lunes, 9 de mayo de 2016

ENTRE EL ERASMUS Y EL BALONCESTO

Ayer se produjo un aluvión de buenas noticias. Voy a hacerlo al revés: solo citaré de pasada dos más importantes, y me detendré en otras dos, mínimas si se quiere, pero muy confortantes.
La noticia más importante ha sido sin duda la anulación del proceso de impeachment a Dilma Rousseff, presidenta de Brasil. La acusaban de implicación en el “afer” de Petrobras, y el impulsor de la medida, Eduardo Cunha, recién destituido de la presidencia del Congreso, era desde detrás de las bambalinas el principal culpable de la corrupción. En la votación parlamentaria se vulneraron varias garantías democráticas. El asunto habrá de ser examinado de nuevo, desde un enfoque menos prepotente y más civilizado. Buena noticia.
También es importante el acuerdo alcanzado por Podemos e IU para ir juntos a la repetición electoral de junio, en base a un programa común. Los resultados serán luego los que sean, pero en principio es una prueba de sensatez aunar fuerzas en el territorio de la izquierda cuando en el gobierno soplan los vientos que están soplando. Buena noticia, también.
Prestemos ahora atención al microcosmos. Mamma Erasmus, Sofia Corradi, consultora científica para las relaciones entre las asociaciones de rectores de las universidades europeas, va a recibir en Yuste el Premio Europeo Carlos V, por haber sido la principal impulsora de las famosas becas universitarias Erasmus. Si Marx consideraba, según asegura mi amigo Javier Aristu, que un solo paso de movimiento real vale más que una docena de programas, ahí tienen ustedes el paso de movimiento real que andaban buscando. Las becas Erasmus han hecho más por la hoy tambaleante Unión Europea que toda la peste de comisarios y adláteres que han paseado, pasean y pasearán sus sonrisas autosatisfechas, sus recetas macroeconómicas y sus rescates bancarios por Bruselas. Leo que muchos ex becarios caídos en feliz contubernio ponen a sus retoños los nombres de Erasmus o Erasmina. Es un indicio feliz, y el reconocimiento universal a mamma Sofia, una medida justa y benéfica.
Me detengo en particular en la cuarta noticia. Mi hermano José María tuvo en vida la extravagante pasión periférica de ejercer de entrenador de baloncesto en las categorías infantiles y juveniles. Invirtió en el tema un montón de esfuerzos y de tiempo libre y no tan libre, y recibió a cambio el cariño incondicional de varias levas de baloncestistas amateurs.
Con él hablé muchas veces de Pepu Hernández, el hombre que condujo a la selección española absoluta al título mundial en el año 2006. El sábado pasado, Pepu, retirado desde 2012, acompañó a sus hijas mellizas Claudia y Candela al Polideportivo de Hortaleza, donde el equipo de su colegio, el Ramón y Cajal, había de competir en la Liga escolar. La entrenadora tuvo una indisposición, no se presentó a la cita y, como no aportó las fichas y documentos exigibles, el partido fue dado reglamentariamente por perdido a sus pupilas.
Pero el árbitro calló la circunstancia e hizo que el partido se jugara de todos modos, para no castigar a las niñas, además de la derrota, con el castigo mucho peor de la frustración. Quien no haya asistido a los entrenamientos y los partidos de uno cualquiera de la miríada de equipos aficionados de nuestro país, no conoce la fuerza del veneno de la afición y del deseo de superación, en los/las deportistas de pocos años.
Era necesario un responsable para poner orden desde el banquillo. Y el gran Pepu se despojó de la americana, se arremangó la camisa e impartió de forma improvisada su sabiduría a las chicas del Cajal. No se pudo hacer gran cosa en la ocasión; además de tener la decisión reglamentaria en contra, el partido real también lo perdieron. Pero la vieja norma de Coubertin, que dice que lo importante no es ganar sino participar, brilló en Hortaleza como en pocas ocasiones en el firmamento del deporte.
Gracias a Dilma, a Pablo Echenique y Adolfo Barrena, a Sofía Corradi, y al siempre modesto y elegante Pepu, por el día de ayer.
 

DESAMPARADO


No es fácil volver del sol deslumbrante de Grecia al cielo turbio y el pavimento mojado de Barcelona. Los momentos peores son las despedidas, como me dijo mi nieto Mijail cuando los dos nos esforzábamos en mantener en alto los pabellones respectivos: yo le explicaba lo pronto que vamos a volver a vernos, ahora que el verano está a punto de reventar una primavera tonta, y él me respondía que tiene aceptado vivir así, encontrándonos y separándonos cada pocos meses, porque él tiene el colegio en Egaleo y nosotros la casa cerca del Paseo de Gracia. A Carmen le entregó un gran corazón de papel recortado, pintado de rojo encendido y con la leyenda: «Para la mejor adia thel munto.» Tiene la ortografía aún vacilante, quería escribir “avia” pero no acertó la letra equivalente, y se esmeró en escribir “del” a la inglesa y “mundo” como suena en griego. Fue, en todo caso, un esfuerzo inaudito para él, que prefiere mil imágenes antes que una palabra.
He pasado las hojas muertas del calendario al volver a mi escritorio, y he descubierto que hoy es la fiesta de Nuestra Señora de los Desamparados. Muy apropiado, pienso mientras concluyo estas líneas escritas sin ganas a la luz de la lámpara, porque a las diez y media de la mañana no entra por la ventana luz suficiente para trabajar.
Vendrán días mejores, y también gobiernos. Aunque en los momentos malos, «les jours de vague à l’âme et de mélancholie», parezca otra cosa.
 

viernes, 6 de mayo de 2016

POR QUÉ Y PARA QUÉ SON ÚTILES LOS SINDICATOS


Nunca ha estado del todo clara la utilidad de los sindicatos, ni siquiera en una sociedad organizada a partir del trabajo. Se ha criticado su corporativismo, su visión parcial y en cierto modo egoísta de las necesidades sociales, su vocación defensista, su promoción del conflicto social como método; y de forma más global dentro de la teoría de la izquierda, se ha señalado su carácter subordinado y de alguna manera ancilar (la correa de transmisión) en relación con la primacía jerárquica y la ambición prometeica de los partidos políticos.
La cosa ha ido a peor desde que se arrumbó el trabajo como principio organizador de la sociedad y como motor de la economía, para hacer descansar en el emprendimiento creativo la generación exclusiva de valor económico. Se ha puesto en cuestión no solo la función del trabajo, sino la de la solidaridad, e incluso en último término la de la sociedad. Margaret Thatcher declaró que la sociedad no existe en la realidad material: ella solo veía individuos, en competencia cerrada unos con otros. Pudo ser simplemente una ocurrencia, pero los mercados se aferraron a ella. Si todo se reduce a individuos que compiten de forma despiadada entre sí, el éxito de unos conlleva el fracaso de otros, y a largo plazo el progreso de las elites implica el retroceso de las masas. Lo llaman darwinismo social, una variante neomoderna de la teoría de la supervivencia de los más aptos.
Es obvio que el sindicalismo no tiene cabida en este esquema; si solo existen los individuos, cada cual debe ayudarse a sí mismo, y los débiles, los enfermos y los ignorantes están condenados a la desaparición. El papel de los sindicatos, según los argumentarios vigentes en el Eldorado neoliberal, es retardatario puesto que estimula la pereza y disminuye la productividad de la fuerza de trabajo al nivelar por lo bajo las remuneraciones y sofocar la creatividad y la diligencia de los operarios más dotados o activos.
Frente a marcos mentales tóxicos de este tipo, son muchos los estudiosos que señalan, datos y gráficas en mano, el papel histórico fundamental que han jugado los sindicatos en una redistribución más igualitaria de las rentas y en la cohesión social frente a la disgregación progresiva generada bajo el paradigma neoliberal. Una pieza destacada en esta orientación es el trabajo de R. Wilkinson y K. Pickett, “La importancia del movimiento sindical en la reducción de la desigualdad” (ver http://pasosalaizquierda.com/?p=875). Hay ejemplos más próximos y recientes, como el de Juan Torres López (ver http://juantorreslopez.com/impertinencias/para-que-sirven-los-sindicatos/).
Mi problema entonces es que me parece demasiado corto el radio de acción trazado por estas argumentaciones de las bondades del movimiento sindical. Limitar la utilidad del sindicato a un reparto más igualitario de la riqueza viene a ser una manera de convertirlo en funcional a un sistema económico, el capitalista, necesitado de correcciones y ajustes para desplegar sus virtudes positivas. El sindicato sería como el contrafuerte que se añade a un muro a fin de evitar el pandeo; como los frenos de disco o el airbag incorporados a un modelo velocísimo de automóvil con la intención de mejorar la seguridad y prevenir desgracias.
El sindicato no es solo eso: es una disfunción efectiva en el corazón del capitalismo. Tienen razón quienes, desde la lógica de la propiedad y el beneficio privados, lo consideran un estorbo o, peor aún, un enemigo. Lo es. La lógica del sindicalismo está situada en otra órbita: la de la democracia política en crudo y sin andadores tecnocráticos, la del conflicto como vía de progreso compartido, la del trabajo digno como eje vertebrador de una sociedad solidaria, la del avance progresivo en la humanización de las relaciones sociales como horizonte para alcanzar, en el largo plazo, el final de todas las formas de explotación de unas personas humanas por otras.
Para todo ese programa máximo, la centralidad y el protagonismo del sindicato me parecen imprescindibles.
 

