miércoles, 21 de diciembre de 2016

VERGÜENZA DE GÉNERO, CONTINUACIÓN


Los prejuicios tienen la piel dura; algunos, durísima. Por alguna razón, a la sociedad le cuesta percibir que las mujeres tienen una vida individual, una personalidad propia; no son apéndices de otros seres humanos que, ellos sí, son “completos”. Hay elogios infames: «Detrás de cada gran hombre hay una gran mujer.» ¿Por qué coño (nunca mejor dicho), detrás?
La santa madre iglesia no ha ayudado nunca a la clarificación; sigue considerando a las mujeres “clase de tropa”, indignas del sacerdocio como en tiempos fueron consideradas indignas del voto, de los estudios superiores y de tantos otros privilegios del varón, el único hecho a imagen y semejanza de dios, porque Eva nació de su costilla. Y no ayudan tampoco, en absoluto, los esfuerzos patéticos del papa Francisco para situarlas en su perfil más favorecedor: «La mujer es lo más bonito que hay en este mundo, la Iglesia tiene nombre de mujer…»
La gran lucha de las mujeres no va dirigida aún a la consecución de la igualdad, sino a un objetivo previo y más modesto: la consecución de la visibilidad. Visibilidad más allá de la imagen glamurosa creada como artificio para recreo del varón; visibilidad como lucha contra el prejuicio arraigado de que son algo anónimo, genérico, que está ahí para que los varones nos sirvamos de ellas como del agua de las fuentes o los frutos de los árboles.
Me costó algunas horas de búsqueda, ayer, dar con el nombre de Victòria Bertran, la compañera estúpidamente asesinada por un varón atravesado por las fobias y los complejos. El nombre y la foto de él salían en todas partes; el nombre de ella, casi en ninguna. Ni siquiera en la muerte le era reconocida y restituida su personalidad individual: quedaba reducida al género.
Hoy me llega hasta Egáleo un llamamiento de Ada Colau, alcaldesa de Barcelona, a rendir reconocimiento y homenaje a Victòria Bertran. Como sus argumentos coinciden a pies juntillas con mis reflexiones, lo traduzco en sus mismos términos:
«Un hombre ha asesinado a una mujer en Barcelona. No digo “su” mujer, aunque estuvieran casados, porque precisamente el hecho de considerarla “suya” ha sido, en este caso, el motivo injustificable de este crimen horrible.
Resulta que el hombre era conocido, un periodista famoso.
La mujer era médica, en un ambulatorio de barrio.
Los primeros artículos de prensa se llenaron de datos de la biografía de él. Nos explicaban su vida profesional, sus éxitos, sus apariciones públicas y opiniones políticas… también nos daban detalles de su enfermedad, de su operación reciente…
De ella no sabíamos ayer ni el nombre, porque los primeros titulares hablaban de “su mujer”, y siempre de forma pasiva, como complemento directo de oraciones en las que el sujeto era él, el asesino.
Que la hubiera matado parecía una cosa secundaria porque lo importante era que él, alguien importante, había muerto.
Mañana hemos convocado un minuto de silencio, a las 12, en la plaza de San Jaime, para mostrar el rechazo absoluto de esta ciudad a los asesinatos machistas. Espero que la plaza se llene, y que los que no podáis venir, hagáis ese minuto allí donde estéis.
Mientras tanto habrá tiempo para los matices, habrá tiempo para los detalles de interés periodístico, pero la noticia que ahora ha de interpelarnos, la que debemos exigir por rigor y justicia, es esta: “La doctora Victòria Bertran ha sido asesinada por su marido.”
Hoy no es él el importante, sino ella, y el injusto sufrimiento de su familia, amigos y compañeros de trabajo, a los que esta ciudad acompaña en su dolor.»
Así sea.
  

martes, 20 de diciembre de 2016

VERGÜENZA DE GÉNERO


A Victòria Bertran, a Ana María Enjamio, a tantas mujeres con nombre y apellidos, convertidas en víctimas “de género”

 

Los juzgados reciben 426 denuncias por violencia de género, cada día. (De los periódicos).
¡Las queríamos tanto! Eran deliciosas, inconstantes, inconsecuentes, frívolas, patológicamente infieles. Móviles cual pluma al viento. Eran nuestra ocupación favorita cuando estábamos desocupados, y nuestro merecido descanso después de guerrear. A batallas de amor, campo de plumas.
Les dimos de pronto, a manos llenas, todo: les dimos nuestro pan, nuestro vino, nuestra cólera y nuestros besos. Nada era bastante para ellas. Nos suicidábamos impulsivamente por culpa de sus desdenes. Fuimos Werther, fuimos Larra. ¿Cómo podíamos quererlas tanto, cómo podían ellas querernos tan poco?
¿Y qué es lo que ha salido mal en este esquema perfecto? ¿Por qué, última y definitiva infidelidad, colmo de su frívola naturaleza, “ellas” se empeñan en vivir su propia vida, en lugar de conformarse pacíficamente con vivir la nuestra?
¡¡Que es lo que está mandado, coño!!
Seguimos suicidándonos impulsivamente por ellas. Con una diferencia: ahora las matamos antes.
 

lunes, 19 de diciembre de 2016

PRESUNCIÓN DE IRRESPONSABILIDAD


La Corte de Justicia de la República, un tribunal de carácter político creado ex profeso para juzgar con benevolencia a los políticos franceses, ha dictado sentencia contraria a Christine Lagarde por un delito de “negligencia” en el escándalo Tapie.
Bernard Tapie reclamaba plusvalías no tenidas en cuenta en la venta de Adidas, hecha con intermediación de Crédit Lyonnais; y el asunto llevaba años empantanado en los juzgados. El multimillonario, buen amigo de Nicolas Sarkozy, recurrió entonces a un meandro jurídico arquetípico. Ayudó con fondos sustanciosos a la elección de Sarkozy como presidente (2007), y este, vía su superministra de Economía, Finanzas, Industria y Empleo (adivinen su nombre: Lagarde, ¿quién si no?), le arregló un arbitraje privado para desbloquear la situación. Es el esquema archisabido del “n” (el 3 queda corto casi siempre) por ciento, el clásico do ut des, te doy para que me correspondas, del derecho clásico romano.
No obstante, un arbitraje privado para resolver un asunto público en el que se juegan los dineros del contribuyente, no puede ser considerado una solución cristalina desde el punto de vista jurídico. En este caso, además, la resolución favorable a Tapie le supuso una ganancia a todas luces abusiva, 403 millones de euros, de ellos 45 debidos a “perjuicio moral”; cosa no solo arbitraria (algo que a fin de cuentas podía esperarse de un arbitraje), sino faraónica, es decir, propia de imperios  remotos y no de la tenaz escrupulosidad jurídica del país en el que triunfó la gran revolución histórica igualitaria.
El expediente del arbitraje privado fue anulado por la justicia francesa el año pasado, y Lagarde fue llamada a rendir cuentas de su gestión en el asunto. La ex ministra es hoy directora gerente del FMI, cargo que fue ocupado antes de ella por Rodrigo Rato y Dominique Strauss-Kahn: la nómina basta para hacernos una idea de la conducta intachable y la dedicación escrupulosa que se exige a quienes desempeñan una función tan delicada.
Lagarde se excusó ante los jueces diciendo que todo se hizo a sus espaldas, dado que por entonces ocupaba todo su tiempo en combatir la crisis financiera recién abierta por la quiebra de Lehmann Brothers. (Entre nosotros, tampoco en este campo de actuación desarrolló la señora una labor meritísima, si hemos de juzgar por los resultados.) El tribunal la ha condenado por negligencia, pero no por todo lo relatado hasta ahora, sino porque tampoco recurrió en tiempo y forma la catarata de millones que unos “árbitros” privados, y ciertamente amistosos, habían volcado sobre Tapie con cargo a las arcas del Tesoro francés. Ni siquiera ha podido alegar distracción Lagarde; ella misma dio por cerrado el caso, antes de que se cumpliera el plazo para recurrir. No todo, así pues, se hizo "a sus espaldas", ni podía alegar ignorancia.
Lo bonito de este caso “de manual”, ilustrativo de la codicia de los poderosos pero por lo demás banal, es que la misma Corte que ha dictado sentencia en contra de Lagarde, no la ha condenado a ninguna pena, y tampoco hará constar su veredicto en los antecedentes penales de la ex ministra. Para esa extraña contradicción en los términos (condeno sin condenar y dicto sentencia para borrarla de inmediato a todos los efectos), se ampara la Corte en una presunción favorable a la rea, dadas su prominente personalidad internacional y las terribles circunstancias del país en los años 2007-2008.
En circunstancias no tan terribles como las consideradas en el fallo, el ejercicio de una función pública conllevaba un deber de ejemplaridad, tanto mayor cuanto más prominente era el puesto desempeñado. Que ese principio secular se invierta ahora, y la función pública sea considerada una atenuante para la negligencia probada en el cumplimiento de las obligaciones propias del cargo, indica un cambio neto de tendencia: se eliminan los controles en favor de la ciudadanía para la actuación de los funcionarios públicos, y los poderosos gozan de la presunción de su propia irresponsabilidad.
Se está dando por consiguiente, y esto es particularmente grave, un corrimiento en el marco de los derechos establecidos, que debería ser inamovible para garantía de todos: hoy los derechos son menos para los ciudadanos, y más para los gobernantes.
 

