud del público, el miedo escénico, incluso la hora fijada para el encuentro. Nadie, que yo sepa, había pedido formalmente nunca la repetición de ningún partido por ninguna de estas cuestiones. Y mira que errores arbitrales garrafales los ha habido, incluida la “mano de Dios” de Maradona que decidió un Mundial. Melendo ha innovado en el tema, sin la menor probabilidad de que la petición sea escuchada porque, además, crearía un precedente peligrosísimo para la fijeza de los resultados deportivos.
No creo, por todo ello, que la iniciativa del forofo madridista se dirija al fin que en apariencia reclama, sino a rebajar en el inconsciente colectivo el mérito de unos jugadores que hicieron un partido estupendo, dominaron en todo momento a su rival y condujeron el juego de ataque con un alto grado de inspiración y de virtuosismo. El único problema para admitir semejantes hechos probados es que quienes lo hicieron no fueron los jugadores del Real Madrid, club de los amores del señor Melendo, sino los del FC Barcelona, sobre los que se extiende la sombra eterna de su aborrecimiento.
Todo lo cual es perfectamente lícito en democracia. Las extravagancias de los forofos furibundos son la sal de la tierra, el fútbol sin personajes tales como Pedrerol, Roncero o este Melendo se nos haría tan aburrido como, al parecer, resulta el sexo normal para los adictos a las sombras de Grey.
Lo verdaderamente insólito es que en un programa deportivo de gran audiencia, en una televisión pública, el presentador lance a las ondas la siguiente pregunta: «¿Tienen razón las 200.000 personas que piden la repetición del Barça-PSG? - Sí - No - NS/NC»
Un hecho así, y hablo ya al margen del deporte, plantea cuestiones inquietantes sobre el papel de los medios públicos en las modernas sociedades del espectáculo. En un primer análisis, se lanza un debate apasionado sobre una trivialidad al modo de una cortina de humo, en momentos en que muchos representantes conspicuos del estamento político se están viendo colocados frente a juicios muy severos relativos a sus ligerezas culpables con las finanzas públicas. En el trasfondo, y de forma más solapada, la pregunta, que ni va ni viene al Real Madrid ni al deporte español en general, hurga en las contradicciones y los enfrentamientos instalados desde hace tiempo entre comunidades. No se promueve el debate; se atiza el odio. Desde una cadena de televisión pública. De forma torpe y gratuita. Tomando como pretexto una iniciativa ridículamente exagerada e inverosímil.
¿Así se hace país?
 

martes, 14 de marzo de 2017

SIN ESTRÉPITO Y SIN FURIA


Doy cuenta de la lectura prácticamente consecutiva de tres buenos artículos de tres grandes articulistas, en torno al momento congresual de Comisiones Obreras.
Ignacio Muro (en “bez”) se centra sobre todo en los desafíos y las tareas que aguardan al sindicato en una época novedosa por muchos motivos, y en la que habrá de actuar a contrapelo del paseíllo militar, con banda de música incluida, que el pensamiento único neoliberal pretende realizar con vistas a un nuevo milenio de hegemonía. Los breves apuntes de Ignacio dibujan un marco de actuación difícil pero posible, bajo un paradigma de la producción novedoso que ofrece, dentro de las dificultades que implica, mil razones y mil oportunidades para incidir.
Antonio Baylos, en Nueva Tribuna, apunta a los recambios generacionales en la dirección, y a la forma como se han llevado a cabo. Sin primarias, sin confrontación mediática de candidaturas, sin chisporroteo, a partir del debate pausado de los materiales y de un consenso inmenso tanto sobre las políticas como sobre las personas. Sin estrépito y sin furia. Tales son, recordará el lector, las dos cualidades que según la señora de Macbeth hacen que la vida se asemeje a un cuento contado por un idiota: llena de estrépito y de furia, carente de todo significado.
No ha habido furia ni estrépito, y sí en cambio un significado profundo en el camino emprendido por Comisiones Obreras. Quizá conviene detenerse un punto en la singularidad de un sindicato que, a pesar de verse zarandeado desde todos los acimuts, ha sido capaz de encontrar en sí mismo, en el patrimonio acumulado a lo largo de años marcados por la resistencia, la alternativa y la defensa cercana, a ras de tierra, de los derechos del conjunto asalariado, la fórmula para abordar unos cambios necesarios – cambios de personas, cambios de perspectivas –, desde la identidad. No es ese el talante de otros sujetos políticos, mucho más propensos al transformismo o al arrebato. Yo diría que se desprende una lección provechosa para todos de estas jornadas particulares, puesto que, sin ningún hincapié especial en las cajas de resonancia propias de las redes, ha sido el colectivo implicado el protagonista real de una decisión difícil, sin que se haya alzado ninguna voz por encima del diapasón de una normalidad asumida.
Y el tercer buen artículo lo firma José Luis López Bulla, en el blog de aquí al lado, con una llamada a la feminización del sindicato como consigna urgente. Siempre han estado ahí las mujeres, de una forma u otra; pero ahora se necesitan más mujeres en los puestos de dirección, más decisiones trascendentes de mujeres, una aportación colectiva más relevante para acabar con los estigmas que las han relegado históricamente a una situación de subordinación respecto de los subordinados.
Mientras las infantas y las lideresas siguen cantando la palinodia del “yo de esto no sé nada, el que entiende es mi marido”, las mujeres trabajadoras se disponen a tomar cartas decididas en el asunto para hacer valer erga omnes sus derechos, y su forma de entender la vida, y la conciliación de las tareas laborales y familiares; para que, con ellas, todos juntos demos un salto adelante en lo relativo a la condición y a la dignidad del trabajo.
Las mujeres en el sindicato son aún un capítulo abierto, una asignatura pendiente, la idea de una recomposición necesaria para definir sin complejos un cambio radical de estrategia. Porque sin ellas, la lucha por la igualdad de todas/os no se sostiene.
 