jueves, 5 de mayo de 2016

PLACER ESTÉTICO Y CANON CULTURAL


Añora Joan Marsé en una entrevista la época feliz de su iniciación a la lectura, cuando una inocencia cultural absoluta le hacía disfrutar por igual de las historias de R.L. Stevenson y de J. Mallorquí. Según el canon cultural occidental (el establecido por Harold Bloom, por ejemplo), estaba cometiendo un pecado de falta de gusto, pero Juanito Marsé desconocía el canon cultural de Bloom o cualquier otro, y repartía de forma equitativa su entusiasmo estéticamente virginal entre el Coyote y la Isla del Tesoro.
Lo malo de los cánones de lectura más renombrados y empingorotados, es que ni es posible leer todo lo que se publica, ni es probable que haya alguien capaz de disfrutar todas las bellezas múltiples y contradictorias incluidas en un canon determinado. Por un lado tenemos a un lector normal como Eduardo Mendoza, que estima que la mayoría de lo que ofrece el mercado es una birria; por otro, a una lectora de talante y talento enciclopédico cuyo nombre no he llegado a registrar, y que nos anima desde las páginas del diario a ahondar en el conocimiento de todo lo que forma parte de la amplísima variedad de culturas del mundo, desde los guaraníes, por ejemplo, hasta los mongoles, un decir. Semejante esfuerzo lector serviría para equilibrar  nuestro eurocentrismo innato, y ofrecernos una visión más policultural de la realidad. Dudo que el resultado valga la pena en algún sentido.
Cambiando de arte, está el problema de que unos compositores de música aborrecían lo que creaban otros, mientras que a los auditorios de los conciertos se les ofrece un panorama ecléctico capaz de incluir en el mismo programa a enemigos acérrimos. Chaikovsky calificó de sinvergüenza a Brahms, y se quejó de que se considerara un genio a una persona que en cuestión de inspiración musical tenía el encefalograma plano. Nos lo advertirán picaronamente los programas de mano de algún concierto en el que, a plena conciencia del programador, Chaikovsky aparecerá en la primera parte, y Brahms en la segunda. También nos colocarán juntos a Rossini y Wagner, cuando el primero dedicó al otro un piropo dudoso al opinar que tenía momentos sublimes unidos a cuartos de hora soporíferos. Dallapiccola opinaba de Vivaldi que no había escrito quinientos conciertos, sino quinientas veces el mismo concierto. El canon musical los engloba a todos ellos en un mismo ideal estético, y al oyente tipo se le alecciona sobre un saber enciclopédico de la historia de la música que no tiene nada que ver con el placer de escuchar.
En la pintura los estragos producidos por el canon son menores, porque la secuencia de la visita en los museos sigue un orden cronológico, de modo que quien quiera buscar los Rothkos no los encontrará nunca junto a los Van der Weyden, y quien no quiera avanzar más allá de Goya tendrá siempre la opción de dar media vuelta y regresar a Giorgione. Pero el principio debe ser el mismo en todos los casos: la regla psicológica exige el enfrentamiento de un solo degustador (lector, oyente, espectador) con una sola obra de arte, con resultado positivo (placer), negativo (desagrado) o neutro (indiferencia). El placer vicario que deriva del reconocimiento del mérito de una obra mediante el aprendizaje previo de sus virtudes gracias a la consulta canónica correspondiente como argumento máximo de autoridad, es solo un placer de connoisseur, no un placer estético primario.
 

miércoles, 4 de mayo de 2016

LA COALICIÓN GRANDE Y LA CHIQUITA


El economista Antón Costas publica hoy en La Vanguardia un análisis sugerente del enrevesado momento político que vivimos (1).
Apuntaré, sin detenerme en ella, su interpretación de por qué las distintas fuerzas políticas han preferido una nueva convocatoria electoral antes que un gobierno de coalición, después de los resultados del 20D: los herederos in pectore del bipartidismo difunto, supone Costas, han reclamado un duplicado del certificado de defunción, como garantía cautelar antes de proceder a maniobras más comprometidas.
Ingenioso, cierto. Pero lo que encuentro particularmente sugerente en su artículo es otra cosa: la propuesta de afrontar el nuevo ciclo político, que se inicia fuera de la protección del paraguas del bipartidismo, mediante la forja de una doble coalición. Se trataría, dicho al modo castizo, de avanzar políticamente con un par. Un par, por añadidura, cantable al son de la Bamba: “Para asaltar los cielos, para asaltar los cielos se necesita una escalera grande; una escalera grande y otra chiquita allá arriba, allá arriba”.
El par de escaleras queda sintetizado de este modo, en las palabras de Costas: «Por un lado, una gran coalición a cuatro para acordar las ­nuevas reglas básicas para la convivencia, la me­jora de la democracia y el funcionamiento del Es­tado autonómico. Por otro, una pequeña coalición para gobernar el día a día.»
Es decir: el primer elemento debe ser un gran consenso, empujado por una fuerte presión social, con el fin de abrir un proceso de resanamiento de las instituciones a medio o largo plazo. Ahí han de tener necesariamente cabida todas las fuerzas políticas democráticas en presencia. Cuatro, cinco o las que sean: estatalistas, nacionalistas y federalistas; constitucionalistas y populistas; de izquierda y de derecha; de arriba y de abajo. (Todas las fuerzas reconocibles; no, obviamente, todos los líderes y lideresas adictos al cotarro. A muchos, ya se les ha pasado el arroz).
El segundo elemento sería una coalición pequeña, con no mucho afán de protagonismo y tampoco excesivamente beligerante en los grandes temas del Estado, pero sí lo suficientemente sólida para encarar el día a día “ejecutivo”, no con ánimo de continuismo ni de revancha, sino con el norte puesto en la razón práctica, de modo que sirviera para mejorar una convivencia muy deteriorada a fecha de hoy.
No habría, eso es obvio, amnistías penales ni fiscales, condonamientos caprichosos de deudas, ni prescripciones reglamentarias de delitos. El borrón y la cuenta nueva no podrían ser utilizados para legalizar de facto situaciones de privilegio injustas. El olvido legal y la desmemoria deberían quedar proscritos en el gran consenso con cabida para todos. Un nuevo andamiaje del estado no se levanta sobre lagunas legales, oquedades ni prorrateos caprichosos en los repartos de culpas.
Manuela Carmena, la imprescindible alcaldesa de Madrid, podría darnos a todos clases acerca de cómo gestionar una situación envenenada desde la voluntad de avanzar procurando no ofender sensibilidades, y de cómo convertir la rectificación frecuente de las propuestas hechas a la ciudadanía, no en una muestra de debilidad, sino de fuerza tranquila y de paciencia.
Ya volverán, como las oscuras golondrinas, los tiempos de los grandes desafíos a ultranza. El momento actual debe ser el del asentamiento y la nivelación, el de la redefinición de las reglas del juego. Para, a partir de ahí, avanzar hacia una reconstrucción.
 