domingo, 18 de diciembre de 2016

CHUPINAZO EN JAÉN


Susana Díaz ha anunciado en un mitin en Jaén, ante 3000 militantes y la plana mayor del gobierno de la autonomía andaluza, el chupinazo de partida de los festejos para regresar a los orígenes. La acompañaba en la ocasión un José Luis Rodríguez Zapatero obviamente encantado de haberse conocido a sí mismo, y de haber encontrado además en su camino, colmo de la buena suerte, al PSOE andaluz y a su lideresa (“la fuerza del PSOE y la fuerza para ganar la representan el PSOE de Andalucía y Susana Díaz”). El acto en su conjunto tuvo un remoto parecido con el vuelo nupcial de la abeja reina, arriba y arriba, rodeada por los zánganos de la colmena. Disculpen este apunte de etología animal que no pretende en modo alguno ser peyorativo sino tan solo señalar la parafernalia que rodeó el protagonismo exclusivo de una Susana Díaz entregada a su sueño y “presentada”, más que acompañada, por el último presidente socialista de la nación. El Ayer nostálgico y el Hoy esplendoroso, explicado en apretada síntesis.
«Haremos un congreso, pero no va a ser uno cualquiera. Va a ser muy importante porque tiene que ser un punto de inflexión para ganar», advirtió Susana. Comparó al partido con una gran nave, que en el congreso debe proveerse de todo lo necesario para la travesía. «Ningún viento es bueno si no se sabe dónde lleva.»
Lo mismo podía haberlo comparado con un bólido de carreras, y con la necesidad de repostarlo con el combustible necesario para que llegue vencedor a la meta. Es la imagen de la política como competición, que concluye con el éxito electoral, como los cuentos de Maricastaña acababan inevitablemente con los invitados a las bodas comiendo perdices. «El PSOE está fuerte, se ha levantado y está dispuesto a dar respuesta.» Y la autocrítica se afina y se estiliza hasta desembocar en la paradoja: «El mayor error del PSOE ha sido olvidar sus aciertos.»
Un recurso retórico, apenas nada más. Más cierto es seguramente que el gran error del PSOE ha sido olvidar sus propios errores, y recomenzar una y otra vez la misma travesía hacia no se sabe dónde, invocando vientos favorables y con la bodega vacía de las provisiones necesarias.
No es un error exclusivo del PSOE, naturalmente. Es la característica particular de una forma de hacer política atenta solo a la imagen, al perfil, y en la que el programa es lo de menos porque se da por descontado que la gestión de las cosas, siguiendo los carriles preestablecidos por las autoridades globales, va a ser sustancialmente la misma gobierne quien gobierne.
Lo que apasiona a la clase política, entonces, es la competición, y no el proyecto; el éxito electoral, y no la gobernanza concreta que debe ser su consecuencia.
Nadie parece percibir, en el seno del PSOE ni de otras opciones políticas alternativas, que el hartazgo de la ciudadanía está adquiriendo dimensiones extravagantes y peligrosas. Más allá de la condena formal de los populismos, nadie parece tener la fórmula mágica para atajarlos.
 

sábado, 17 de diciembre de 2016

NUESTRA QUERIDA EGÁLEO


«Pero como los arcoíris empezaron a escasear, las cebras se trasladaron a la sabana, y en la pradera se construyó nuestra querida ciudad de Egáleo.»
Es la última frase de un cuento escrito en griego por mi nieta Carmelina como deberes del cole. Trata de una cebra blanca, pobre y depauperada, que se comió un arco iris negro, después de lo cual quedó vistosamente rayada, y el arco iris, al perder el negro dominante, se derramó en una explosión de colores que iluminó toda la pradera donde ahora se alza Egáleo. Claro, el fenómeno llamó la atención de hermanas, primas, amigas, y todas se pusieron a merendar arcoíris negros, y así se acabó la magia por falta de existencias.
Estamos en Egáleo otra vez, Carmen y yo. Han venido nuestros nietos a recibirnos al aeropuerto. «Se hace muy largo cuando os esperamos», me ha dicho Mihail. Es un piropo auténtico, dicho con sencillez y sin la menor intención de halagar.
Vamos a pie hasta el Conservatorio, porque hoy intervienen nuestros dos nietos tocando piezas para piano en el conciertillo de navidad. Carmelina me dice: «Tienes suerte de venir ahora, porque es cuando Egáleo está más bonito.»
Es verdad, hay luces navideñas por todas partes, ecos de músicas y olores de asados de carne al pasar delante de los restaurantes populares. En el cruce de Iera Odos con Zibon hay un monumental barco de Agios Vasilis dibujado a base de bombillas de colores. Agios Vasilis es el equivalente de Santa Claus en Grecia, y no llega a las casas en trineo tirado por renos ni en camello como los Magos, sino en barco, como corresponde a un pueblo tradicionalmente marinero.
Es solo una primera impresión, pero el ambiente parece más animado; como si en efecto las cebras blancas de Egáleo, hambrientas y depauperadas, hubieran optado por comerse los arcoíris negros de los últimos años, y provocado esta (modesta) explosión de luz.
He preguntado a Carmelina si pensaba escribir más cuentos y me ha dicho que no. Son solo deberes, y los cuentos ella prefiere leerlos a inventarlos. Seguramente tiene razón.
Felices fiestas a todos.
 