lunes, 13 de marzo de 2017

GEMMA DONATI


Dicen, o decían algunos en tiempos pretéritos, que detrás de cada gran hombre se puede encontrar a una gran mujer. A veces resulta difícil descubrirla. Apenas sabemos nada de Gemma di Manetto Donati, que fue esposa de Dante, tuvo de él cuatro hijos – tres varones, Giovanni, Iacopo y Pietro, y una chica, Antonia – y sobrevivió a su marido durante un decenio por lo menos. Se sabe porque reclamó en 1329 por vía notarial su dote, que había sido confiscada, junto al resto de las pertenencias del atrabiliario poeta y político, por el Governo della Signoria.
Los esposos no debieron de llevarse mal. Las dos familias habían concertado el matrimonio cuando Gemma y Durante (todo el mundo le llamaba Dante) eran dos mocosos que apenas levantaban un palmo del suelo. Pudieron tener la misma edad, él nació en 1265, y de ella se calcula la misma fecha, aunque no hay constancia documental. Dado el curso tormentoso de los acontecimientos posteriores, los Donati en peso votaron en su día a favor del destierro del incómodo Alighieri, motivo que no impidió que él siguiera demostrando un afecto particular a varios de sus parientes políticos.
Sin embargo, en toda su obra literaria Dante no incluyó la menor mención a su legítima. Puede que quisiera reservarla en un santuario muy especial, tal vez una torre de marfil, y tenerla allí a salvo de murmuraciones (no las evitó; primero por parte del fenomenal cotilla que fue Giovanni Boccaccio, y siglos después, de la pluma de un literato olvidable, de nombre Vittorio Imbriani).
Pero si esa fue su intención, ¿por qué se comportó de un modo tan diferente con “Bice” (Beatrice) Portinari? Afirma el propio poeta que la vio tan solo dos veces en su vida; la primera dejó en su ánimo una impresión tan honda, que desde entonces callejeó con la esperanza de cruzarse de nuevo con ella por el barrio del que todos, los Donati, los Portinari y los Degli Alighieri, eran vecinos. Su insistencia tuvo premio tan solo nueve años después; Bice, rodeada de sus damas de compañía, estaba aquel día de buen humor y, además de sonreírle al pasar, le dirigió un breve saludo con la mano.
La breve visión provocó un cataclismo emocional, que nos ha dejado uno de los sonetos más bellos que jamás han sido escritos: Tanto gentile e tanto onesta pare, incluido en el capítulo 26 de Vita Nuova. Después, en la Commedia el poeta convirtió a Beatrice en su guía en el paraíso, adonde no podía acompañarle Virgilio por no ser creyente. Mientras, ignorante de tanta adoración, Bice se había casado con Mone (Simone) dei Bardi y había muerto en la flor de la edad, a los 23 años. Su nombre y sus rasgos imaginados han recorrido todos los capítulos posteriores de la historia de la literatura y del arte. ¡Vaya con el ruido que ha armado a lo largo de los siglos la risueña Beatrice! Mientras tanto, la silenciosa Gemma no ha dejado huellas perceptibles de su larga existencia tan parecida a cualquier otra, tan repleta sin duda de cotidianidad afanosa y de heroísmos mínimos.
 

domingo, 12 de marzo de 2017

ESTABILIDAD RELATIVA


Desde el Consejo de Europa se ha pedido al gobierno español la reconsideración de la reciente reforma que da al Tribunal Constitucional la potestad de suspender a cargos institucionales electos, por causa de incumplimiento de las propias sentencias del TC. Algún medio de prensa ha calificado la tal recomendación de “varapalo”. Tal vez lo sea en el fondo, pero en la forma el gobierno del PP podrá seguir adelante con sus propósitos, sin mayor molestia que un ligero encogimiento a fin de absorber mejor el dolor en el costillar castigado. Ni la Comisión de Venecia ni el Consejo Europeo tienen a efectos de política interna más autoridad que la que deriva de un consejo sensato y amistoso. Otra cosa será cuando la cuestión llegue al Tribunal de La Haya, pero hasta entonces puede llover mucho, y la única intención de Mariano con esta bonita finta jurídica es ganar tiempo.
Ganar tiempo ¿para qué? La respuesta es simple y circular: ganar tiempo, a Mariano le permite ganar tiempo. No hay nada detrás de esa realidad: ninguna estrategia a largo plazo, ninguna meditación acerca de un tiempo de sazón más oportuno. Mariano tiende a conducirse (espero que se entienda rectamente la metáfora circunstancial, compatible con el respeto más profundo a la persona) como el burro que mueve la noria con su esfuerzo circular. Su  único propósito de fondo es eternizarse a sí mismo allá arriba, conseguir que todos se acostumbren a verle al mando.
Sol Gallego-Díaz especula en elpais sobre el “espejismo de la estabilidad” y señala que el gobierno habrá de buscar votos externos para aprobar los presupuestos, y que se trata de una situación que no puede eternizarse. Pero no está claro que no sea posible de un modo u otro eternizar la situación, eso en primer lugar. En segundo, Mariano, hombre profundamente serio, no está por hacer carantoñas al PNV. Tampoco a Ciudadanos, dicho sea de paso. Los dos últimos mensajes a Rivera han sido sintomáticos: uno, que él no da por rotos los compromisos adquiridos en torno a la lucha contra la corrupción, muy al contrario. A pesar de lo que está sucediendo con el presidente de Murcia; a pesar de que sigue todavía sin ponerse en marcha la comisión acordada sobre las impresentables actuaciones del ex ministro del Interior. En ambos casos, Rajoy sigue haciendo valer de un lado la presunción de inocencia, y trabaja al mismo tiempo subterráneamente para que nunca se lleguen a reunir las pruebas materiales que harían quebrar tal presunción.
La otra advertencia a Rivera ha sido que mucho ojito con Podemos, que se están dando unas complacencias de C’s por esa banda que no gustan nada en la corte.
Rajoy se comporta en todo como un monarca absoluto con sus vasallos. No tiene, de hecho, una mayoría absoluta; pero finge tenerla, y le resulta. Tiene a Rivera sujeto por hilos invisibles, y está en condiciones de presionar a un PSOE dividido y en horas bajas, desde varios ángulos. Desde el Congreso mismo, situándolo frente al espantajo de un sorpasso de Podemos; desde el Senado, donde la preeminencia del PP es absoluta y donde Mariano quiere ubicar, para mayor comodidad, la comisión parlamentaria que investigará a Fernández Díaz; y también desde el “poder” judicial, terreno en el que los dos partidos juegan a repartirse cuotas de influencia asimétricas, basadas en los añejos principios medievales de la feudalidad y el vasallaje.
Por si fuera poco, la corte mediática que rodea al gobierno es numerosa y nada tímida en el momento de expresarse. Hemos visto manifestaciones recientes de acatamiento al poder y hostilidad desbocada a sus enemigos, por parte de Victoria Prego, Felipe González, Mario Vargas Llosa, Juan Cruz y Jorge M. Reverte, cito los que me salen de memoria y ahorro al lector un largo etcétera. Una plétora de personalidades “independientes” colabora esporádicamente en el apuntalamiento de la estabilidad relativa del gobierno numéricamente inestable de Mariano. Hoy disparan todos contra Podemos, desde la ficción consensuada de ser víctimas todos ellos de los modos amenazantes y la sanfasón populista de los podemitas. Pero en el momento crítico de la aprobación de los presupuestos, el PSOE se verá en serios apuros para sobrellevar las azagayadas de esa tropa, caso de empeñarse de nuevo en mantener la fórmula, ya acuñada y probada con escasa fortuna, del “No es No”.
 