 

martes, 3 de mayo de 2016

PARADOJAS DEL TIEMPO


El tiempo y el dinero son los dos elementos fundamentales de la macro crisis sin expectativas inmediatas de salida por la que atravesamos. El dinero ha servido para comprar tiempo, según una hipótesis de trabajo del sociólogo W. Streeck (véase su Buying Time, “Comprando tiempo”). Pero el tiempo “ganado” de esa forma no ha servido más que para prolongar la crisis y agravar sus dimensiones globales. Hoy la deuda (deuda pública y deuda privada, tanto monta monta tanto) ha pasado a ser el elemento esencial de la estructura de los estados. Y los plazos de cumplimiento de la deuda, sumados a los valores de la prima de riesgo, son las premisas que determinan la política económica a seguir por cualquier gobierno. Ya no estamos en las coordenadas y las expectativas del estado social, sino con la soga al cuello del estado deudor.
Este cambio cualitativo se delinea como un elemento crucial de la perspectiva, pero la política no acaba de tomar conciencia del dato. Demasiado atareados en la maniobra cortoplacista, los políticos no perciben el sentido del movimiento de fondo; lo único que alcanzan a ver es que sus márgenes de decisión se reducen cada vez más. Esta sensación de ahogo es particularmente perceptible en las filas de la socialdemocracia vieja y nueva, para la que la sociedad del bienestar es aún un puerto seguro que sigue ahí esperándonos, y basta corregir el rumbo para recalar de nuevo en ella liberados de las tormentas financieras.
El gobierno de Mariano Rajoy, que abomina de la socialdemocracia y reduce la expectativa de bienestar a unas capas exclusivas de la ciudadanía, ha encontrado sin buscarlo un repliegue favorable de la coyuntura, que le permite de forma simultánea ganar tiempo para aplazar sus obligaciones pendientes, y gastar más dinero sin endeudarse. Con todas las instituciones del país en suspenso, paralizado el cumplimiento de los plazos legales, disuelto el órgano legislativo y de control, prorrogado el aforamiento de sus amistades ante las responsabilidades penales y fiscales que se les exigen, el ejecutivo medra sin más control que su albedrío ni más responsabilidad que el juicio de la historia, y vive la euforia de quien está en condiciones de cargar impunemente el despilfarro propio sobre espaldas ajenas. Puede que más adelante llegue el momento amargo de hacer los deberes; pero de momento Mariano está en el tiempo del recreo.
Son paradojas que trae consigo el tiempo, que como descubrió Bergson no es un concepto unívoco. Está de un lado el tiempo abstracto, mensurable en segundos y décimas de segundo, útil para fijar plazos y para batir récords y para señalar términos a la renovación de las instituciones y la validez de las legislaturas. Y luego está el otro tiempo, el tiempo de la vida, que transcurre sin sentir pero consume nuestras fuerzas y ahonda las arrugas de nuestro cuerpo.
Solo se puede comprar el tiempo en su primera acepción; no en la segunda. Pero sigue siendo un equívoco extendido pensar que, ganando tiempo en el corto plazo, mejoraremos nuestras opciones a largo término, como si una ganancia de tiempo abstracto dejara en suspenso las leyes de la duración.
Algunos se comportan como Oliver Hardy en aquella película en la que, ejerciendo de salteador de caminos aficionado, intentaba atracar a Fra Diavolo, el bandolero más peligroso de la comarca, y era condenado a ser ahorcado a manos de su compañero de fatigas. Stan le explica entre sollozos lo mucho que le duele verse en el trance de ser el verdugo de su mejor amigo, y Oliver le contesta displicente: «Acaba de una vez, y no me hagas perder más tiempo.»
 

lunes, 2 de mayo de 2016

RECONSTRUCCIÓN


Un diario electrónico, bez.es, que me acompaña todos los días en el desayuno, plantea esta mañana el siguiente acertijo: ¿están nuestros políticos al borde del abismo, o encima de un volcán? Las dos situaciones representan un gran peligro pero no son iguales, advierte el articulista. En efecto, reflexiono: cuando se está al borde del abismo siempre queda el viejo recurso de dar un gran paso adelante; el cual no sirve de nada en las proximidades del volcán, para las que el único remedio consiste en picar soleta y marcharse con la música a otra parte, mejor antes que luego.
En cualquier caso, niego la mayor. La situación actual no responde, a lo que entiendo, a ninguna de las dos premisas establecidas. Cierto que pisamos un terreno telúricamente inestable y que un cataclismo no es descartable a medio plazo, pero tampoco hay temblores cuantificables en la escala de Richter ni otros signos de explosión inminente. Traslademos entonces la atención al abismo. ¿Dónde está situado exactamente? ¿Qué posición ocupan en relación con él nuestros políticos? ¿Se arreglarían las cosas con el tópico gran paso adelante, o en su defecto con un giro de ciento ochenta grados?
Cada cual es libre de dar su opinión. La mía es que nuestra clase política no estaba inmóvil frente al abismo; y que mientras se movía con toda clase de aspavientos alarmados en aquella situación altamente incómoda, trazando en el aire infinidad de líneas rojas no traspasables, pisó mierda.
El verdadero problema de pisar mierda al borde del abismo no es ese olorcillo insinuante que nos acompaña y resiste todos los esfuerzos por eliminarlo; lo realmente grave es el resbalón inevitable. En mi opinión, el temido “salto adelante” se ha dado ya; ocurrió en concreto el pasado día veintiséis. Desde ese día no estamos al borde del abismo, sino en el fondo mismo. No es cuestión de activar recursos de emergencia institucionales; los ciento y pico días pasados han mostrado que tales recursos, o no existían, o no eran eficaces.
No parece posible ahora el salvador paso adelante para sobrevolar el abismo, sostenidos por los vientos neoliberales y con un gobierno de gran coalición al timón; el malestar de fondo de la ciudadanía es demasiado ostensible y poderoso. Cualquiera que sea el sentido último del voto del 20D y del que se espera para junio, no va en esa dirección. No es posible cerrar los ojos y pasar página en el tema de la corrupción con promesas de que no volverá a ocurrir; los grandes delitos constatados exigen una reparación adecuada. No se puede ignorar la información de los papeles de Panamá, que muestran la forma consciente y consecuente en que, no solo buen número de especímenes destacados de la clase política, sino toda una porción significativa de lo que suele llamarse “gente de bien” en la prensa de papel satinado, han defraudado y saqueado el Estado social desde situaciones de privilegio.
Aun en el caso de que se acometieran los exorcismos y las reparaciones obligadas, no sería posible tampoco volver a un pasado idílico de funcionamiento eficaz de los mecanismos institucionales de protección y de previsión social, porque ni el pasado ha sido idílico, ni la coyuntura nacional, europea y global permite una solución de ese cariz.
Si existen en alguna parte, aún, una derecha no apriorista y una izquierda no nostálgica, sería el momento de que pusieran juntas manos a la obra de lo que nos haría mucha falta en estos momentos de tribulación: una reconstrucción a fondo del Estado y de sus instituciones, emprendida de buena fe y con buena voluntad a partir de un pacto amplio a largo plazo, que aglutine fuerzas transversales y utilice como herramienta prioritaria, no el procedimiento filosófico tomista de tomar como punto de partida las verdades universales inmutables y el respeto a las esencias, sino ese otro método humildemente científico, pero único que ha proporcionado a las sociedades humanas algún progreso histórico: el del ensayo y el error.
 