viernes, 16 de diciembre de 2016

LIBERTAD DE PRENSA Y SUMISIÓN DEL PERIODISTA


Las ediciones digitales de los periódicos generalistas recogen hoy, con abundancia de textos e imágenes, la concentración de militantes independentistas en apoyo de Forcadell, que declara esta mañana en el TSJC. No aparece en ellas, en cambio, la asamblea seguida de manifestación convocada ayer tarde, también en Barcelona, por CCOO y UGT ante la sede de Foment para protestar por el sesgo antisocial de los presupuestos elaborados por el actual gobierno. No hay argumentos racionales que avalen la publicación de una noticia y la omisión de la otra; ni por el volumen de manifestantes, ni por la importancia y trascendencia del tema de fondo. El intríngulis está en otro lado: en la privatización de la información (bien público por excelencia), y en el sesgo interesado imprimido desde los despachos de medios y agencias informativas al fluir de la realidad.
Veámoslo en el Informe Anual de la Profesión Periodística, publicado ayer por la Asociación de la Prensa de Madrid. En base a una encuesta hecha a 1833 profesionales de todo el país, resulta que los niveles de paro en la profesión siguen siendo, a pesar de una cierta estabilización a partir de 2014, superiores en un 74% a los existentes en 2008, año del inicio de la crisis. Se reducen las plantillas y crecen los autónomos (tres cuartas partes de ellos forzados por las circunstancias; solo el 26% declara haber optado libremente por el trabajo freelance).
Nada muy diferente en sustancia a lo que está ocurriendo en otros sectores. Pero hay otro dato que resulta revelador: el 80% de los periodistas encuestados aseguran haber sido presionados “para alterar partes de su trabajo”. El mayor volumen de estas presiones (37,2%) ha venido de personas “relacionadas con la propiedad o la gestión del medio”. El 75% de quienes fueron presionados confiesan haber cedido a la presión. Un 53% de ellos lo hicieron por temor a las represalias (el porcentaje es significativamente superior en el caso de los autónomos). Y el temor no parece infundado: un 48,6% de quienes no cedieron a las presiones fueron relegados en la asignación de trabajos, y un 20% fueron sencillamente despedidos.
Es más, un 57% de los encuestados reconocen haber practicado la autocensura; dicho de otro modo, internalizaron las presiones presumibles antes de que se produjeran, e informaron, no con la franqueza y extensión que habrían deseado, sino solo hasta el punto al que se atrevieron a llegar.
Son datos que muestran que no estamos inmersos en la sociedad de la información, como nos aseguran los gurús, sino en todo caso en la de la “comunicación orientada”. Si solo existe aquello que se publica, según la prensa generalista yo no pude estar ayer donde estuve, porque aquello fue un no-lugar. Y si la calidad de una democracia se mide, como tantas veces se ha escrito en todos los tonos, por la libertad y la pluralidad de la información, tenemos aquí y ahora un serio problema.
La información: un tema concreto más en el que los monopolios se están comportando como una apisonadora con la sociedad democrática.
 

jueves, 15 de diciembre de 2016

¿QUIÉN MATÓ AL ESTADO?


Planteémoslo en clave de novela negra: alguien asesinó al Estado en algún momento de los años setenta, probablemente en un callejón trasero próximo a una avenida concurrida en la que el ruido del tráfico ahogó las explosiones del arma utilizada (¿un Smith & Wesson, revólver propio de profesionales?)
Leo un libro sobre el PCI de los años sesenta, con la sensación extraña de bucear en un tratado de arqueología etrusca, o algo de un género parecido. El gran problema que apasionaba a la clase política era entonces la modernización de los aparatos productivos. Es decir, algo similar a lo que está ocurriendo ahora mismo, salvo que ahora el tema no deja la menor huella en los debates del Congreso ni en las columnas de opinión de la prensa diaria o de las revistas políticas de carácter partidario (si existen).
En los años sesenta y en un país como Italia, la gran cuestión a debatir era la programación económica democrática. Desde el Estado, y activando los mecanismos de decantamiento de la soberanía nacional, era preciso marcar prioridades en el desarrollo y encauzar las inversiones públicas en direcciones que supusieran un progreso social y una riqueza adecuadamente distribuida entre todos. El enemigo, según estas concepciones políticas que hoy suenan tan raro, eran los monopolios. El Estado era el terreno de la lucha entre la democracia económica y el establishment monopolístico. Todos los partidos y todas las clases sociales estaban implicados en esa batalla, porque de batalla se trataba. (En el régimen español de “democracia orgánica” las cosas fueron bastante diferentes, pero aun así se vivió en la misma época una tensión inaudita entre los “tecnócratas”, defensores de la modernización mediante una “planificación indicativa” que en realidad hacía el caldo gordo a los monopolios, a los que estaban ligados los promotores por un entramado espeso de relaciones familiares, de amistad, profesionales e incluso sectarias – Opus Dei –, y del otro lado los “azules” perdidos aún en la nostalgia de la autarquía y en las esencias intemporales de un capitalismo extractivo atrasado, pivotante sobre la figura histórica crucial del “señorito”.)
Si en España el Estado importaba ya entonces muy poco a efectos de ejercicio de la soberanía nacional, en otros países las cosas se tomaron muy en serio. La izquierda política española estaba en la clandestinidad o en el exilio; solo los nuevos sindicatos, reprimidos pero indomables, se confrontaron en orden disperso en una lucha de guerrillas contra el neocapitalismo. La izquierda italiana, en los mismos años, se planteaba la posibilidad del sorpasso (el único, el auténtico; desconfíe de las imitaciones) y veía la batalla por la democracia económica y por la modernización racional y programada de los aparatos productivos como un jalón en el camino hacia la superación de un capitalismo “en su punto más alto de desarrollo”.
Llegaron los años setenta, la Moneda fue bombardeada, se extendió por doquier el neo-orden tutelado por las instancias financieras supranacionales, y el Estado, aquel gigante hercúleo, fue abatido entre dos luces por un sicario (¿se llamaba este por ventura Friedman, o Hayek?) en un callejón oscuro.
Hoy la palabra monopolio no se utiliza ya, salvo para cuestiones inesenciales: es vocabulario obsoleto. No es que los monopolios ya no existan, al revés, son más fuertes que nunca, pero es obsceno referirse a ellos por su nombre: como el viejo Yahvé, ellos son los que son, y punto. La programación económica no se sitúa en el terreno político sino en el corazón de los grandes conglomerados de empresas, y nunca tiene un carácter democrático. El derecho laboral está en ruinas, el trabajo en migajas, el empleo decente es una especie en peligro de extinción.
Este no es un canto a las virtudes del finado. En su época de esplendor el Estado fue insoportablemente autoritario, caprichoso y dúctil a los deseos más adivinados que expresados en voz alta de los poderes fácticos. No obstante, era un sujeto político, “el” sujeto político por excelencia. En determinados momentos, según una expresión de Bruno Trentin, era el Estado quien creaba y conformaba en su torno a la sociedad civil. Sus presuntas herederas, las fuerzas de izquierda, expropiadas con malos modos de aquel inmenso patrimonio común, seguimos alimentando una sensación aguda de orfandad.
 

