jueves, 15 de diciembre de 2016

¿QUIÉN MATÓ AL ESTADO?


Planteémoslo en clave de novela negra: alguien asesinó al Estado en algún momento de los años setenta, probablemente en un callejón trasero próximo a una avenida concurrida en la que el ruido del tráfico ahogó las explosiones del arma utilizada (¿un Smith & Wesson, revólver propio de profesionales?)
Leo un libro sobre el PCI de los años sesenta, con la sensación extraña de bucear en un tratado de arqueología etrusca, o algo de un género parecido. El gran problema que apasionaba a la clase política era entonces la modernización de los aparatos productivos. Es decir, algo similar a lo que está ocurriendo ahora mismo, salvo que ahora el tema no deja la menor huella en los debates del Congreso ni en las columnas de opinión de la prensa diaria o de las revistas políticas de carácter partidario (si existen).
En los años sesenta y en un país como Italia, la gran cuestión a debatir era la programación económica democrática. Desde el Estado, y activando los mecanismos de decantamiento de la soberanía nacional, era preciso marcar prioridades en el desarrollo y encauzar las inversiones públicas en direcciones que supusieran un progreso social y una riqueza adecuadamente distribuida entre todos. El enemigo, según estas concepciones políticas que hoy suenan tan raro, eran los monopolios. El Estado era el terreno de la lucha entre la democracia económica y el establishment monopolístico. Todos los partidos y todas las clases sociales estaban implicados en esa batalla, porque de batalla se trataba. (En el régimen español de “democracia orgánica” las cosas fueron bastante diferentes, pero aun así se vivió en la misma época una tensión inaudita entre los “tecnócratas”, defensores de la modernización mediante una “planificación indicativa” que en realidad hacía el caldo gordo a los monopolios, a los que estaban ligados los promotores por un entramado espeso de relaciones familiares, de amistad, profesionales e incluso sectarias – Opus Dei –, y del otro lado los “azules” perdidos aún en la nostalgia de la autarquía y en las esencias intemporales de un capitalismo extractivo atrasado, pivotante sobre la figura histórica crucial del “señorito”.)
Si en España el Estado importaba ya entonces muy poco a efectos de ejercicio de la soberanía nacional, en otros países las cosas se tomaron muy en serio. La izquierda política española estaba en la clandestinidad o en el exilio; solo los nuevos sindicatos, reprimidos pero indomables, se confrontaron en orden disperso en una lucha de guerrillas contra el neocapitalismo. La izquierda italiana, en los mismos años, se planteaba la posibilidad del sorpasso (el único, el auténtico; desconfíe de las imitaciones) y veía la batalla por la democracia económica y por la modernización racional y programada de los aparatos productivos como un jalón en el camino hacia la superación de un capitalismo “en su punto más alto de desarrollo”.
Llegaron los años setenta, la Moneda fue bombardeada, se extendió por doquier el neo-orden tutelado por las instancias financieras supranacionales, y el Estado, aquel gigante hercúleo, fue abatido entre dos luces por un sicario (¿se llamaba este por ventura Friedman, o Hayek?) en un callejón oscuro.
Hoy la palabra monopolio no se utiliza ya, salvo para cuestiones inesenciales: es vocabulario obsoleto. No es que los monopolios ya no existan, al revés, son más fuertes que nunca, pero es obsceno referirse a ellos por su nombre: como el viejo Yahvé, ellos son los que son, y punto. La programación económica no se sitúa en el terreno político sino en el corazón de los grandes conglomerados de empresas, y nunca tiene un carácter democrático. El derecho laboral está en ruinas, el trabajo en migajas, el empleo decente es una especie en peligro de extinción.
Este no es un canto a las virtudes del finado. En su época de esplendor el Estado fue insoportablemente autoritario, caprichoso y dúctil a los deseos más adivinados que expresados en voz alta de los poderes fácticos. No obstante, era un sujeto político, “el” sujeto político por excelencia. En determinados momentos, según una expresión de Bruno Trentin, era el Estado quien creaba y conformaba en su torno a la sociedad civil. Sus presuntas herederas, las fuerzas de izquierda, expropiadas con malos modos de aquel inmenso patrimonio común, seguimos alimentando una sensación aguda de orfandad.