sábado, 30 de abril de 2016

UNIDAD SINDICAL Y BIODIVERSIDAD


En los aledaños de un nuevo Primero de Mayo, vuelven las cábalas sobre la unidad sindical. Parece una operación facilísima y de un orden eminentemente práctico: dos grandes centrales comprometidas desde hace años en una unidad de acción sin fisuras, podrían llegar a acuerdos orgánicos que supondrían una mayor agilidad y eficiencia, al evitar la engorrosa duplicación de estructuras.
La cuestión, sin embargo, es más compleja. No se pueden tratar las fusiones sindicales como las bancarias, es decir como un mecanismo de reparto equitativo y puesta en común de recursos financieros, estructuras, servicios y carteras de clientes. ¿Por qué no? Pues porque un sindicato no es, como el banco, una estructura dotada de un endoesqueleto que le sirve de sostén y le facilita el movimiento; que posee órganos propios, tejidos, nervios, circulación sanguínea y metabolismo – todo ello en sentido figurado –; un organismo, en fin, autosuficiente y capaz de desenvolverse y sobrevivir en un entorno ecológico adecuado.
El sindicato es una estructura volcada hacia afuera, su punto de referencia es siempre una vida exterior a sí mismo; si no existen empresas, ni trabajo asalariado, el sindicato no existe. Un proceso de unidad sindical exige, por consiguiente, una fuerza centrípeta surgida del pluriverso del trabajo y capaz de imprimir a toda la organización montada para su defensa un movimiento unitario perceptible, una dinámica inequívoca.
La unidad sindical no desemboca, así entendida, en el monopolio (o la hegemonía) de una sigla sindical determinada, sino en una agrupación plural para la protección de intereses y de expectativas comunes surgida de una amplísima biodiversidad laboral, y cuya aspiración última no es recortar y simplificar esa biodiversidad, sino muy al contrario, expandirla y enriquecerla.
El trabajo es a largo plazo un proyecto de vida; el ahorro, no. Por eso la fusión bancaria puede ser un movimiento táctico a corto plazo y en cambio la unidad sindical debe enmarcarse en el largo plazo, y fraguarse de un modo distinto. No se trata de proteger mejor bienes materiales, sino valores intangibles: profesionalidad, competencia, polivalencia, seguridad, bienestar, futuro, expectativas, derechos. El patrimonio actual o el histórico de las centrales sindicales no debería constituir un obstáculo en el proceso hacia la unidad, desde el momento en que ese patrimonio se ofrece ya desde ahora a una utilización y un disfrute en común por parte de todos, afiliados y no afiliados. Y los acuerdos de unidad que pudieran alcanzarse no se deberían limitar a CCOO y UGT, sino abarcar toda la amplia gama de representantes legítimos y reconocidos de los trabajadores, elegidos y elegibles por ellos. Todos deben encontrar un lugar cómodo y adecuado en las estructuras amplias, democráticas y flexibles de un gran sindicato anclado en la biodiversidad formada por todas las distintas opciones y modalidades de trabajo decente.
 

viernes, 29 de abril de 2016

EL CAMBIO VISTO COMO UN ABSOLUTO


«El cambio (climático) se ceba con las especies que ya estaban más amenazadas.» El paréntesis es mío, la noticia viene en la prensa diaria, avalada por estudios científicos. Lo que vale para el cambio climático podría verificarse también en otros campos de la experiencia. Está claro, de entrada, que el climático no va a ser un cambio para mejor; pero en otros casos un cambio nos resulta altamente deseable. Y entonces, tendemos a ponderar sobre todo las mejoras genéricas que nos traerá, y por el contrario a omitir el análisis cuidadoso de las catástrofes concretas que también nos puede acarrear.
No lo digo con la intención de ejercer de aguafiestas, solo pretendo señalar que en una coyuntura de cambio siempre hay quien sale ganancioso, y también quien salta de la sartén al fuego o de Guatemala a Guatepeor. Son temas que conviene manejar con cierto cuidado. Con pinzas y guantes de látex. Cambiemos, vale, pero a partir de una preocupación clara por todo aquello que podríamos estropear.
La situación emblemática en este orden de cosas fue la de la implantación de la vacuna contra la viruela en Francia, en pleno Siglo de las Luces. Algunos estudios empíricos sugerían que se salvarían muchas vidas pero también que la vacuna mataría a un número indeterminado de personas, debido a intolerancias imposibles de detectar de antemano. Los filósofos, con Voltaire y Diderot a la cabeza, abogaron por la vacunación masiva inmediata, puesto que el bien cierto era cualitativa y cuantitativamente superior al mal incierto; D’Alembert, por el contrario, pidió más estudios y más pruebas antes de dictar una medida obligatoria que había de resultar funesta para un porcentaje, quizá no grande, pero sí significativo de la población.
D’Alembert no era un conservador; era un demócrata que perseguía un bien social que no comportara víctimas ni exclusiones. No le pareció buena una solución radical con cálculo ponderado de víctimas incluido, y consideró preferible dar un paso modesto hacia una solución futura sin víctimas preestablecidas. El problema es que, mientras se conseguía una vacuna sin efectos secundarios, seguirían enfermando personas de la viruela. Tomar una decisión de cambio siempre comporta un riesgo.
Debe ser factible, hoy, tantear el cambio posible que todos deseamos, comprometer en él a las fuerzas políticas necesarias, y delimitar de forma aproximada los bloques sociales que van a salir beneficiados y perjudicados bajo el nuevo paradigma. Rehuir en esa dirección las grandes reformas constitucionales que pueden dejar el todo o partes del Estado en una posición más precaria y desasistida que la anterior, y las medidas para relanzar la economía macro que hundirían la economía micro de muchas personas concretas; no promover medidas contra la corrupción que tiendan a favorecer a quienes ya se han anticipado a corromperse; ni remedios paliativos contra la pobreza, que desemboquen en estigmas sociales y en guetos administrativos de los que luego será imposible salir a los encerrados en ellos. Etcétera.
No es mi intención ejercer de aguafiestas, ya lo he dicho. Solo pienso que, en una situación que exige pactos y programas conjuntos entre fuerzas de distintas ideologías y extracciones sociales, no se deberían cerrar los programas de forma taxativa, ni blindarse de ninguna forma los pactos previos que se vayan alcanzando. Deberíamos afrontar el cambio desde una perspectiva de tanteo y error. El cambio visto como un absoluto genera un absolutismo indeseable del cambio. La “cirugía de hierro” social comporta inevitablemente efectos colaterales indeseados, y en el recuento final de bajas, después de las grandes ofensivas contra los “dragones” que nos amenazan, siempre hay que contabilizar muchas víctimas por fuego amigo.
 