sábado, 11 de marzo de 2017

MAS UNA VEZ MÁS


Ya no es la CUP la que pide a Mas un paso al costado; ahora es la propia dirección del renacido PDECat la que, colocada frente al precipicio, ruega al ex president valentía para dar un gran paso adelante. La noticia viene en lavanguardia, no es una invención de ABC ni de los alegres pistoleros de la caverna madrileña. “Hay que matar de nuevo al padre, pero no sabemos cómo”, se lamentan los flamantes dirigentes democrático-europeos. “Nadie quiere una carnicería, ya tenemos bastante con la que está cayendo.”
Artur Mas se lo ha buscado. Auguró un choque de trenes y colocó imperturbable su convoy en trayectoria de colisión. Algunos piensan que la catástrofe aún está por llegar, porque no se ha activado el 155 de la Constitución. Pero hay víctimas del siniestro, cuéntenlas. Mas fue una de las primeras, y ahora reincidirá, por haberse empeñado en irse sin irse, en tomar billete de ida y vuelta en el mismo tren que ya estrelló una vez. Mas morderá el polvo una vez más.
Le ha caído encima el tema del 3 o 4%, más el asunto del Palau. Es decir, polvos ya aireados en las crónicas de antaño, y hoy convertidos, por falta de saneamiento adecuado, en lodos pestíferos. Suele ocurrir en las fugas hacia  adelante que las viejas cuentas no pagadas acaban por alcanzar al fugitivo. El cartero siempre llama dos veces.
Hace pocos días unos revendedores de papel murieron aplastados por toneladas de periódicos guardados en unas estanterías, que cedieron. Salvando diferencias de detalle, a Mas le está ocurriendo lo mismo; lo mata el peso de la hemeroteca.
Lo cual no impide que componga la figura y siga manteniendo que todo es mentira, una conspiración urdida en Madrid, un delirio senil de dos octogenarios. En vano. Nuevas pruebas apabullantes saltan cada día a los titulares de la prensa. Aun así, Mas quiere pilotar el nuevo bólido de Convergència, para el circuito de las elecciones, para el del referéndum, y para el aplazado viaje a Ítaca. Pero el vehículo tiene roto el motor, porque el motor era Mas, y su escudería anda buscando con urgencia un recambio. Puigdemont ya ha renunciado a serlo.
Como último argumento, un Mas cada vez más autista, más encerrado con un solo juguete, niega la pringue que le rezuma y plantea la cuestión como un caso de ojeriza personal por parte de otros. “¿Qué quieren, que lo deje todo? Debo molestar mucho, ¿no?”. Lo ha dicho en una entrevista radiofónica en RAC1. Molesta, sí. Ya no solo a los compañeros de viaje, CUP y Esquerra, sino a las mismas huestes del partido que fue el suyo. Horrorizadas, ven cómo la presencia de este estafermo agitando en el aire los brazos en mitad del campo de batalla les impide cualquier maniobra defensiva en el momento en que se masca la derrota y la única idea que parece inspirar a los votantes es empezar a hacer, ordenadamente, mutis por el foro.   
 

viernes, 10 de marzo de 2017

LA CLASE REINVENTADA


Corren malos vientos para la lucha de clases; en general, se estima que se trata de un concepto caducado por no adaptarse a las crecientes complejidades de la estratificación social en las sociedades postindustriales. Un experto en la materia tan poco sospechoso como Bruno Estrada ha dejado escrito: «Que la clase social sea el envolvente emocional colectivo de un abanico de trabajadores tan diverso y plural se me antoja un ejercicio político baldío.» (1)
Dejemos a un lado los “envolventes emocionales colectivos”; mal servicio haremos a la obra de Marx considerando la conciencia de clase como un factor emotivo, un mero ideal subjetivo de “comunidad”. Así pues, si el recurso a la clase y a los intereses de la clase es un “ejercicio político baldío”, por fuerza eso significa que la lucha de clases ha dejado de ser – si alguna vez lo fue, que esa es otra cuestión – el motor de la historia.
Sigamos el razonamiento de Estrada: «La ciudadanía democrática debería ser el catalizador de los sentimientos de pertenencia a una comunidad incluyente. La enorme virtualidad social de la democracia es que nos permite sentirnos individuos libres a la vez que formamos parte de una colectividad en cuya definición participamos.»
No pretendo discutir esta afirmación; la aplaudo y la subrayo. Es solo que no veo contradicción ni incompatibilidad entre la clase y la ciudadanía. En primer lugar, los dos conceptos corresponden a dos lugares diferenciados del proceso histórico enfocado hacia la humanización de las relaciones humanas. Me excuso si la última frase parece redundante; la humanidad, en la teoría de Marx, no es un punto de partida sino un punto de llegada de la historia, y aparece como epifanía una vez eliminados vicios originales tales como la propiedad privada y su corolario, la explotación del hombre por el hombre. (Afinemos esta última formulación: explotación de una persona por otra persona, que nadie ponga en duda que las mujeres forman parte necesaria y en condiciones iguales de todo el proceso.)
Pues bien, la clase es un concepto situado en el inicio del trayecto; agrupa a todas/os aquellas/os que solo pueden ofrecer en el mercado su fuerza de trabajo, porque carecen de medios propios de subsistencia. La clase agrupa en principio a las personas humanas sometidas a la explotación de su trabajo subordinado y heterodirigido; la ciudadanía, en cambio, aparece en mitad del camino hacia la emancipación, como ingreso en la pertenencia a una comunidad más amplia que la propia clase.
Entonces, ¿por qué contraponer clase a ciudadanía, por qué imaginarlas incompatibles, cuando tan bien se complementan y se refuerzan las dos situaciones en un contexto que impulsa constantemente a seguir avanzando más allá, hacia la humanización plena de las relaciones sociales, sin conformarse con hacer punto final en la mitad del camino?
Pero es posiblemente necesario redefinir la clase, o incluso reinventarla, porque (en eso tiene toda la razón Estrada) hoy sus signos distintivos son mucho más imprecisos que en el siglo XIX, porque sus límites se difuminan y las situaciones subjetivas (emocionales, si se quiere) que comprende se han ido extendiendo y diversificando hasta formar una maraña difícil de devanar.
No será posible abarcar a toda la clase en una definición escueta, sencilla y movilizadora, al estilo de: la “gente” contra la “casta”. Esa fórmula no funciona. Por muchas razones, pero sobre todo porque no da una idea de dirección ni de avance. Tomada como idea central, dibuja una confrontación social puramente estática, sin abrir ninguna perspectiva más allá de la indignación (y es que, como bien advertía Pietro Ingrao no hace tantos años, “indignarse no basta”).
La lucha de clases ofrece, por lo menos, una articulación y una coherencia mucho mayores que la dicotomía gente/casta. Las categorías utilizadas no son un totum revolutum, no son ni mucho menos “transversales”: de un lado están los poseedores de los medios de producción; del otro, los meros poseedores de su fuerza de trabajo subordinado y heterodirigido. Las líneas maestras de avance serán entonces:
Primero, la conquista de una sociedad de iguales frente al principio secular de la subordinación de unas clases sociales a otras. En ese camino se encuentra la ciudadanía como un objetivo intermedio, que significa la vigencia de unos derechos y unos deberes concretos que son iguales para todas/os.
Y segundo, la aportación progresiva de elementos de autoconciencia y autodirección en el trabajo heterodirigido, de forma que este sea cada vez más autónomo, más racional, más eficiente, más útil al común, y en último término, más humano.
 