miércoles, 14 de diciembre de 2016

EN LA LÍNEA EQUIVOCADA


Un informe del Instituto de Estudios Económicos (IEE) alerta de que las recientes medidas acordadas por consenso entre el gobierno monocolor de la nación y la comisión gestora de uno de los partidos que presumiblemente militan en la oposición, van en la línea equivocada.
Nada de paños calientes, ningún halago ni zalamería en dirección a las esferas del poder político. No había para qué, de todos modos, puesto que el IEE, nacido en 1979 como instrumento de intereses empresariales para promover la libre empresa en el libre mercado global, se sitúa en el terreno envidiable de las verdades absolutas sostenidas con datos comprobables. Se carga de razón, entonces, al sostener que la subida del salario mínimo tendrá un efecto perjudicial en la creación de empleo y en la competitividad empresarial.
Esto es ver lejos y con agudeza. ¿Innovación? ¿Desarrollo? ¿Política de inversiones? ¿Formación permanente? Dejémonos de monsergas. En el actual paradigma de alta tecnología digital incorporada a los procesos productivos, la base de la competitividad empresarial sigue siendo la misma que regía en las épocas del que asó la manteca. Es decir, el bajo salario, esa maravilla que la naturaleza ha puesto desde siempre a la disposición de las elites extractivas, para su disfrute y perpetuación.
Es lógico que el IEE ponga mala cara al hecho de que «la mayor parte del ajuste para corregir el déficit público recaiga sobre el sector empresarial.» Se pretende aumentar el porcentaje del impuesto de sociedades, aunque seguiría siendo bastante más bajo y más pródigo en excepciones que los de los países del entorno. Se quiere incrementar el salario mínimo, por más que siga suponiendo mínimos absolutos en relación  con nuestras economías rivales. Eso es poner trabas muy serias al libre flujo del beneficio fácil a los bolsillos de los grandes accionistas.
Mal hecho, caramba, todo tendría que hacerse al revés. Lo conveniente sería suprimir el impuesto de sociedades y rebajar un pelín más, aunque fueran solo unas décimas, los salarios, para entrar así en una Jerusalén celeste donde las fuentes manarían leche y miel.
El informe del IEE alerta, severo, contra el “proteccionismo” que vuelve por sus fueros en todo el mundo, y exige valentía para liberalizar “al máximo” el comercio exterior. Porque, advierte, «la globalización ha beneficiado especialmente a los habitantes de los países pobres.»
La afirmación está hecha tal vez un poco a bulto, sin precisar. Posiblemente los sabios del IEE se refieren a que la globalización ha beneficiado especialmente a “algunos” habitantes de países pobres; en concreto a las elites extractivas, que han podido cerrar negocios pingües debido a la situación. La renta "per cápita" ha crecido sustancialmente, pero no se distribuye de forma equitativa, no hay una distribución también "per cápita". El común de la gente ha pasado en esos países, tal vez, de dormir en chozas en el campo a hacerlo en el suelo de los talleres clandestinos en los que trabajan dieciséis horas al día por un salario de mera subsistencia. Las estadísticas globales, sin embargo, señalan su nueva situación como una mejora sideral. Son formas de verlo.
En cualquier caso, resulta difícil de sostener la tesis de que una política de bajos salarios beneficia globalmente a la población de un país. Con la franqueza que les caracteriza, los expertos del IEE deberían añadir al anterior postulado el siguiente, más explícito: que un empleo mal pagado es preferible a ningún empleo. Les entenderíamos mejor.
Comparten los sabios del IEE las previsiones del gobierno en el sentido de que va a crecer incontenible el empleo y se reducirán en cambio tanto el consumo como la inversión. Pues bien, si esa ha de ser la “línea justa” en la que encaminar los asuntos de la nación, no se espanten luego de que la ciudadanía se apee, en masa y en marcha, de un plan de recuperación tan ambicioso.
Buena economía significa desde el punto de vista del IEE, y de sus correlatos en el gobierno y en la oposición constructiva, no la mayor felicidad para el mayor número de ciudadanos, sino el mayor negocio para los socios de la comandita. Cuánto habrán tenido que estudiar estos prohombres en las universidades de Harvard y de Yale para llegar a conclusiones tan abstrusas y captar verdades tan inesperadas y elocuentes.
 

domingo, 11 de diciembre de 2016

NOTICIAS DE LA TARDE DESDE DELFOS


La ceremonia de entrega de los premios Nobel de 2016 tuvo un toque surreal. Bob Dylan no estaba presente; agradeció el premio lo mismo, aunque declaró sentirse “raro” en compañía de algunos de sus predecesores, y excusó su ausencia con ingenio.
Algunos lo habían llamado maleducado; cosa que, en cualquier caso, a un inmortal le debe resbalar bastante. El secretario permanente de los Nobel, Horace Engdahl, tal vez ayudado – es una mera suposición – para la ocasión con uno o dos tragos del excelente vino de Albondón, que tiene la virtud (exclusiva antaño del espíritu santo) de desatar las lenguas de fuego, defendió al bardo de Duluth y al propio comité que le otorgó el galardón, con argumentos un tanto arriscados, por no emplear palabras más contundentes. Dijo, por ejemplo, que la gente dejó muy pronto de comparar a Dylan con Woody Guthrie y Hank Williams, para hacerlo con Blake, Rimbaud, Whitman y Shakespeare.
Todo lo que puedo decir al respecto, es que no me consta. No sé qué “gente” ha sido esa, gente rara en cualquier caso, ni el porqué de unas comparaciones que parecen algo aleatorias, si bien afectan a personas evidentemente respetables; tampoco me veo capaz de apreciar la diferencia cualitativa entre Woody y Hank de un lado, y los cuatro personajes seleccionados, citados en el orden exacto que aquí se reproduce. De Will Shakespeare podemos suponer que tenía buena voz, puesto que ejercía de actor de sus propias obras; tal vez, en cambio, Walt Whitman cantaba como una almeja, pero no me consta, insisto, y no quisiera embarrar de forma gratuita su reputación ya bastante zarandeada.
No menos perplejidad me provoca otro párrafo del discurso del académico Engdahl: «Su revolución [de Dylan] ha sido devolver al lenguaje de la poesía su elevado estilo, perdido desde los románticos, pero no para cantar eternidades, sino para hablar de lo que pasa a nuestro alrededor. Como si el oráculo de Delfos estuviese leyendo las noticias de la tarde.»
Seguramente en Suecia las cosas son muy diferentes que aquí. Aquí tenemos sibilas délficas comentando las noticias de la tarde todos los días; les llamamos tertulian@s. No nos parece que la proeza sea para tanto.
Debo decir que me ha convencido bastante más la explicación de la novelista canadiense Margaret Atwood, una mujer que ha aparecido en las quinielas habituales para el Nobel en alguna ocasión. Según ella, el premio es un canto de amor a América en su estado actual, después de las recientes elecciones. Y una forma de decirles: «Recordad que podéis hacer algo mejor que esto.»
 