martes, 26 de abril de 2016

PERSISTENCIA DE LA IZQUIERDA EN LAS NUEVAS COORDENADAS POLÍTICAS


Jessica Albiach, aspirante a la dirección de Podemos en Cataluña, acaba de explicar en La Vanguardia que «más que el eje derecha-izquierda o independentista-españolista, Podemos plantea el eje los de arriba y los de abajo».
Albiach es joven, pero no tanto: nació en 1979, luego anda por los treinta y siete. Dice abominar de las etiquetas, pero las utiliza sin empacho. La simplificación que aparece con frecuencia en su discurso podría deberse, no a pereza intelectual sino a un afán didáctico, a la necesidad de hacerse entender con claridad por su público, y trazar ejes de coordenadas imaginarios para mapar con cierta aproximación un territorio enmarañado.
Sin embargo. Más allá de los límites marcados para la orientación en la escuela primaria, ¿cuál es la diferencia entre un eje político derecha-izquierda y otro eje arriba-abajo? Es sabido que la topografía derecha-izquierda nació del lugar en el que solían sentarse los diputados de las diferentes tendencias en el hemiciclo parlamentario: la connotación de lugar es puramente simbólica.
Lo mismo ocurre con el arriba y el abajo. Cierto que los potentes manifiestan una marcada preferencia por los áticos (así, el madrileño Ignacio González) y los indigentes habitan con demasiada frecuencia a ras de tierra, en chabolas improvisadas con materiales de derribo; pero no se excluyen otras disposiciones topográficas contradictorias, puesto que las guardillas ocupan por lo general planos más elevados que los pisos nobles. El arriba y el abajo son entonces igual de simbólicos que la izquierda y la derecha, y resulta difícil de establecer la diferencia entre ambos ejes.
El matiz diferencial nos retrotraería de nuevo al parlamento, el lugar en el que la izquierda establecida (la sinistra vincente, en expresión de Bruno Trentin; en cualquier caso, una nada más de las diversas formas de expresarse el enrevesado pensamiento de la izquierda) puede llegar a pactos y contubernios con la derecha empingorotada, en contra de las expectativas de sectores de la ciudadanía tan amplios numéricamente como marginados de la acción política. ¿Es la negación del parlamento, entonces, y en consecuencia el trazado de un nuevo eje “confrontación parlamentaria-lucha en la calle”, el meollo de la cuestión? No lo parece, si reseguimos las explicaciones de Albiach: «Nosotros no construimos a la contra de nadie y queremos conciliar. Caminamos por encima de la confrontación y la polarización.»
Cuidado, Jessica. No es conveniente simplificar tanto la realidad y solucionar las contradicciones con muletillas dialécticas que suenan bien pero por dentro están huecas. Obviar el eje derecha-izquierda y caminar alegremente por encima de la confrontación puede tener consecuencias indeseables. Lo advirtió el maestro Riccardo Terzi con una distinción lapidaria: «La derecha es la simplificación, y la izquierda el pensamiento complejo.»
 

lunes, 25 de abril de 2016

ELLOS NO NOS MERECEN


La prensa electrónica me trae a Egaleo retazos de patria pasteurizada, aderezados con los habituales aditivos y conservantes incorporados a los artículos de opinión en cumplimiento de los libros de estilo de los medios.
Resulta que, a falta aún de la última ronda preceptiva de consultas para formar gobierno, los líderes ya han optado por tirarse al monte: Luis de Windows respondió con una carcajada amarga a la insinuación de Dijsselbloem de que convendría culminar un gran pacto político a largo plazo del centro-derecha establecido. Decididamente, la gran derecha europea no acierta a sondear los niveles abisales de ineficiencia y de corrupción de la derecha gobernante española.
Por su parte, Termidoriano Rajoy inicia “en plena forma” su nueva precampaña electoral con un ataque frontal a Ciudadanos, desde la fortaleza roqueña de cuatro largos meses de gobierno irresponsable ante el parlamento. Mientras tanto, Robespablo Iglesias acaricia la ilusionante eventualidad de un sorpasso que deje a Pedro Sánchez rendido a sus pies.
No es que no haya sido posible llegar a un acuerdo de gobierno o siquiera de investidura; es que no se ha intentado en serio. No hacía falta el oráculo de Delfos para vaticinar que el acuerdo Sánchez-Rivera era una estrategia perdedora. Pero aun en el caso de que en algún estado mayor se hubiesen generado ilusiones al respecto, la marcha de las negociaciones y el impacto negativo en la opinión deberían de haber alertado de que convenía tantear otras opciones, asumir otros riesgos, convocar otras ilusiones.
No ha sido así. La vieja y la nueva política han coincidido en ciscarse en el veredicto de las urnas. En una situación crítica, con todas las alertas sociales encendidas y los déficits disparados, la única solución que se ha encontrado ha sido proceder a una nueva tirada de dados, y esperar que en esta nueva ocasión dios reparta suerte.
La buena noticia llega desde Barcelona. La celebración de Sant Jordi ha enamorado al mundo, como todos los años. Lean la columna de hoy de Almudena Grandes en el país. Almudena es una habitual de estos festejos; ahí se siente arropada por el cariño de sus lectores. Y lean lo que ha dicho Jonas Jonasson, que no es autor de mi predilección: todas las ciudades deberían tener su Sant Jordi.
“Deberían tener”. Sí, pero esas cosas ni se improvisan, ni se decretan por el arbitrismo de los poderes centrales. Hay en este asunto una lección de por dónde debería ir el buen funcionamiento de la política, de cómo se va conquistando poco a poco un consenso. Ahora mismo, y disculpen la demagogia implícita, habrá gente a la que la fiesta del libro y de la rosa les parecerá una mariconada en comparación con tradiciones más recias, digamos el Toro de la Vega por mencionar una al azar, o los correbous para no salirnos del ámbito catalán.
Queridos políticos de la vieja guardia y del nuevo cuño: ánimo. Poco se puede esperar ya de esta última vuelta de tuerca a los resultados de unas elecciones en las que habíamos depositado nuestras mejores esperanzas. Pero tenéis la obligación de preparar con mimo las próximas, de escuchar también las voces de fuera y no solo las que suenan en el interior de vuestras cámaras de resonancia y en las tertulias informales de los évoles y los bertines. Hasta el momento, no es ya que no nos representáis; es que tampoco nos merecéis.
 