 

jueves, 9 de marzo de 2017

EL SUBIDÓN


Lo digo sin ningún rubor: yo nunca creí en la posibilidad de una remontada del Barça. Soy agnóstico, los milagros no existen y la ley de las probabilidades dejaba solo un resquicio, una fracción ínfima para un resultado favorable. Cierto que los chicos son magníficos, y todo eso. Y que los jeremías que llevan cinco o seis años diciendo que se ha acabado el ciclo no causan ninguna grieta en la coraza de mis convicciones últimas. Estas son que el Barça puede ser en ocasiones el mejor equipo de fútbol del mundo, pero no todas las semanas, no en todas las competiciones, no partido a partido y año tras año. Porque eso no puede ser, y lo que no puede ser es imposible. Alguna vez tiene que perder. Alguna vez ha de quedar eliminado por otro plantel de jugadores también excelentes.
Eso no quita que quisiera ver el partido de vuelta contra el PSG. Ya había visto entero el de ida en París, sin pestañear, sin zapear a otro canal, sin lanzar maldiciones ni postular que esos figuritas de belén son todos unos sinvergüenzas y unos vagos, sin gruñir que ninguno de ellos se merece el sueldo que cobra. (En relación con lo que cobran los futbolistas de elite, no emito juicios de valor. Hay artistas que cobran una millonada por cuatro pinceladas en un cuadro que ni se entiende lo que quiere representar. ¿Es justo eso, o es un abuso? ¿Cuál es el precio equitativo que debe cobrar alguien tan bueno en su oficio que es capaz de sobresalir por encima de toda la numerosísima competencia?)  
Vi en consecuencia el partido de vuelta, y disfruté mucho a lo largo de la velada pero sin creer en ningún momento que la remontada, a pesar de que tenía visos de posible, se haría efectiva a fin de cuentas. Entonces, lo que ocurrió en el minuto 95, apenas a diez segundos de consumarse el tiempo añadido, fue un tremendo subidón.
Tampoco me lo creí entonces, de primeras.
“¿No ha habido fuera de juego? ¿Va a pitar fuera de juego?”, pregunté (a nadie, al destino) cuando observé que el guardameta rival agitaba el brazo, en ese gesto casi instintivo de todos los metas fusilados por un puntapié a bocajarro que reclaman posición ilegal.
No había fuera de juego, no se señaló fuera de juego. El marcador mudó para exhibir impertérrito el improbable 6-1 con el que tantos habíamos soñado, y los jugadores se fundieron en montón sobre el césped como los naipes de una baraja desparramada sobre el tapete verde de juego.
No fue el mérito, no la constancia en la fe. Ambos elementos podían haber sido exactamente iguales, y sin embargo no haber alcanzado Sergi Roberto con el empeine aquel balón enviado en parábola por Neymar. O haber tocado el balón con un exceso imperceptible de fuerza, suficiente para enviarlo por encima del larguero.
No hubo ninguna conjunción esotérica con ningún destino prefijado por un oráculo. Las cosas ocurren, simplemente. Hay un componente grande de azar en todo lo que, por el hecho de suceder, viene con su ocurrencia a desmentir minuto a minuto tantas otras cosas diferentes que también podían haber sucedido pero quedaron en el limbo de lo inédito. Alea, decían los romanos. Alea jacta est, balón adentro.
El éxito final fue menos aún consecuencia de un “som i serem” que algunos, el inefable Puigdemont el primero, se han apresurado a entonar con un orgullo corporativo tanto más ridículo en el día en que Montull está declarando ante el juez, por el asunto Palau. No es más que vanidad el buscar una relación entre las glorias deportivas de un grupo de mercenarios, en el sentido más respetable de la palabra, y los avatares de la nación que les alberga.
Dicho y sentado todo lo cual, y rubricado ante notario si preciso fuere, dejo también constancia de que aquel minuto 95 me supuso un subidón como pocas veces he sentido.
Veremos qué ocurre en cuartos de final.
 