sábado, 10 de diciembre de 2016

CUANDO EL PARTIDO VETÓ LA MOTO DE ENRICO


Estoy leyendo, por gentileza de Javier Tébar, “Il PCI de Luigi Longo (1964-1969)”, de Alexander Höbel, Edizioni Scientifiche Italiane 2010. Javi conoce bien mis curiosidades de lector impenitente.
En octubre de 1964 una delegación del PCI viaja a Moscú para pedir explicaciones sobre las formas y sobre el fondo de la destitución de Kruschev, un hecho oscuro, apenas anunciado y mal explicado desde el hermetismo característico de la nomenklatura, que ha desatado en occidente toda clase de especulaciones anticomunistas. La delegación italiana está compuesta por Berlinguer, Bufalini y Sereni. El joven Enrico Berlinguer ejerce por primera vez en su carrera como jefe de la delegación. El hecho es bastante insólito en sí mismo, y Francesco Barbagallo lo explica retrospectivamente por el aprecio que se tiene en la “Direzione” del partido a «su capacidad de discusión de igual a igual con los soviéticos, madurada en los años de dirección de la Federación mundial juvenil».
Les reciben Suslov, Brezhnev, Podgorny y Ponomariov. Son los dos últimos quienes llevan la voz cantante, y abroncan a los italianos con una larga exhibición de prepotencia y de amedrentamiento. Berlinguer insiste en sus reclamaciones, sin moverse un centímetro de su posición inicial. Bufalini recordaba años después a un Enrico «calmo, martellante, implacabile», y aseguraba que se llegó en aquellas sesiones «hasta el límite de la ruptura» (los documentos de archivo hechos públicos mucho más tarde confirman que fue realmente así).
Enrico Berlinguer se había trasladado a Roma desde su Sassari natal en 1944, apenas días después de la liberación de la capital. Allí empezó su vida de funcionario del PCI. A Togliatti, es sabido, le gustaba incorporar a la maquinaria del “partito nuovo” a los hijos de las familias prominentes de una burguesía democrática de inspiración crociana: lo hizo con Giorgio Amendola, el hijo de Giovanni; con los Giolitti, los Ferrara. Mario Berlinguer, el padre de Enrico, estaba en Salerno como Alto comisario para el castigo de los delitos fascistas. Mariuccia Loriga, la madre, fallecida prematuramente, había sido cortejada asiduamente en su mocedad por el brillante y rico Antonio Scelba, pero prefirió a Mario. La zia Ynes Siglienti apostrofó un día, ya en Roma, a Togliatti, por hacer trabajar en la política a un muchacho cuya mayor preocupación, si no la única, debía ser completar sus estudios. Le preguntó si se lo habría permitido a un hijo suyo, y Togliatti le respondió: «Che c’entra, ognuno ha un suo carattere» (Qué tiene que ver, cada cual tiene su propio carácter.)
Hay dos anécdotas reveladoras de esos inicios duros de Berlinguer en la política nacional. La primera corresponde a Milán, adonde fue a parar en el invierno del 45 al 46. Enrico dormía en un habitáculo de la misma oficina en la que trabajaba de día. Era un joven reservado, serio, lector infatigable de circulares y documentos internos. Gillo Pontecorvo, compañero suyo entonces, cuenta que una noche, después de una reunión extenuante, se fueron los dos a cenar y cogieron una melopea de pronóstico. De improviso Enrico rompió a cantar a voz en cuello viejas canciones sardas, “algunas muy subidas de tono”.
La segunda anécdota se localiza de vuelta en Roma, donde Enrico dirigió el grupo que recompuso el Frente de la Juventud (Fgci), que había sido disuelto por los fascistas, y ocupó el cargo de primer secretario. Sucedió hacia el año 47. Se había comprado una Harley Davidson, y la lucía en sus paseos obligados entre la sede del PCI en Via Nazionale y la del Fgci en Colle Oppio. Una mañana dejó de hacerlo; el partido le había prohibido la moto por razones de seguridad. El disgusto de Enrico fue vivísimo, explicaba Marisa Musu, sarda como él y dirigente junto a él del Fgci de entonces. Pero no rechistó. La forja de un dirigente implicaba, allí y entonces, un proceso de aprendizaje bastante más largo y riguroso que en nuestras latitudes y en los tiempos actuales.
 

viernes, 9 de diciembre de 2016

TRABAJO ÚTIL, TRABAJO SOSTENIBLE


El calendario marca hoy la primera prioridad para el comentario en esta bitácora que viene a ser, y no pretende otra cosa, una caja de resonancia de algunos sucesos de sustancia ocurridos por nuestras rodalías, así geográficas como espirituales. Hoy hace noventa años nació en Pavie (Gers, Aquitania) Bruno Trentin. En el blog hermano “Metiendo Bulla” lo recuerda el maestro José Luis López Bulla con el discurso sobre Trabajo y Conocimiento que dio Bruno en la efemérides en la que fue investido doctor honoris causa por la Universidad de Venecia, el día 3 de septiembre de 2002. Quienes lo necesiten, tienen aquí el link: http://lopezbulla.blogspot.com.es/2016/12/trabajo-y-sindicato.html
Trabajo y conocimiento vienen a ser considerados términos antitéticos en círculos muy amplios de lo que en determinado chotis vino a ser definido como «la crema de la intelectualidad». O caja o faja, o uno pone sus anhelos en el conocimiento, cosa demostrativa a posteriori de la naturaleza elevada de su espíritu, o se reduce al trabajo, que nunca está libre de un componente de animalidad. La cosa viene de lejos, nada menos que del Génesis, libro en el cual un personaje de nombre Yahvé, caracterizado a partir de ese momento como autoridad indiscutible en estas cuestiones, condenó a Adán a «ganar el pan con el sudor de su frente», y algo tan normal y tan humano como esa circunstancia vino a ser unánimemente considerado una maldición terrible.
Andando el tiempo es Cicerón, el “pico de oro” de la civilización romana, quien remacha el clavo: «El dinero que proviene de la venta de tu trabajo es vulgar e inaceptable para un caballero… porque los sueldos son efectivamente las cadenas de la esclavitud» (en el tratado Sobre los deberes). El ocio (sostenido, eso sí, por grandes cantidades de trabajo ajeno) significa nobleza; el negocio, es decir lo que no es ocio, es su contrario indeseable.
Tenemos seguramente que aterrizar en Calvino para encontrar una caracterización positiva del trabajo y de los negocios: el éxito material en este mundo era para el reformador ginebrino prueba de predestinación para una eternidad feliz en el otro. Pero se trata del trabajo para sí mismo, del esfuerzo individual con el fin de obtener un resultado también individual; es, en una palabra, el espíritu del capitalismo, y no hay en él ninguna idea de redención universal, como “género humano”, por medio del trabajo social, ni de liberación colectiva de unas cadenas que son, sin embargo, seculares y muy visibles.
Después viene Carlos Marx. Y la aportación de Bruno Trentin al pensamiento de Marx se produce en una encrucijada muy particular de la historia: en el momento en que quiebra en el mundo todo un modelo de organización política y social basada en el paradigma de la fábrica fordista. Detrás del fordismo está latente una consideración del trabajo asalariado que deriva de la vieja maldición bíblica y ciceroniana: quien trabaja es porque no puede dedicarse a menesteres más nobles y más dignos. La producción de mercancías y de servicios ha adquirido un ritmo trepidante; producir más se ha convertido en el nuevo evangelio, en el signo visible de superioridad de una civilización sobre los demás.
Las nuevas tecnologías apuntan a una reconsideración global de ese terrible esfuerzo físico sostenido y uniformemente acelerado. Pero además otros factores revelan de pronto ese “progreso científico” ficticio como algo imposible en sí mismo. Es en primer lugar la factura energética la que señala a los aparatos productivos más avanzados que el tiempo de las cerezas ha concluido. La primera crisis del petróleo, en 1973, deja claro para todos que el mundo no va a poder seguir su carrera al mismo ritmo.
Por las mismas fechas se producen las primeras alertas sobre el efecto invernadero y el agujero creciente en la capa de ozono. Es un aviso desoído sistemáticamente, objeto por parte de políticos pontevedreses (por ejemplo) de lucidos chascarrillos de barra de bar. La sociedad productiva prefiere no enterarse de la vaina. Pero se hace más evidente cada día el hecho de que la producción por la producción, la cantidad y diversidad profusas de mercancías de todo tipo, no tiene ya futuro en este mundo limitado.
En este contexto debería haberse abierto paso en el nuevo paradigma de la producción la conexión indispensable entre trabajo y conocimiento; la idea de un para qué del trabajo, en lugar de más y más cantidad de trabajo como imperativo categórico; la percepción del trabajo como el principio organizador de las sociedades, y la necesidad de que esa fuerza hercúlea de trabajo sea beneficiosa para el conjunto, y sea además sostenible en el tiempo, sin permitir que la codicia privada arrase los bienes que la naturaleza ofrece a todos, a manos llenas, sí, pero en cantidades insuficientes para poder asumir un expolio acelerado e indefinido.
La división entre unos “sabios” que organizan la producción y unos “brutos” que ejecutan a ciegas las órdenes que les dan los primeros, carece de racionalidad y de sentido. Todo trabajo es trabajo inteligente, en la medida en que pone a contribución unos medios limitados para alcanzar un fin deseable.
Que ese fin haya de ser el engorde ilimitado de los billeteros de unos accionistas, es una de las mamarrachadas más delirantes que pueda haber ideado esta humanidad paranoica. O damos otro sentido al trabajo – al trabajo positivo, útil, sostenible –, o los parásitos acabarán con nosotros. Ya lo están intentando, con todas sus fuerzas.
Nadie diga que la propuesta de un trabajo humano, libre, consciente, racional, socialmente útil, es un imposible. Si hicieran falta pruebas de ello, ahí queda la defensa apasionada y lúcida del trabajo como vehículo del conocimiento en la obra del sindicalista, pensador y sociólogo Bruno Trentin, nacido en el exilio francés en los años de hierro del fascismo mussoliniano, y muerto en Roma el 23 de agosto de 2007. Hace poco más de nueve años.
 