sábado, 23 de abril de 2016

HIC SUNT DRAGONES


Celebro la Diada en Egaleo, un municipio de la conurbación de Atenas. Nos rodea, a Carmen y a mí, el cariño incondicional e institucional de nuestros hijos y nietos – Mijail vino a recibirnos al aeropuerto enfundado en una camiseta del Barça – y el beneplácito, más oblicuo pero también indudable, de los dos gatos de la casa, Amedeo y Margherita, que han expresado su alegría de vernos al modo característicamente gatuno, es decir, alzando la cola muy tiesa y frotándose contra nuestros tobillos.
Desde la lejanía he seguido la declaración oficial del president Puigdemont, en el sentido de que Sant Jordi nos protege de los dragones feroces que pretenden atenazarnos. No tengo nada en principio contra las metáforas, pero ocurre con ellas como con todo, conviene dosificarlas para no pasarse de rosca. Dragones, como meigas, haberlos haylos. Aquí en Egaleo tenemos a la vista algunos de ellos; por ejemplo, a tiro de piedra de esta casa, en Eleonas, han asentado de la manera que se ha podido a un par de miles de refugiados sirios; por lo menos cuatro veces más numerosos son los que se hacinan en los muelles del Pireo y en las instalaciones del antiguo aeropuerto de Atenas. No hablo ya de lo que está sucediendo en Lesbos y en Idomeni. La guerra se siente mucho más próxima desde aquí que desde Barcelona; la miseria, el desamparo y el hambre quedan mucho más a la vista. Pero hasta el momento el bienaventurado Jordi de Capadocia no sabe, no contesta, a tantas peticiones desesperadas de auxilio. No puede descartarse que se haya alineado con la señora Lagarde, del FMI, que ante el vencimiento próximo de un plazo de entrega de 3 millones de euros de la deuda griega, y a pesar de las garantías ofrecidas y de la inminencia de la votación parlamentaria de una reforma fiscal profunda que mejorará los equilibrios en las cargas tributarias y las perspectivas de redistribución, ha estimado necesario reclamar ipso facto un aval sobre dos millones extra (cinco en total, cuando los que se deben son tres), a fin de mejorar la tranquilidad y la buena digestión de los ciudadanos de los países acreedores.
Los cuales, dicho sea sin embargo de lo anterior, siguen llamándose andanas en la cuestión de los refugiados. Europa es para ellos una realidad virtual, observable a través de las apps adecuadas y cuantificable en cantidades alfanuméricas que registran en forma de señales luminosas los volúmenes de deuda y los plazos de vencimiento de cada uno de los socios hipotéticos. Otras realidades, observables a simple vista (a ojo desnudo, como se dice en algunas lenguas), no les interesan.
Aquí están los dragones, hic sunt dragones. Sin menospreciar las amenazas muy ciertas al desarrollo adecuado y el reconocimiento justo de la lengua catalana, un patrimonio de la humanidad que muchos siguen negando con una contumacia fanática.
Pero son los menos.
Y la batalla contra ellos está ganada en el largo plazo.
Y no son dragones, a menos que extrememos los términos comparativos de tal modo que caigamos en la actitud que se expresa desde la sabiduría popular con esta otra metáfora: matar moscas a cañonazos.
 

jueves, 21 de abril de 2016

SOLO ES POSIBLE INNOVAR DESDE LA MEMORIA


Sin ánimo de ser impertinente, muy al contrario, me gustaría poner un contrapunto – es mi oficio en este blog – al excelente artículo de Luismari González en Nueva Tribuna, titulado «Combatir la desmemoria».
Coincido por completo con los postulados expuestos en él: en particular con el orgullo de lo que hemos levantado, no a partir de la nada, sino desde una larga brega molecular iniciada en los años de plomo del franquismo desde la defensa incansable y consecuente del trabajo y de los trabajadores. Comisiones Obreras es historia y es memoria; una historia y una memoria que algunos intentan desvalorizar a partir de unos postulados novísimos según los cuales el trabajo tiene una importancia marginal en las relaciones sociales, y los representantes de los trabajadores organizados en sindicatos vienen a caer en la categoría ambigua y aborrecible de la “casta”.
Los tres hitos que llama Luismari a recordar y celebrar, la Asamblea “fundacional” de Barcelona (julio de 1976), celebrada en una semilegalidad tolerada; el asesinato de los laboralistas del despacho de Atocha (enero de 1977), botón de muestra de que la Transición no fue ni un rigodón en las cancillerías ni una bajada de pantalones por parte de las clases populares; y la legalización oficial del sindicato (abril de 1977), en un momento en el que prácticamente todo estaba aún por hacer y nada podía darse por descontado, son jalones de una historia en cierto modo paralela a la “oficial” y gestada a contracorriente, que ni se ha detenido desde entonces, ni va a detenerse.
Bienvenidas sean, entonces, la memoria y la celebración de lo que hemos sido y de lo que somos. Pero no son la misma cosa, lo uno y lo otro. Yo evitaría declarar de una forma tan rotunda que «somos lo que fuimos», porque existe todo un trayecto lleno de significado entre aquellos momentos de hace cuarenta años y los que vivimos ahora. Y la memoria debe iluminar cada tramo de ese trayecto con la misma luz desapasionada de la verdad concreta. Lo que somos deriva sin duda de lo que fuimos, pero la mirada atenta al presente y el futuro, la renovación necesaria, la adaptación urgente a nuevos condicionantes y nuevos paradigmas, deben ocupar el lugar teórico de un esencialismo con fecha de caducidad, que propondría unas Comisiones Obreras siempre iguales a sí mismas.
No creo que haya sido eso lo que Luismari ha querido decir. Habla de renovación y de imaginación, de “revisar” no la historia, sino la práctica; se aprecia, con todo, en el tono general del texto una contundencia mucho mayor en la defensa del patrimonio acumulado que en su proyección hacia el futuro.
Ni los populismos, ni los adanismos, ni menos aún las imposturas y las acciones miserables, van a conseguir nada frente a la fuerza que son capaces de desarrollar los trabajadores organizados conforme a sus intereses, sus necesidades y sus reivindicaciones. Se trata, entonces, de debatir fraternal y colectivamente las mejores opciones posibles hoy para el sindicato de ayer, de mañana y de siempre.
La conclusión de todas estas reflexiones vagabundas, y en ella coincido plenamente con Luismari, es que resulta forzoso innovar, pero solo podremos hacerlo desde la memoria; nunca, desde la desmemoria.
 

miércoles, 20 de abril de 2016

LA SEGUNDA MEJOR CAMA DE WILL SHAKESPEARE


Seguiré desde Grecia la celebración de Sant Jordi, pero he anticipado mi propia contribución al festejo: hace ya algún tiempo que compré mi libro y mi rosa. De la segunda, poco hay que decir; el libro es “El espejo de un hombre” de Stephen Greenblatt (Debolsillo 2016), una biografía de Shakespeare por uno de los máximos especialistas en el tema.
No lo recomiendo de forma insistente; allá cada cual con sus gustos, sobre todo en cuestiones de erudición literaria. No sabemos gran cosa de la vida de los genios, y hay ocasiones en las que saber más no añade nada a nuestro equipaje para andar por la vida; o incluso, que la ignorancia habría sido una opción preferible.  
En cualquier caso, se cuenta en el libro en cuestión que, llegado el momento de hacer testamento, Will Shakespeare, para entonces un hombre rico y con pujos de nobleza, dejó prácticamente todo a su hija mayor, Susana, y al eventual primogénito varón de ésta. El único hijo varón del dramaturgo, Hamnet Shakespeare, había muerto de enfermedad a los 11 años de edad. Will residía a la sazón en Londres, en unos momentos de mucho trabajo y trajín. Fue avisado de la gravedad del estado de su hijo, pero solo llegó a Stratford a tiempo para el entierro. Recorre su obra el dolor por la pérdida del hijo y presunto heredero de una supremacía bien asentada en la actividad teatral de la época isabelina.
Susana había contraído matrimonio con un hombre del gusto de su padre, y él depositó en ella todas sus esperanzas de una posteridad honrosa. No ocurría lo mismo con Judith, la hija segunda, y de hecho varias cláusulas del testamento estaban redactadas con la intención de impedir que el marido de ésta, Richard Quiney, pudiera echar mano de la herencia. Aun así, Judith recibió algunas mandas menores y un recuerdo especial de su padre, una «fuente ancha de plata sobredorada».
Anne Hathaway, la esposa, no fue mencionada en el testamento. Comentaristas benévolos mantienen que no hacía ninguna falta, porque la ley ya se encargaba de que la viuda recibiera su porción “legítima” de la herencia. Es cierto, pero también lo es que siempre han sido muy de uso los recuerdos a la «compañera de tantos trabajos», a la «abnegada madre de mis hijos», a la «leal esposa», o fórmulas similares. De otra persona cabría suponer que la ausencia testamentaria de alguna de tales fórmulas más o menos estereotipadas se debía a la falta de traza o de costumbre para tomar la pluma; de Will Shakespeare, decididamente no.  
Finalmente, en un añadido al cuerpo principal del testamento, fechado el día 25 de marzo de 1616, cuando las fuerzas del poeta estaban ya exhaustas, y seguramente debido a la insistencia del notario o de alguno de los testigos, aparece la siguiente disposición escueta: «Ítem dejo a mi esposa mi segunda mejor cama con todo su ajuar.»
De nuevo entran en escena los glosadores benévolos: hay quien ha dicho que la segunda mejor cama era probablemente más cómoda que la primera, es decir la destinada a los invitados de paso; o que el ajuar completo del lecho seguramente tenía un gran valor dinerario. Sin excluir ninguna de las dos posibilidades, lo que aparece como más cierto es que la última disposición testamentaria de Will es un insulto deliberado a su esposa.
Will se casó obligado con Anne. Ella era ocho años mayor que él (26 por 18) y estaba para entonces embarazada de tres meses. La convivencia de los dos fue episódica, aunque fructífera. Will marchó tempranamente a Londres y desarrolló allí toda su carrera. Dedicó, no obstante, una gran parte del dinero que ganó como actor y como autor en el teatro a la compra, en Stratford y en sus alrededores, de varios terrenos, y de una casa, New Place, a la altura de la condición de caballero a la que deseaba (y consiguió) verse elevado.