miércoles, 8 de marzo de 2017

EL SÍNDROME DE SAN ISIDRO


Decía hace ya algunos años Manuela Carmena que, dentro de los parámetros de su generación (que es la mía), se consideraba afortunada en su relación de pareja, aunque con algún matiz: «[Eduardo] siempre admiró mi capacidad profesional, respetó mucho mi vocación. Otra cosa es que lo de lavar los platos siempre pensó que era mejor que lo hiciera san Isidro.» (1)
Posiblemente la alusión al santo resulte enigmática para las generaciones más jóvenes, poco familiarizadas con nuestro santoral. Isidro, labrador y santo patrono de Madrid, tenía la costumbre inveterada de postrarse de rodillas a cualquier hora del día para orar al cielo con fervor extático. Halagado por tanta piedad, pero precavido ante los resultados previsibles de un ejercicio tan drástico de la misma, el Señor le escuchaba complacido desde las alturas, pero al mismo tiempo enviaba a un par de ángeles de servicio para que empuñaran el arado y roturaran el campo, sembraran y/o cosecharan.
Ese síndrome de san Isidro lo hemos tenido a mansalva los varones de mi quinta. En la sociedad en la que vivíamos, se daba por descontado que estábamos exentos de fajina. Ayer, de forma incidental en la escritura de un post políticamente poco correcto, señalaba los cuatro ámbitos en los que transcurría antes la vida de las personas, en forma de doble contraposición: el lugar de trabajo, marcadamente viril, frente al hogar, exclusivamente femenino; y el templo, frecuentado por una parroquia predominantemente  mujeril, frente al burdel, reservado a los caballeros de posibles.
Fuimos educados y entrenados de forma exhaustiva en esas divisiones. Mi madre nunca me dejó pisar la cocina de casa, salvo que fuera allí para llevar alguna noticia o para picar algo en la nevera (picar de la nevera era prerrogativa varonil, terreno de conquista; de ninguna manera un desdoro para nuestra masculinidad). Las reivindicaciones feministas hubimos de asumirlas en tiempo real, a medida que empezaban a expresarse en nuestro entorno con la aparición de grietas cada vez más marcadas en el bloque granítico del franquismo sociológico.
No estuvimos demasiado diligentes en la tarea. Lo ha expresado así Cristina Almeida (tomo la cita del mismo libro ya reseñado antes): «Nunca había visto planteada en mi gente, en mis gloriosos camaradas, en mi Partido, en todas las cosas, no había visto planteada esa cuestión de género. Y daban por supuestas todo ese tipo de desigualdades sin cuestionarlas. Por lo tanto, para mí aquel día nació un cuestionamiento global del modelo político, del modelo de militancia, de muchas cosas, y se contaminó todo mi compromiso con el compromiso de la lucha feminista.»
No sé decir si las cosas están ahora algo mejor, o algo peor que entonces. Hay seguramente más conciencia feminista en muchos varones; hay también una hostilidad mucho más marcada, en otros ámbitos. Es evidente que el machismo tosco no ha remitido. Con todo nuestro síndrome isidril a cuestas, a los hoy setentones jamás se nos habría ocurrido llamar “feminazis” a las defensoras de determinadas reivindicaciones.
La línea de solución de unos problemas en los que nos jugamos entre todas/todos una libertad plena y compartida, la veo en la ruptura con las estructuras de género en los cuatro grandes ámbitos citados, a saber: feminización del lugar de trabajo, masculinización del hogar familiar, y desaparición de la iglesia y el burdel del horizonte social. Me refiero con esta última propuesta a que, si bien cada cual seguirá disfrutando de libertad para frecuentar el templo o la mancebía, es necesario eliminar las normativas sesgadas que se imparten desde los dos ámbitos sobre las formas más adecuadas de ser hombre y de ser mujer.
Un ejemplo muy claro de por dónde no deben ir las cosas lo tenemos en la estúpida campaña de los autobuses de Hazte Oír.

 

(1) Citado en I. Díaz, J.G. Alén y R. Vega, Cristina, Manuela y Paca. Península 2017.

martes, 7 de marzo de 2017

ELOGIO DE LOS BURDELES DE ANTAÑO


No parece una elección muy acertada el tema de los burdeles, en mi 47º cumpleaños de casado, y en vísperas del día de la mujer trabajadora. Pero no hay intención de ofender, y por otra parte mi conocimiento de los burdeles es exclusivamente literario.
El caso es que han caído en mis manos las cuatro conferencias de Jorge Luis Borges sobre el tango (Lumen, 2016). Una delicia. Y esto es lo que Borges dice en cuanto al nacimiento del tango: «Dónde surge el tango? Según todos, el tango surge en los mismos lugares en que surgiría, pocos años después, el jazz, en los Estados Unidos. Es decir, el tango sale de las “casas malas”.» Y las describe así: «Eran grandes, tenían patios, y se usaban, además, como lugares de reunión; es decir, había gente que frecuentaba esas casas para jugar a la baraja, para tomar un vaso de cerveza, para encontrarse con amigos.»
Desde el punto de vista de la música que nació allí, conviene dar la vuelta a ese “además” de Borges. Los hombres acudían a las casas malas en busca de expansión en un ambiente relajado e informal; se aflojaban el nudo de la corbata, bebían cerveza, jugaban barajas y escuchaban música improvisada, o añejos aires populares. También podían tirarse un par de pedos sin escandalizar a nadie, y subir al piso alto con alguna de las habitantas, caso de sentir una súbita urgencia en la entrepierna.
No insistiré en esta última función, primigenia, del burdel. La imaginación vertiginosa del Padre García, en “La casa verde” de Mario Vargas Llosa (sí, ese mismo que les suena a ustedes, por más que no se le parezca en nada), le llevaba a suponer una sucesión de orgías desenfrenadas y deliquios múltiples, aunque lo más probable es que se tratara de sexo “aburrido”, como lo definen los seguidores de culto de las tropecientas sombras de Grey. El Padre García, párroco de Piura, acabó por prender fuego a la casa mala, encabezando a una turba de vecinos resentidos de los barrios de la Mangachería, Castilla y la Gallinacera; y se arrepintió luego para siempre de su gesto. Ya no se derramaban por las ventanas abiertas de las casas de la avenida Sánchez Cerro los sones, traídos por las ráfagas del viento del desierto, del arpa de Anselmo, la guitarra de Alejandro el Joven y los platillos del Bolas.
En los burdeles de antaño se leía la prensa liberal o subversiva, se escuchaba música en directo y se bebía cerveza, relajadamente, en mangas de camisa. Formaban parte de un orden social complejo que separaba a las mujeres en dos bandos rabiosamente incompatibles: de un lado las dedicadas al cuidado de la prole y a marcar el diapasón del “buen tono”; de otro lado, las proveedoras de placeres más primarios. Creo que era en una novela de García Márquez, no recuerdo cuál ni en qué circunstancias, donde se decía de una de estas casas que cambiaba las chicas cada cierto tiempo, porque un roce excesivo reproducía los mismos escenarios familiares de los que querían escapar los clientes. Cuando la Chunga o la Selvática (un decir) empezaba a reñir al sargento Lituma por ser tan desastrado, por haberse echado otro lamparón en la guerrera, por fumar demasiado, por ser un manirroto, por no tener nunca un detalle con ella, había llegado el momento de hacer borrón y cuenta nueva, con el fin de restablecer las normas no escritas de una convivencia de pago.
Se parecen mucho las casas malas descritas por Borges a las de Vargas Llosa, o García Márquez, o Cela, o Donoso, y paro de contar porque la lista se extendería demasiado. La pauta que surge de esta reconstrucción literaria es la de una sociedad compartimentada: el lugar de trabajo subordinado y heterodirigido, sujeto a rígidas normas disciplinarias; el hogar burgués, sometido a convenciones y artificios innumerables, dentro de una atmósfera cerradamente represiva; el templo, lugar de sublimación refinada de las frustraciones tanto laborales como hogareñas, pasadas ambas por el tamiz de la espiritualidad y la resignación; y el burdel o lugar de la infamia (es el vocablo utilizado por Borges) donde por fin el varón (la mujer lo tenía bastante más complicado) podía dar rienda suelta a sus bajos instintos.
Entre esos bajos instintos estaba el de la música. No la de Brahms ni la de Suspiros de España; no la de las veladas de los sábados en el Círculo ni la de los conciertos de la banda de viento local los domingos en el quiosco de la plaza. Una música informal, libérrima, sentimental. Sabia en las técnicas, y directa al corazón en los propósitos. Tango y jazz.
Solo por ese resultado ya valió la pena el servicio de los burdeles de antaño.
 

