Doy cuenta de la
lectura prácticamente consecutiva de tres buenos artículos de tres grandes
articulistas, en torno al momento congresual de Comisiones Obreras.
Ignacio Muro (en “bez”)
se centra sobre todo en los desafíos y las tareas que aguardan al sindicato en
una época novedosa por muchos motivos, y en la que habrá de actuar a contrapelo
del paseíllo militar, con banda de música incluida, que el pensamiento único
neoliberal pretende realizar con vistas a un nuevo milenio de hegemonía. Los breves
apuntes de Ignacio dibujan un marco de actuación difícil pero posible, bajo un
paradigma de la producción novedoso que ofrece, dentro de las dificultades que
implica, mil razones y mil oportunidades para incidir.
Antonio Baylos, en
Nueva Tribuna, apunta a los recambios generacionales en la dirección, y a la
forma como se han llevado a cabo. Sin primarias, sin confrontación mediática de
candidaturas, sin chisporroteo, a partir del debate pausado de los materiales y de un consenso
inmenso tanto sobre las políticas como sobre las personas. Sin estrépito y sin
furia. Tales son, recordará el lector, las dos cualidades que según la señora de
Macbeth hacen que la vida se asemeje a un cuento contado por un idiota: llena
de estrépito y de furia, carente de todo significado.
No ha habido furia
ni estrépito, y sí en cambio un significado profundo en el camino emprendido
por Comisiones Obreras. Quizá conviene detenerse un punto en la singularidad de
un sindicato que, a pesar de verse zarandeado desde todos los acimuts, ha sido capaz
de encontrar en sí mismo, en el patrimonio acumulado a lo largo de años
marcados por la resistencia, la alternativa y la defensa cercana, a ras de
tierra, de los derechos del conjunto asalariado, la fórmula para abordar unos
cambios necesarios – cambios de personas, cambios de perspectivas –, desde la
identidad. No es ese el talante de otros sujetos políticos, mucho más propensos
al transformismo o al arrebato. Yo diría que se desprende una lección
provechosa para todos de estas jornadas particulares, puesto que, sin ningún
hincapié especial en las cajas de resonancia propias de las redes, ha sido el
colectivo implicado el protagonista real de una decisión difícil, sin que se haya
alzado ninguna voz por encima del diapasón de una normalidad asumida.
Y el tercer buen artículo
lo firma José Luis López Bulla, en el blog de aquí al lado, con una llamada a
la feminización del sindicato como consigna urgente. Siempre han estado ahí las
mujeres, de una forma u otra; pero ahora se necesitan más mujeres en los
puestos de dirección, más decisiones trascendentes de mujeres, una aportación colectiva
más relevante para acabar con los estigmas que las han relegado históricamente
a una situación de subordinación respecto de los subordinados.
Mientras las
infantas y las lideresas siguen cantando la palinodia del “yo de esto no sé
nada, el que entiende es mi marido”, las mujeres trabajadoras se disponen a tomar
cartas decididas en el asunto para hacer valer erga omnes sus derechos, y su forma de entender la vida, y la
conciliación de las tareas laborales y familiares; para que, con ellas, todos
juntos demos un salto adelante en lo relativo a la condición y a la dignidad del
trabajo.
Las mujeres en el
sindicato son aún un capítulo abierto, una asignatura pendiente, la idea de una
recomposición necesaria para definir sin complejos un cambio radical de
estrategia. Porque sin ellas, la lucha por la igualdad de todas/os no se
sostiene.