domingo, 11 de diciembre de 2016

NOTICIAS DE LA TARDE DESDE DELFOS


La ceremonia de entrega de los premios Nobel de 2016 tuvo un toque surreal. Bob Dylan no estaba presente; agradeció el premio lo mismo, aunque declaró sentirse “raro” en compañía de algunos de sus predecesores, y excusó su ausencia con ingenio.
Algunos lo habían llamado maleducado; cosa que, en cualquier caso, a un inmortal le debe resbalar bastante. El secretario permanente de los Nobel, Horace Engdahl, tal vez ayudado – es una mera suposición – para la ocasión con uno o dos tragos del excelente vino de Albondón, que tiene la virtud (exclusiva antaño del espíritu santo) de desatar las lenguas de fuego, defendió al bardo de Duluth y al propio comité que le otorgó el galardón, con argumentos un tanto arriscados, por no emplear palabras más contundentes. Dijo, por ejemplo, que la gente dejó muy pronto de comparar a Dylan con Woody Guthrie y Hank Williams, para hacerlo con Blake, Rimbaud, Whitman y Shakespeare.
Todo lo que puedo decir al respecto, es que no me consta. No sé qué “gente” ha sido esa, gente rara en cualquier caso, ni el porqué de unas comparaciones que parecen algo aleatorias, si bien afectan a personas evidentemente respetables; tampoco me veo capaz de apreciar la diferencia cualitativa entre Woody y Hank de un lado, y los cuatro personajes seleccionados, citados en el orden exacto que aquí se reproduce. De Will Shakespeare podemos suponer que tenía buena voz, puesto que ejercía de actor de sus propias obras; tal vez, en cambio, Walt Whitman cantaba como una almeja, pero no me consta, insisto, y no quisiera embarrar de forma gratuita su reputación ya bastante zarandeada.
No menos perplejidad me provoca otro párrafo del discurso del académico Engdahl: «Su revolución [de Dylan] ha sido devolver al lenguaje de la poesía su elevado estilo, perdido desde los románticos, pero no para cantar eternidades, sino para hablar de lo que pasa a nuestro alrededor. Como si el oráculo de Delfos estuviese leyendo las noticias de la tarde.»
Seguramente en Suecia las cosas son muy diferentes que aquí. Aquí tenemos sibilas délficas comentando las noticias de la tarde todos los días; les llamamos tertulian@s. No nos parece que la proeza sea para tanto.
Debo decir que me ha convencido bastante más la explicación de la novelista canadiense Margaret Atwood, una mujer que ha aparecido en las quinielas habituales para el Nobel en alguna ocasión. Según ella, el premio es un canto de amor a América en su estado actual, después de las recientes elecciones. Y una forma de decirles: «Recordad que podéis hacer algo mejor que esto.»