jueves, 8 de diciembre de 2016

GANADORES Y PERDEDORES EN LAS FINANZAS GLOBALES


Un informe elaborado por el grupo de Los Verdes en el Parlamento Europeo señala que el grupo textil Inditex podría haber eludido el pago de 585 millones de euros en impuestos entre 2011 y 2014, gracias a medidas de ingeniería fiscal. El informe ha analizado toda la información disponible en los registros mercantiles europeos, y la ha contrastado con las declaraciones de impuestos publicadas por Inditex. El grupo empresarial encabezado por Amancio Ortega, que es, en función de los flujos y reflujos de las mareas financieras, el hombre más rico del mundo a ratos, ha respondido que «cumple escrupulosamente con la normativa fiscal de los 93 mercados en que está presente», y sostiene que el informe en cuestión parte de premisas equivocadas.
¿Una de las dos partes miente? No necesariamente. El equipo de analistas de Los Verdes europeos, entre ellos grandes conocidos nuestros como Ernest Urtasun (ICV) y Ernest Maragall (ERC), señala que la “elusión” fiscal – palabra que viene del verbo eludir, que se conjuga fiscalmente en un modo distinto que “evadir” –, es hoy por hoy “legal” entre comillas. Quiere decirse que no es ilegal, pero no lo es por falta de una ley directamente aplicable al concepto. Se da en este punto un vacío o laguna en las previsiones de los ordenamientos. Todo viene de una etapa anterior en la que los estados-nación marcaban el paso en la cuestión de los intercambios comerciales internacionales, y eran ellos los soberanos a todos los efectos, con sus ordenamientos jurídicos bien claros, concisos y contundentes. Lo que se podía o no se podía hacer en el terreno fiscal estaba entonces definido con rigor, negro sobre blanco, y quien no cumplía había de atenerse a las consecuencias.
La desregulación de los mercados de capitales ha cambiado las premisas, tal y como señala la respuesta de Inditex al informe. Ahora tenemos de un lado finanzas globales y del otro impuestos estatales; y no es ni mucho menos imposible para las primeras sortear estos últimos, aunque la maniobra es factible solo para las entidades que juegan en la primera división mundial. Los niveles, o escalas, diferentes en los que se mueven negocio y fisco permiten a los actores elegir para cada caso concreto el terreno de juego más adecuado en función de sus conveniencias. Se cumplen “escrupulosamente”, en efecto, las reglas fiscales de los 93 países en los que opera Inditex, pero nadie se va a creer que Holanda, Irlanda, Suiza y Luxemburgo son los mercados de los que el grupo extrae los mayores beneficios, y sin embargo es en ellos donde va a tributar de preferencia.
Nadie dudará, por otra parte, de la honorabilidad sin tacha de Jean-Claude Juncker, que es luxemburgués por pura casualidad, o de Jeroen Dijsselbloem, holandés de pro, en estas cuestiones. Pero una cosa es cierta: la armonización fiscal de las naciones incluidas en el gran mercado común de la Unión Europea debería haber tenido lugar hace bastantes años, y sigue paralizada, atascada en no se sabe bien qué obstáculos. Es este un tema en el que influyen lo suyo las puertas giratorias que ofrecen acceso desde las sedes de los gobiernos a los despachos enmoquetados de las grandes compañías, y a la inversa. En esta curiosa competición deportiva hay, como en todas, grandes ganadores y perdedores catastróficos; pero los resultados no se anuncian nunca por la megafonía de los estadios.
 

miércoles, 7 de diciembre de 2016

MEJORÍA EN LA COMPRENSIÓN LECTORA


España ha sacado una media decente en la encuesta internacional de evaluación de los estudiantes. Nada para tirar cohetes, pero nuestro alumnado ha mejorado en comprensión lectora, no ha perdido gran cosa en ciencias y en matemáticas, y ha mejorado su posición en el conjunto de países debido a que la media ha bajado en otras latitudes.
Se trata de indicadores, con los límites intrínsecos a ellos. Los resultados no prueban la excelencia de la LOMCE, como parecen dar por sentado algunos, ni testimonian la justeza (tampoco lo contrario) de la visión del Ministerio sobre estas materias. El PISA evalúa el nivel educativo de una muestra, que se considera representativa del conjunto del país, de jóvenes de quince años. Nada más. Para los sindicatos de enseñantes, lo que indican los resultados es el esfuerzo hercúleo realizado por la comunidad educadora para mantener los niveles de calidad, a pesar de los recortes drásticos en medios materiales. Sería absurdo, en cambio, valorar a partir de los resultados que esos recortes han sido justos y positivos, y que conviene cebarse con ellos para el próximo curso escolar.
Hay, por otra parte, diferencias muy serias entre autonomías. En las que presentan unos niveles más bajos, el retraso llega a suponer curso y medio de diferencia con las más avanzadas. (Es decir, l@s alumn@s de un instituto radicado en Badajoz necesitarían hincar los codos de aquí a junio de 2018 para ponerse a la altura que ya tienen l@s de otro instituto de Valladolid.)
Seguramente, hay consideraciones que podrían reducir esa enorme diferencia global. La consejera andaluza argumenta que los centros elegidos como muestra en su comunidad corresponden a zonas muy degradadas. Nadie duda que hay centros andaluces con un nivel alto de excelencia, y que de haber sido los elegidos por PISA habrían dado una mejor imagen de la comunidad; pero zonas degradadas, haberlas haylas en todas partes, y los parámetros de una educación para la ciudadanía tienen que llegar también hasta ellas, porque si no, tenemos todos un problema.
Las desigualdades sociales inciden sin la menor duda en los resultados; el amontonamiento de escolares en aulas sobresaturadas, también. Seguro que hay menos problemas de masificación en zonas rurales de Castilla y León, incluso en Navarra, que en los grandes hacinamientos suburbanos de las ciudades. Es el conjunto lo que importa, no hay razón para sacar pecho porque se ha quedado mejor que el vecino.
Otra cuestión importante, que el PISA no desvela, es el “para qué” de una educación que se imparte con tanto desvelo y tan escasos medios. Qué futuro espera a nuestros estudiantes, cómo aprovechará la sociedad sus conocimientos. Es un lugar común repetido hasta la náusea que contamos con las generaciones de jóvenes mejor preparadas de nuestra historia. Todos los índices, no solo el PISA, lo muestran así. Pero es de temer que la excelencia en la comprensión lectora de nuestros y nuestras jóvenes solo les lleve a interpretar con mayor rapidez y eficiencia el mismo mensaje colgado a la puerta de empresas, oficinas, talleres y tajos: «No hay trabajo.»
 