Por demás está decir que Will no guardó las ausencias de Anne, en Londres. Se le conocen muchas relaciones y enredos con actrices y actores, sin contar enigmas nunca definitivamente aclarados como su relación, platónica o no, con el joven conde de Southampton, al que dedicó una serie de bellísimos sonetos amorosos. Nada tendría de extraño que Anne le hubiera correspondido con la misma moneda, que Will estuviera al corriente, y que las relaciones entre los dos se hubieran agriado, siempre desde la salvaguarda  de las apariencias aconsejable por la existencia de hijos comunes y por las pretensiones de un título nobiliario del autor. Cabe imaginar incluso que en algún momento, al paso de años de convivencia difícil, ella le dijera: «Tú has sido solo el segundo mejor inquilino de mi cama.» Lo cual explicaría sin más el sentido del refinado legado póstumo: un recuerdo oportuno del segundo mejor.

El hijo malogrado de Will llevó el nombre de Hamnet, y tal vez el autor jugó con el nombre en su tragedia más famosa, en la que el príncipe de Dinamarca es enterado, por la Sombra de su padre muerto, de la infidelidad y la traición de la reina. Es un hecho que en las representaciones de “Hamlet” en los teatros de Blackfriars, William Shakespeare personificó a la Sombra, y que obtuvo un sonoro éxito, no solo como autor de la trama, sino también como actor.
  

martes, 19 de abril de 2016

LA EMPRESA Y LA PRESUNCIÓN DE INOCENCIA


Fue Milton Friedman, profesor de Economía en la Universidad de Chicago, quien levantó la liebre, al afirmar que la única responsabilidad social que cabe atribuir a la empresa es la de generar beneficios: «The social responsability of business is to increase its profits» (en The New York Times Magazine del día 13 de septiembre de 1970; ya ha llovido desde entonces). Sin embargo el empresario, y su avatar neo moderno el emprendedor, siguen gozando de buena fama: la visión comúnmente admitida de la empresa es, aun hoy, la de que constituye un instrumento indispensable para la creación de riqueza.
No es lo mismo crear riqueza que crear beneficio, sin embargo. La riqueza se produce a partir del trabajo, allí donde antes no había sino naturaleza. El beneficio se consigue por distintas vías; en unos casos mediante actividades productivas, y en otros mediante actividades improductivas o incluso destructivas, como ha señalado William Baumol («Entrepreneurship: productive, unproductive and destructive», The Journal of Political Economy. 98-5, 1990). Con frecuencia esas distintas posibilidades se combinan: una de las tradiciones más consistentes de las empresas coloniales ha sido la de aportar riqueza a la metrópoli sobre la base de esquilmar las materias primas de la colonia y explotar sin misericordia a sus habitantes.
Lo cierto es que la forma jurídica “empresa” es la cobertura legal idónea para extraer beneficios mediante toda clase de expedientes, unos imaginativos, otros simplemente abusivos. Por ejemplo, la evasión de impuestos implica el beneficio de un incremento sustancial de la renta disponible. Adelante, entonces. ¿Cuál es el camino mejor para lograrlo? Por lo común, crear una empresa. El impuesto de sociedades es más bajo que el de la renta de las personas físicas, debido a la común suposición de que la empresa está generando riqueza, y no solo consumiéndola. Ese diferencial supone ya una extracción de beneficio para quien la utiliza de forma indebida; si además el objetivo perseguido es hacer invisibles para el fisco determinadas actividades lucrativas no bendecidas por la ley, como el cobro de comisiones por favorecer a un grupo determinado en la concesión de contratos públicos, entonces la empresa creada habrá de estar situada offshore, o dicho de otro modo en un paraíso fiscal.
Ocurre también que no ya las tapaderas sino las empresas de verdad, en particular las más grandes y ricas, combinan diversos expedientes legales y extralegales para la extracción del mayor volumen posible de beneficios: defraudan a las haciendas estatales, operan en paraísos fiscales, esquilman recursos de países poco desarrollados para venderlos allí donde el precio de mercado es más alto, etc. Se trata, por lo general, de empresas situadas por encima de toda sospecha, beneficiarias de una presunción general de inocencia, y contra las que resulta muy difícil, y muy costoso, actuar. La vieja idea liberal de la concurrencia ordenada a un mercado capaz de conjugar oferta y demanda en un precio equilibrado para todas las partes, está absolutamente fuera de lugar en el mundo de hoy. El libre mercado presupone igualdad de oportunidades para los agentes que concurren a él; para el pensamiento llamado neoliberal, la igualdad de oportunidades ha quedado arrumbada tiempo ha en el archivo de los trastos inútiles.
Definir la empresa hoy es una tarea ímproba. Incluso la OIT ha renunciado a hacerlo. En su Declaración Tripartita sobre las Empresas Multinacionales y la Política Social (1977, revisada en 2000), §6, ha resuelto la cuestión del modo siguiente: «No es necesaria una definición jurídica precisa de las empresas multinacionales…»
No es que no sea necesaria, es que no es posible. El jurista, sociólogo y catedrático Alain Supiot explica la razón de esa imposibilidad del modo siguiente: «La situación es simple cuando un emprendedor, persona física, se presenta él mismo en el escenario jurídico en calidad de comerciante. Sigue siendo fácil de comprender cuando funda una sociedad comercial que se confunde con su empresa y le confiere una forma jurídica. Las cosas se complican cuando esta sociedad crea filiales o pasa bajo el control financiero de otra, y se inscribe así en un grupo de sociedades de contornos borrosos y movedizos. Se vuelven opacas cuando la empresa se ramifica en vínculos contractuales de dependencia que unen sociedades sin relación de capital, por ejemplo, en el caso de subcontratación o de concesión de explotación de patentes. Esta organización en redes tiene como consecuencia una difuminación del polo patronal de la relación laboral, que se vuelve difícil y a veces imposible de identificar. […] La libertad de organización jurídica de la empresa se ha convertido en un medio para el emprendedor, no ya de identificarse en el escenario de los intercambios, sino, todo lo contrario, de desaparecer detrás de las máscaras de una multitud de personalidades morales y de rehuir así las responsabilidades inherentes a su actividad económica.» (En El espíritu de Filadelfia, Barcelona, Península 2011, p. 146-47. La traducción es de Jordi Terré.)
 

lunes, 18 de abril de 2016

"SI YO ME DEJARA PRESIONAR..."