lunes, 6 de marzo de 2017

VÍCTIMAS ANÓNIMAS DE LA LIBERTAD DE PRENSA


Los diarios de hoy lunes publican en lugar destacado una dura nota de la Asociación de la Prensa de Madrid, que preside Victoria Prego, para denunciar la campaña de amedrentamiento y amenazas que está llevando Podemos en contra de periodistas críticos con sus posiciones.
Hay algo raro en la nota, sin embargo. Se define con precisión al agresor, Podemos, en la persona de su líder Pablo Iglesias, de sus órganos colectivos de dirección y de su entorno inmediato. Se señala que los ataques a periodistas se vienen produciendo desde hace más de un año, de la forma siguiente (la cita es literal): «en sus propias tribunas, en reproches y alusiones personales en entrevistas, foros y actos públicos, o directamente en Twitter.»
Sin embargo, existe una diferenciación nada sutil entre la expresión libre de la discrepancia, tan reconocida por la Constitución para el ciudadano como para el periodista, y que suele ser acalorada en nuestras latitudes, y, en el otro lado de la línea roja, el delito de “amedrentamiento y amenazas”, propio más bien de una organización mafiosa.
¿Qué cotas ha alcanzado la escalada verbal de Podemos contra sus críticos? ¿Qué cotas previas habían alcanzado las críticas de los periodistas contra las actuaciones de Podemos? ¿Fueron correctos los comentarios periodísticos, o por el contrario, susceptibles de ser incursos en una ley de libelo? Tenemos en este país una llamada “ley mordaza”, contra la cual de seguro la APM lucha incansablemente a diario. Pero no es Podemos el partido que ha impulsado y hecho aprobar esa ley. ¿No será el fondo del problema que se está intentando colocar una mordaza extra a Podemos?
Si los intercambios dialécticos entre periodistas críticos y políticos podemitas destacados han sido, a lo que parece, públicos, antes de inclinarnos por una u otra parte, no estaría mal deslindar quién se mostró en la refriega más intolerante, energuménico y amenazador. No hay constancia de tal extremo en la nota condenatoria de la APM, ni alusión ninguna a las responsabilidades de los periodistas, que se benefician de una resonancia mediática inalcanzable para el ciudadano común, en relación con lo que han escrito o declarado.
Y hay otro extremo que induce a la sospecha. La APM, tan diligente en señalar con el dedo al agresor, cubre con un manto de anonimato a las presuntas víctimas. “Una decena” de periodistas “de diversos medios” son los que han pedido amparo. Parece esencial dar a conocer sus nombres, y los nombres de los medios en cuestión. Incluso, desde la efectividad concreta del amparo ofrecido a esos profesionales de la opinión. No da lo mismo, no es el hecho en sí lo que cuenta en este caso, no se puede reclamar el amparo de un rinconcito nada más del ordenamiento jurídico, y luego ponerse por montera el resto. ¿Están Inda, Marhuenda, Losantos y tutti quanti en ese grupito de diez amparados? ¿Merecen amparo institucional quienes lo han solicitado? ¿Se trata de periodistas intachables por su comportamiento ético, por el rigor en el tratamiento de sus fuentes, por la veracidad escrupulosa de sus crónicas, por el respeto a todas las posiciones del arco parlamentario y extraparlamentario que concurren legítimamente a la acción política? ¿O bien el amparo con que se les quiere cubrir es un mero manto corporativo, de coleguilla a coleguilla?
Muchos interrogantes y pocas respuestas. De momento, sabemos que Irene Montero ha pedido una reunión urgente con APM para debatir la cuestión, toda vez que la asociación de periodistas ha difundido la nota acusatoria sin haber entrado antes en contacto con la contraparte para confirmar la veracidad de las alegaciones. ¡Doña Victoria, por favor! Se trata de un resbalón poco afortunado en una cuestión de procedimiento vital desde el punto de vista tanto profesional como simplemente democrático; y no, desde luego, de una menudencia.
 

domingo, 5 de marzo de 2017

LAS ELECCIONES PERDIDAS


Podíamos imaginar la escena nosotros solos con bastante realismo, pero Jordi Pérez Colomé nos ha dado además, en elpais de hoy domingo, detalles inéditos, plasmados al aguafuerte goyesco, de la jornada del 1 de octubre en la sede central del PSOE en la calle Ferraz. Una batalla “sin exagerar la metáfora”, dice. Más de 250 personas cansadas, encerradas y apabulladas. Cámaras en los balcones del inmueble que daban al patio interior. Los micrófonos estropeados, debido a la casualidad o a una refinada estrategia numantina por parte de la dirección saliente. Problemas para acceder a la hora del almuerzo a los bares cercanos, desde una ciudadela política sometida a riguroso estado de sitio por un cordón humano formado por militantes armados de pancartas y periodistas armados de cámaras y micrófonos. Una diputada llorando tendida en el suelo de un pasillo, junto a una papelera metálica. Insultos cruzados entre sanchistas y críticos, como chispas voladoras de fuego en el clímax de una tormenta eléctrica.
Todo el día había transcurrido en un largo forcejeo “cuerpo a cuerpo”. “No valía todo, pero casi.” Hacia las seis de la tarde se produjo la explosión definitiva, al descubrirse una urna oculta que los fieles de Sánchez habían preparado para votar por sorpresa la continuidad del líder. De poco que no se la estamparon en la cabeza. “Aquello era un corral de vacas”, afirma un asistente. Sánchez, acribillado a insultos, se mostraba visiblemente hundido. “Su cuerpo estaba allí, su mente en otra parte”, comenta alguien. Descartada la urna, se votó por llamamiento. El No al Congreso ganó por 132 votos contra 107.
La recuperación del control de las emociones colectivas después de una bacanal de semejantes proporciones se antoja difícil. Susana Díaz, la presidenta andaluza que todavía deshoja la margarita de presentar o no su candidatura, tiene su propia fórmula, y la ha expuesto muy recientemente: «Ganar elecciones une.» Se me ocurren dos objeciones a la ponencia. Primera, une tal vez a un sindicato de intereses no del todo confesables, pero es más difícil que una a un partido político de prosapia, con raíces centenarias y tal. Segunda objeción, y favorita del maestro Ciruela que no sabía leer y puso escuela: ganar elecciones une, sí, pero solo a condición de que se ganen. ¿Cómo piensa ganar el PSOE las próximas elecciones? ¿Solo mediante el gracejo desparpajado de una lideresa de tronío? Poca cosa parece ante un electorado resabiado y con malas pulgas, mucho más proclive al voto de castigo que a la fe del carbonero.
Goethe escribió una novela titulada “Las afinidades electivas”; Balzac, otra que llamó “Las ilusiones perdidas”. No hará falta esperar mucho tiempo para conocer el título definitivo del relato que empezó a escribir colectivamente el comité federal socialista el primero de octubre en la sede de Ferraz.
 