martes, 6 de diciembre de 2016

AQUELLA EMBOSCADA CONTRA LA CONSTITUCIÓN ITALIANA


Matteo Renzi quería más espacio de maniobra al frente del ejecutivo, y le estorbaba en sus planes el puntilloso e “ineficiente” (he leído el calificativo en un texto incluido en una publicación progresista) equilibrio de poderes establecido en la constitución republicana de 1948; ese equilibrio cuidadosamente sopesado en su día para evitar un eventual retorno del fascismo por vías “legales”. (¿Pero acaso no está volviendo el fascismo de forma insidiosa, en este, en aquel y en el otro país de Europa, al socaire de una legalidad descuidada?)
La vieja dama transalpina ha salido airosa del trance: conserva, a pesar de tanto tiempo transcurrido, un cariño popular superior al que han acumulado con sus procedimientos expeditivos algunos jóvenes bárbaros.
Lo cierto es que la constitución italiana había sobrevivido ya antes a avatares bastante más rocambolescos. En julio de 1964 pudo haber sido barrida por el llamado “Plan Solo”, en un episodio aún oscuro en muchos aspectos. Este es el relato, muy resumido.
Se ha desvanecido el “milagro económico” de finales del decenio anterior, y en el mundo de los negocios late la idea de desafiar a los sindicatos con una política de ajuste salarial duro con el acento puesto en la productividad; se trata para las empresas de dar paso a una nueva etapa económica de ampliación sustancial de los márgenes de beneficio.
Pero la Confindustria desconfía del jefe del gobierno, el democristiano reformista Aldo Moro, cuyo primer gabinete con los socialistas ha resultado fallido, pero que ha sido encargado de emprender un nuevo intento, también con el socialista Nenni como vicepresidente. La intención de Nenni es ahora insistir en las reformas; la del sector más derechizado de la DC, los “doroteos”, es acabar con ellas. El PCI de Palmiro Togliatti reclama “planificación democrática de la economía” frente a la omnipotencia de los monopolios, y ofrece la posibilidad de sacrificios para los trabajadores si se dan en un cuadro de “transformación social”.
Las negociaciones para la formación de gobierno se atascan. Es entonces cuando se produce una serie de reuniones entre Antonio Segni (presidente de la República), Cesare Merzagora (presidente del Senado), el gobernador del Banco de Italia Guido Carli, el jefe de la policía Vicari, y el general Giovanni De Lorenzo, comandante de los carabineros y antiguo jefe del Sifar, el servicio secreto, además de asiduo colaborador con los Estados Unidos. De Lorenzo aporta a las reuniones un listado de 300.000 personas, entre ellas muchos políticos y cuadros sindicales, susceptibles de ser internados después de un “golpe sorpresa” incruento que daría paso a un gobierno de emergencia, en el caso de que los socialistas no se muestren más cooperativos.
Es esto último lo que ocurre, a fin de cuentas. El nuevo gobierno Moro nace con las alas reformistas severamente recortadas. Giuseppe Tamburrano, que será miembro de la dirección del PSI desde 1966 y es en ese momento consejero político de Nenni, ha descrito de este modo la encerrona a la que su jefe se vio sometido (en Storia e cronaca del centro-sinistra, 1971, pp. 324-26): «El sistema rechazó las reformas, y la clase dominante no vaciló en prepararse para el choque. O el PSI entraba en el área capitalista, o el capitalismo se salía del área democrática.»
Togliatti marchará pocos días después, y a regañadientes, a la URSS, reclamado por Kruschev en relación con el conflicto ruso-chino, y el 13 de agosto sufrirá la hemorragia cerebral que pondrá fin a su vida. Será en la etapa siguiente Luigi Longo el hombre que llevará adelante, con una gran altura de perspectiva y un esfuerzo inagotable de consenso interno, la carga de la oposición política en un sistema viciado y en una situación social explosiva.
La idea apuntada por De Lorenzo o por sus mentores, reconvertida en un plan más articulado y para nada incruento, recuerda insistentemente lo ocurrido nueve años más tarde en Chile. La base de partida es la misma descrita por Tamburrano. Si las fuerzas populares no entran en el área capitalista, el capitalismo se sale de la democracia.
 

lunes, 5 de diciembre de 2016

HENCHIDO DE SÍ MISMO


«A Renzi le perdió la arrogancia», ha dictaminado en las páginas de opinión de lavanguardia el siempre sagaz Enric Juliana. Añade que a los condottieros siempre les ha ido mal en Italia, y no entiendo por qué lo dice. Los ha habido de muy próspera fortuna a lo largo de la historia del país. Característica de los condottieros ha sido poner su talento y en ocasiones también su espada a la disposición de un mecenas adecuadamente generoso, y prescindir en tal operación de los principios que, como se sabe, son como las espinas del pescado, siempre diligentes para atravesarse en el gaznate en el momento de tragar. El Dante fiaba mucho en un condottiero – bien fuera Uguccione della Faggiola o Cangrande della Scala, que sobre la cuestión hay dudas – como el Veltro (el lebrel) que limpiaría a dentelladas Italia entera de los pecados de la codicia y la ambición. Ninguno de los dos llegó a hacer tal cosa, pero los servicios prestados a diversos señores acabaron por colocarlos en posiciones ventajosas muy notables; y otro tanto podemos decir de Gattamelata y Colleoni, inmortalizados en sendas estatuas ecuestres en lugares visibles de la ciudad de Venecia.
No me parece que Renzi haya ejercido de condottiero. Ha seguido, eso sí, el mandamiento populista que quedó establecido para siempre y en primer lugar (lo siento, el dato es el dato) por Jesucristo cuando dijo que «quien no está conmigo está contra mí», dividiendo la parroquia en dos facciones encontradas. Y vean por donde, la operación de dividir la ciudadanía en fariseos y publicanos, así con brocha gorda, deja siempre a una de las dos mitades algo más chica que la otra, y esa mitad más chica suele ser casualmente la de los incondicionales del experimentador. Es lo que le ha ocurrido a Renzi. Según un dicho acuñado por la sabiduría popular, se ha metido a redentor y ha salido crucificado.
Ahora bien, en lo que se refiere a la arrogancia, no hay la menor duda. Renzi ha tenido hasta el mismísimo final una confianza ilimitada en sí mismo: contra la historia, contra la constitución republicana, contra los sindicatos, contra el propio partido que encabezaba. Es el momento de recordar lo que dejó escrito sobre él Riccardo Terzi, una de las cabezas mejor amuebladas de la sinistra italiana, recientemente desaparecido: «Encuentro irritantes y patéticos a los personajes como Renzi, tan llenos de sí mismos y, por lo tanto, llenos de nada.»
Henchido de sí mismo, y por consiguiente sin perspectiva ni criterio para avizorar todo cuanto queda fuera de una redondez tan pletórica.
Ahora los países del sur de la Unión Europea, los etiquetados como PIGS (Portugal, Italia, Grecia, Spain) se encuentran en una situación un poco más precaria. Puede que todo ello lleve paso a paso hacia una recomposición, de la mano de cierta humildad asumida, capaz de hacer frente a la arrogancia mucho más característica de las naciones del norte. Muchas cosas están en juego, y nadie se atreverá a sostener que todo el pescado está ya vendido.
 