sábado, 4 de marzo de 2017

LAS FOSAS DE TUAM


En menos de veinticuatro horas, mi post de ayer “Vive y deja vivir” ha recibido dos enmiendas-impacto. Transcribo la primera, que me llega a través de una carta de Luis Perdiguero, viejo compañero en el sindicato de Gráficas y siempre gran amigo: «… Un par de cosas no las veo exactamente de la misma manera que me pareció entender. Una es que en un momento determinado dices que hay solución, aunque no de forma rápida. Yo pienso en que no la hay ni de manera rápida y jamás porque desde que la historia se conoce hay cosas que parecen implícitas en nuestros genes. Y la otra cosa es que el héroe posmoderno no será sólo el que consiga protegerse del poderoso... sino también de cualquier hideputa que por manadas circulan en este puto mundo sin necesidad de aparecer ni ser poderoso.»
Procuro no disfrazar mis argumentos con certezas teñidas de moralina, y ser lo más racional posible. No siempre lo consigo. Escribí «hay soluciones», y habría sido más exacto poner en su lugar: «me niego a aceptar en principio que no haya soluciones». Decía luego que una mejora de la educación no bastará, porque la realidad nos educa en una dirección distinta. Por ahí viene la segunda enmienda; por la vía de los hechos consumados y documentados.
En el Hogar de Madres y Bebés del Buen Socorro, regido por monjitas católicas en la localidad irlandesa de Tuam, se ha encontrado una estructura subterránea compuesta por veinte cámaras, de las que 17 por lo menos guardan restos muy numerosos de fetos humanos, incluso de 35 semanas de gestación, y de bebés de hasta tres años de edad. Las fechas de las muertes corresponden a los años de funcionamiento de la entidad, entre 1925 y 1961. En esos años precisos, según la investigación de una historiadora local, hubo en la comarca unos 800 certificados de fallecimiento de niños, a los que corresponden únicamente dos enterramientos formales.
Tuam no fue el único centro de estas características. Hubo denuncias sobre el trato dado en los centros católicos de acogida a las madres solteras y a los niños nacidos fuera del matrimonio; pero la jerarquía las ignoró. Según una estadística, la mortalidad infantil fue en aquellos años cinco veces superior en esos casos que en familias bendecidas por el sacramento.
En la España reciamente católica de los mismos años, era popular referirse a la cuestión con un dicho impregnado de retranca cínica: “Angelitos, al cielo.” Desde la diferenciación radical entre el Bien y el Mal, entre la Virtud y el Pecado, aquella fue otra manifestación, la más macabra, del “machismo ambiente” imperante, de la condición subalterna de la mujer en la sociedad, y de un tratamiento abiertamente ideológico de la función reproductora. Además, la prole de las esposas y viudas de los “rojos” fue tratada en la España franquista de un modo parecido a como lo fueron los hijos de las solteras irlandesas. Algún día aparecerán fosas secretas que lo atestigüen. Nada hay tan oculto que no haya de salir a la luz tarde o temprano.
Entonces, surge la duda de que la educación pueda ser un remedio contra la violencia y la crueldad con los diferentes, sobre todo en los casos de extrema debilidad de los diferentes. En todo caso, de lo que se trataría es de estudiar qué tipo de educación hemos recibido, y cuál es la que necesitamos.
 

viernes, 3 de marzo de 2017

VIVE Y DEJA VIVIR


Días después de que Gustavito, el hipopótamo de un zoo de El Salvador, fuera muerto a palos por una patota de jóvenes, otro grupo de visitantes ha roto a pedradas la crisma de un cocodrilo en otro parque zoológico, de Túnez en esta ocasión. Un furtivo disparó mortalmente contra dos guardas forestales, y no recuerda por qué lo hizo. En Terrassa, tres chicas y dos chicos agredieron a golpes y patadas a un joven del que querían vengarse, después de atraerlo a un lugar solitario; la hazaña repite lo ocurrido en Murcia, donde la víctima fue una chica de la que luego se supo que solía dedicarse en pandilla al mismo tipo de diversión. Los sin techo son asaltados en sus refugios, y se prende fuego a las mantas con las que se abrigan: Las mujeres que trasnochan solas en fiestas populares como el fin de año en Colonia, o los sanfermines en Pamplona, o el carnaval en Vilanova, son asaltadas y violadas en grupo. Un comando de okupas violentos, apenas veinteañeros, se apodera en La Llagosta de unas viviendas recién entregadas a familias de clase obrera, por el procedimiento de la patada en la puerta. Un autocar fletado por una organización ultra religiosa pasea por las calles de Madrid su puro odio a los transexuales. Y, por supuesto, la violencia de género mantiene sus estándares en cifras de récord en estos inicios del año del Señor (¿del “Señor”?) de 2017.
Se trata de sucesos “normales”, no hay ninguna organización terrorista ni yihadista involucrada en ellos, la policía los toma como rutina cotidiana. ¿Qué nos pasa? El viejo adagio del “vive y deja vivir” ha perdido su vigencia con la pérdida de la cohesión social, ese cemento que en tiempos nos unía al prójimo con lazos de empatía. Hemos cruzado el umbral de otro mundo descarnado en el que la convivencia es sustituida por la imposición arbitraria, los roles sociales se afilan con una agresividad excesiva, y el dominio propio choca con el ajeno haciendo saltar toda clase de chispas tóxicas.
Hay soluciones, pero no inmediatas. Será prioritario en un entorno cívico tan degradado incidir más en la educación desde la escuela primaria, sin duda. Pero no bastará. Porque las noticias de los medios nos educan todos los días en el ejemplo práctico del desprecio al diferente, del rencor al indigente, de la expulsión del sin papeles, de la devolución en caliente del refugiado, de la agresión impune al débil, del abuso consentido y la estafa legal, ya sea con las comisiones bancarias, con las cláusulas suelo o con otras socaliñas. Etcétera.
En el mundo ideal diseñado por los mandatarios que ahora mismo ordenan nuestros destinos, no está prevista la protección para quien la necesita, no hay solidaridad ni empatía. Que se jodan, cada cual para sí, es la consigna. El héroe del cómic neoposmoderno será la persona común que, contra todas las probabilidades, consiga sobrevivir al acecho y la agresión del poderoso.
Adiós, Gustavito. Hasta luego, cocodrilo. Fue un placer conoceros.
 