domingo, 4 de diciembre de 2016

PIEL DE ELEFANTE EN SU SALSA


Podría ser el plato del día en un restaurante exótico. Pero es algo muy distinto, y excita hoy por hoy el asombro unánime de una Europa en horas bajas y ávida de buenas noticias.
“Piel de elefante” Mariano ha vuelto por donde solía. Sus primeros pasos en la nueva legislatura han sido concertar con el PSOE una subida del salario mínimo – no porque tal cosa hiciera falta en puridad, sino con la intención misericordiosa de echar una mano al compañero de tantos avatares, ahora en apuros mediáticos –; utilizar el arduo programa de regeneración negociado y suscrito con Ciudadanos como papel higiénico; subir impuestos indirectos sin tocar de momento la renta, y darle un nuevo y terrorífico meneo a la hucha de las pensiones.
La rentabilidad conseguida con estas primeras medidas “de choque” ha sido máxima, e inmediata: de un lado Jean-Claude Juncker ha retirado viejas amenazas sobre la deuda y aprovechado la ocasión para expresar su admiración hacia el crack eterno de esta variante peculiar de la Liga de las estrellas; de otro lado, nuevos sondeos de opinión fortalecen la posición del PP como partido alfa favorito de un electorado rendido a la veteranía y la manga por hombro de un líder sorprendente de tan previsible. “¿Pero lo ha vuelto a hacer?” “Sí, lo ha vuelto a hacer.” “Pero, ¿en minoría…?” “Sacto.” “Pero, ¿cómo…?” “Con un par.”
The Elephant Man and his Constitutional Court, debería ser el próximo gran proyecto de un Hollywood que también atraviesa horas bajas debido en buena parte a la ramplonería y dudoso gusto de las preferencias mostradas por sus votantes locales. Un filme pensado para su exportación al mundo mundial, con la presentación estelar de un nuevo super-anti-héroe global capaz tal vez de arrebatar multitudes, pero únicamente en los casinos de algunas pedanías de Pontevedra. La dirección podría encomendarse a Steven Spielberg. ¿No fue él quien dirigió la serie del parque jurásico?
Delenda est Mariano.
 

sábado, 3 de diciembre de 2016

PIADOSAS INTENCIONES DEL GOBIERNO DE LA NACIÓN


El ministro De Guindos ha dado unos cálculos optimistas en relación con el comportamiento de la economía española de aquí a 2019. Lo ha hecho, conviene señalarlo, después de que el Gobierno haya echado de nuevo la zarpa a la hucha de las pensiones, llevándose la friolera de 9.500 millones de euros. Sin pestañear. A partir de ahí, el ministro desgrana unas previsiones serenamente positivas. El empleo crecerá a razón de medio millón de puestos de trabajo al año; en 2019 las cifras macroeconómicas darán un desempleo en torno al 13% de la población activa, cuando ha llegado a ser del 26,9% pocos años atrás. Impresionante.
La justificación más pormenorizada de estas cifras globales arroja, sin embargo, sombras sobre el panorama. El Gobierno calcula que habremos de pagar algo más por la factura energética, pero no mucho más: sus cálculos son que el precio del barril de petróleo subirá desde los 43 dólares de este año a 50,2. Otras estimaciones, por el contrario, indican que la subida llegará a los 60 dólares. El Gobierno prevé, de otro lado, una “desaceleración” del consumo y de la inversión. No se cambia el modelo de crecimiento, de modo que el crecimiento previsto se seguirá fiando al turismo, que está en números máximos y del que se espera (cruzando los dedos) que seguirá así, y de una eventual recuperación del ladrillo.
Es decir, el empleo dependerá del funcionamiento de las burbujas, y será el mismo tipo de empleo que ya conocemos de años anteriores: precario, temporal, descualificado, con salarios más simbólicos que reales. No se prevén inversiones en formación permanente ni en adaptación del mercado de trabajo a los retos planteados por las nuevas tecnologías. Si recorren con la vista unas pocas líneas más arriba en este texto, comprobarán que sí han leído bien: “se prevé una desaceleración de la inversión”. Está previendo desacelerar la inversión el mismo Gobierno que mantiene la inversión bajo mínimos y que acaba de dejar temblando la hucha de las pensiones con un nuevo zarpazo salvaje; que anuncia un crecimiento del 6% de las exportaciones a pesar de la situación agónica de nuestro comercio exterior; que hace malabarismos con la evolución de los precios del petróleo para tratar de dar una base creíble a los macro números fantasiosos que nos ofrece, y que nos promete con desparpajo un tsunami de nuevo empleo que pondrá al PPaís en la senda de la prosperidad ilimitada a la cabeza de las grandes naciones del mundo. ¡Cuidado! No tanta prosperidad, sin embargo. También se prevé una "desaceleración" del consumo. ¿Cómo se come, entonces, la reactivación? Habrá mucho más empleo, pero menos consumo. ¿Cómo cuadrar ese logaritmo?
Verán cómo, a fin de cuentas, todo se limita, como hasta ahora, al examen microscópico comparativo de las cifras. A decir que este ha sido el mejor mes de diciembre de los cuatro últimos, a ensalzar los quinientos veinte empleos que se han creado en los últimos seis meses, y a prometer grandes rebajas de impuestos para la próxima legislatura. Siempre que no vengan los “populismos” a fastidiar las grandes expectativas y potencialidades de la situación, ni los radicalismos de todo tipo a joder la marrana, como es su sacrosanta costumbre.
 

viernes, 2 de diciembre de 2016

EL DILUVIO DE EDUARDO MENDOZA


Mediados los años cincuenta, Sor Consuelo, en el siglo Constanza Briones, es la madre superiora de las hermanas de la Caridad en San Ubaldo de Bassora, un pueblo minúsculo de la Cataluña rural; y como el hospital que regentan las monjas se le está cayendo a pedazos de puro viejo, acude a pedir limosna generosa a un terrateniente rico y ocioso, Augusto Aixelà de Collbató. Con juramentos, arrumacos y engaños, el galán la seduce y no deja ningún propósito por realizar con ella, en el sofá del salón de su casa pairal. Sor Consuelo, convencida de estar viviendo una gran pasión, la misma tarde abandona sin ruido el convento para reunirse con su amado. Pero en el camino es raptada por un guerrillero del maquis que la lleva a su refugio de la montaña, la previene contra las monsergas de Aixelà y le declara un amor puro y acendrado, del que la mejor prueba es el hecho de que a través de un intermediario ha depositado dos millones de pesetas en la cuenta bancaria  las hermanas, para proceder a las reparaciones oportunas del hospital. Al oír esa declaración de amor inesperada, Sor Consuelo se dice a sí misma: «No sé si Dios me somete a duras pruebas o si me está tomando el pelo.»
“El año del diluvio” (1992) no es ciertamente la novela más conocida ni la más apreciada de nuestro flamante Premio Cervantes, pero sí es la prueba del algodón de la maestría literaria de Eduardo Mendoza, puesta al servicio de una trama que oscila entre el folletín y la novela de aventuras, tratada con todas las convenciones de los dos subgéneros y al mismo tiempo trascendida por una ironía suave, muy posmoderna, que rezuma en los diálogos que marcan la contraposición de los caracteres de los personajes principales: Aixelà, resabiado y mentiroso pero encantador siempre, y Sor Consuelo, inteligente, idealista y decidida a jugarse todas sus opciones a una carta. La partida acaba en fiasco para ella, pero sin duda es él quien a la larga sale perdiendo más. Otras novelas de Mendoza, tanto entre las llamadas “serias” como en las “menores” (los adjetivos resultan muy discutibles para según qué títulos), siguen la misma pauta: son las mujeres las que arriesgan y toman las decisiones importantes; los hombres mariposean, contemporizan y se dejan querer.
Digno de todos los elogios, por otra parte, ha sido quien haya tomado la decisión última de premiar a Mendoza con el Cervantes. Había grandes posibilidades de elegir peor.