jueves, 2 de marzo de 2017

DE LA DIMISIÓN COMO FORMA DE AUTOEXIGENCIA


Luis Enrique Martínez ha anunciado que dejará el banquillo del Barça el próximo verano. Casi al mismo tiempo, Marie Collins ha abandonado la comisión vaticana sobre la pederastia eclesial. Ningún parecido entre los dos casos, salvo en el sentido de que ambos se han referido, para argumentar su actitud, a la necesidad interna de seguir siendo fieles a aquello en lo que creen.
No voy a entrar en la cuestión del Barça, más allá de la constatación de que existe también aquí una curia a la que se ha encomendado la Doctrina de la Fe; en este caso, la fe en un concepto deportivo y un modelo de estructuración de las secciones del deporte base que buscaría la excelencia incluso más allá de la victoria. Lo que haya de cierto en este planteamiento bastante grandilocuente, y la brecha que haya podido abrirse entre la doctrina y las convicciones personales de los entrenadores concretos del primer equipo, lo dejo en manos de teólogos de la cosa tan solemnes siempre como habitualmente inanes, estilo Ramón Besa.
El caso de Marie Collins, que me cae personalmente más lejos, me parece ontológicamente más importante y, sobre todo, desgarrador. Católica, abusada sin escrúpulo precisamente porque lo era, con hincapié particular en sus creencias que le imponían obediencia y respeto a su abusador, ha emergido de un largo infierno personal y ha batallado, sostenida por la misma fe que la perjudicó, contra los abusos eclesiales. Hasta ayer formaba parte de una comisión vaticana contra la pederastia presidida por Sean O’Malley, franciscano y obispo de Boston.
Abandona la comisión, pero no su batalla personal. Señala el entorpecimiento malicioso y constante de sectores de la curia a sus trabajos, como el elemento determinante de su decisión. Y también algo más, tan sintomático como íntimamente doloroso: no ha conseguido concretar, desde 2014, una entrevista personal para tratar estas dificultades con el papa Gabaglio. Alguien, mediante un abanico amplio de procedimientos y de recursos, ha cegado los canales de comunicación que en principio se suponían abiertos.
La dimisión de Marie Collins y la puesta en entredicho de la persona misma del papa, son síntomas profundos del mal funcionamiento de una institución que para perdurar necesita presentarse ante el mundo como ejemplar. Quienes están poniendo trabas al funcionamiento de la comisión O’Malley lo hacen seguramente por motivos altruistas, y no por tapar sus propios vicios. Pero la propagación del mensaje del Evangelio pierde credibilidad en la medida en que se ocultan debajo de la alfombra ciertos problemas, adyacentes pero para nada secundarios. El obispo de Tenerife se ha rasgado las vestiduras delante de una chirigota de carnaval que incluía a un transexual disfrazado de Virgen Dolorosa. Es adecuado pedir respeto para los símbolos sagrados, pero no lo es omitir el respeto debido – más sagrado todavía – a las víctimas de aberraciones respecto de las cuales la propia iglesia en tanto que institución debe reconocer y asumir su responsabilidad. Donde el Evangelio habla de una rueda de molino atada al cuello del escandalizador para arrojarlo al mar, no caben paños calientes, medias tintas, componendas ni efugios.
 

miércoles, 1 de marzo de 2017

INDEPENDENCIA ENTRE BAMBALINAS


La vicepresidenta del Gobierno de la nación, Soraya Sáenz de Santamaría, ha advertido al estado mayor independentista catalán de que “por mucho que corran, no van a ninguna parte”. La frase demuestra que en Madrid no han entendido nada de la naturaleza del procès. Yo tampoco la entiendo, vaya eso por delante, pero en relación con este punto en particular me atrevo a dar una explicación plausible, breve y clarificadora.
Atienda bien entonces, señora Santamaría. Precisamente la intención última de todo el procès, tal como ha sido concebido y desarrollado por la diplomacia sutilmente florentina de los estrategas del soberanismo, consiste en correr todo el rato sin parar, pero sin intentar ir a ninguna parte.
Una comparación adecuada sería la del fútbol. El Real Madrid, representante secular del centralismo, intenta arrollar al contrario por lo civil o por lo criminal desde el toque inicial de silbato, imponer en todo el campo su (pre)potencia, y apabullar con un capazo de goles, a ser posible de Cristiano y preferiblemente de penalti. El FC Barcelona, por el contrario – al menos el modelo legendario construido por Pep Guardiola, porque con Luis Enrique vamos de capa caída –, trabaja el asunto a partir de un continuo tiqui taca en el medio campo, tan denso y trabado y aparentemente inconsecuente, que el contrario se adormece y solo despierta, con un sobresalto, al descubrir el balón suavemente colocado en el fondo de su portería. Al árbitro, por descontado miembro de la brigada Aranzadi, le gustaría anular el gol, pero ni él ni los liniers tienen certeza absoluta de quién, ni cómo, ni por qué, colocó el balón en las mallas; de modo que conceden de forma provisional el tanto, con la esperanza de pillar el truco en la siguiente ocasión, y elevan el recurso correspondiente al poder judicial, por si hubiera en la jugada materia delictiva perseguible de oficio.
Tanto Artur Mas como Francesc Homs se han declarado a sí mismos culpables únicos, cada uno de los dos, de un delito que no es delito, o no se sabe muy bien qué delito es en concreto y en qué código legal consta. Mientras tanto, Puchi Puigdemont filtra un pase vertical que le permitiría poner en marcha la ley de desconexión sin que se entere el propio Parlament catalán (repleto, como se sabe, de botiflers y miembros de la secreta que rápidamente darían el chivatazo), y sin dar al poder central la oportunidad de cebarse en severos castigos a la nomenclatura del poder autonómico, porque no habrá indicios de desobediencia, ni de prevaricación, ni siquiera urnas. Tampoco habrá independencia, o por lo menos lo que suele entenderse comúnmente por independencia, o bien estará tan escondida entre las bambalinas del teatrillo, que nadie se dará cuenta de su presencia. Será una independencia clandestina, perceptible solo para los iniciados, que se pasarán la consigna de boca a oído de modo que nadie, pero lo que se dice nadie, que no sean ellos se entere de la novedad.
Algunos analistas políticos de la escuela cartesiana sostienen que tanta finta y tanto desmarque obedecen a la imprescindibilidad de contar con los votos de la CUP para poder aprobar los presupuestos autonómicos. Según este criterio, tantas carreras en tantas direcciones diferentes estarían en último término encaminadas a algún fin preciso, y llevarían en consecuencia a alguna parte.
No estoy seguro de que sea así, sin embargo. En una independencia meramente hipotética, los presupuestos bien pueden ser también hipotéticos, lo cual tiene la ventaja añadida de no inflar la partida de los gastos sociales, tarea que resulta especialmente enojosa para una idea del independentismo que sueña diariamente con las enlairadas cimas de Montserrat pero orilla con todo escrúpulo los barrios degradados de la Mina, Bellvitge o Sant Ildefons.