“Si yo me dejara presionar por los poderes económicos y mediáticos, no merecería ser el presidente del Gobierno de España.” Así se ha expresado Mariano Rajoy en respuesta al coro cada vez más nutrido de voces de las elites financieras del país y de la prensa de derechas, que le piden de buenos modos que dé “un paso a un lado”. En castellano viejo, que se largue.
La respuesta de don Mariano se sitúa en el terreno de las hipótesis, es decir, de lo que ocurriría en el caso de no ser las cosas como son; y se basa en dos afirmaciones implícitas que son por lo menos dudosas. A saber: 1) que él no se deja presionar por los poderes económicos y mediáticos; 2) que merece ser el presidente del gobierno.
La composición de lugar que nos hacemos quienes le hemos visto dar bandazos de babor a estribor, y viceversa, según soplaban los vientos de los mercados financieros y de sus portavoces reconocidos, es exactamente la contraria: el gobierno presidido por él se ha mimetizado a la perfección detrás de las indicaciones de los poderes fácticos, e incluso en los casos frecuentes y repetidos en los que no ha cumplido los compromisos establecidos con las troikas, ha recurrido al expediente evasivo de declarar estar cumpliendo fielmente lo mismo que incumplía, no obstante los consabidos imponderables relacionados con la herencia recibida y con la perfidia de algunas comunidades autonómicas.
En cuanto a sus merecimientos para seguir presidiendo el gobierno, la opinión pública contraria es ya un clamor.
Es curioso el apoyo que le presta, en una entrevista publicada en El País, José Manuel García-Margallo. Declara el ministro de exteriores en funciones, en el mismo tono hipotético utilizado por su patrón, que una “guerra” por la sucesión en este momento desestabilizaría al partido popular. Las inferencias de una declaración tan sibilina son también dos: 1), que la sucesión en la cúpula popular exigirá una guerra; es decir, según la definición clásica de Clausewitz, una continuación de la política por otros medios más expeditivos; y 2), que el PP se encuentra en estos momentos en una situación estable que no conviene alterar.
No se ve, ni el ministro en precario lo explica, la razón de que sea tan costoso un proceso sucesorio que es en sí mismo natural y conforme con la evolución de las sociedades; pero una afirmación tan fuerte desemboca en la certeza de que a don Mariano no lo sacan de Moncloa si no es con los pies por delante. En cuanto a la estabilidad actual del partido, con la mitad de su organigrama imputado en asuntos de corrupción, y con el propio partido encausado por haber utilizado la caja B en los pagos por la reforma de la sede de la calle Génova, Margallo parece sugerir que todos los implicados se encuentran cómodos en esa situación.
Sugerencia que se acentúa por sus alabanzas al ex ministro de Industria Soria, que ha dimitido en su opinión por un puntillo de pundonor democrático, cuando ni siquiera ha sido aún encausado por su implicación en la administración irregular de empresas offshore. Margallo llega al extremo de insinuar que el deber de ejemplaridad de un político se limita al tiempo durante el que ejerce el cargo público, y no se debe extender ni a las épocas anteriores ni a las posteriores de su biografía. No es la misma doctrina que se predica desde sus baterías artilleras en contra de la presunta financiación venezolana de Podemos, ni, con mayor rechifla, contra el sinsostenismo de Rita Maestre en la capilla de la Complutense, ocurrido en 2011 y por el que ahora se le reclama la dimisión de un cargo municipal que ocupó en 2015.
 

domingo, 17 de abril de 2016

PARTIDA NULA Y VUELTA A EMPEZAR


Después de alcanzada la nulidad en una partida de ajedrez larga y tediosa utilizada por cada cual para bloquear con esmero cualquier posibilidad de ventaja del contrario, los jugadores se disponen ya a recolocar sus piezas en las casillas iniciales del tablero para empezar un nuevo juego. Todos ellos alimentan esperanzas renovadas de mejora, gracias a sondeos secretos de elaboración propia que les auguran décimas porcentuales de avance.
Podemos ha vivido una crisis interna vistosa, con expectativas de desplome anunciadas desde los medios con patente precipitación, y recientemente rectificadas. Sus líderes se esfuerzan visiblemente en recuperar una coherencia comunicacional que nunca ha sido su fuerte. En las filas socialistas, mientras tanto, se ha impuesto una pausa obligada por las circunstancias, pero las presiones de la curia sobre Sánchez se han hecho más perentorias: o caja o faja. El partido riverista, por su parte, prosigue con coherencia la persecución de sus objetivos últimos, que son los de gobernar hombro con hombro junto a un partido popular desmarianizado. Hay una gran unanimidad en su seno, como corresponde a un bloque compacto de una sola persona que asume democráticamente todas las decisiones sin perder tiempo ni energías en consultas ni referendos internos. Izquierda Unida sigue deshojando la margarita: ser o no ser; desnaturalizarse en el barullo de una sopa de siglas, o seguir en solitario, predicando en el desierto. En cuanto a los populares, le están encontrando el gusto a la irresponsabilidad gubernamental en funciones, y cada día nos sorprenden con una nueva iniciativa barroca, al tiempo que persisten en mirar fijamente a otro lado para no ver los cadáveres exquisitos que van desplomándose sin pausa a su alrededor.
Hay unanimidad en considerar la situación política bloqueada y en considerar que el impasse puede traer consecuencias funestas para la economía. Las diferencias de análisis surgen en el momento de determinar quién bloquea y el qué. Del examen de lo que nos ofrecen la prensa, las diferentes cadenas de radio y televisión, los obispos, el ministro del Interior y algunos premios Nobel y académicos de la lengua – todos ellos aleccionados desde el lugar donde renacen las sombras por la multinacional Lucro Fácil SL –, el tapón que convendría suprimir está personalizado en dos alcaldesas insolventes a las que se bombardea día tras día con toda clase de material explosivo e inflamable. La una mejor haría en cuidar de sus nietos, no asaltar capillas, no remover símbolos franquistas, y permitir que Madrid prolongue su tradición sagrada de ser la capital del pelotazo; la otra debería vender pescado en Mercabarna, arrumbar sus proyectos tranviarios y no estorbar la rápida conversión en curso de Barcelona en un parque temático con casino incluido para cruceristas de paso, acróbatas balconeros con nocturnidad y sonámbulos etílicos de procedencias variadas.
Más allá de estas acusaciones de trazo grueso, la realidad profunda que se vislumbra detrás de tanto revuelo mediático es la siguiente: Carmena y Colau son simples iconos; el tapón real de la situación política, queridos lectores, somos nosotros, los ciudadanos.
A ver si votamos mejor la próxima vez, caramba.
 

viernes, 15 de abril de 2016

EL FRAUDE COMO INSTRUMENTO DE ESTRUCTURACIÓN SOCIAL


Los casos recién conocidos de fraude a la hacienda pública de los ciudadanos Soria López, ministro de Industria en funciones hasta esta misma mañana, y Aznar López, ex presidente del Gobierno de la nación y presidente de honor del Partido Popular, pueden dar la impresión equivocada de que se ha dado una escalada progresiva en la implicación en la corrupción de la clase política, desde los “casos aislados” iniciales, y pasando por las categorías profesionales o asimiladas de tesoreros y conseguidores, hasta salpicar incluso a ministros y presidentes. Lo que ha existido, sin embargo, es una escalada en el desvelamiento. La corrupción existía ya de antes, y era sistémica, no puntual. Era también conocida, incluso aceptada socialmente como signo inequívoco de distinción y de superioridad. Era, para expresarlo con una imagen que nos retrotrae a épocas y ambientes antañones, el rasgo distintivo de un nuevo señoritismo.
Con el declive progresivo de unas estructuras de poder sólidamente enraizadas en la sociedad ha sido cuando, puestos a tirar de la manta y en función de la magnitud mayor o menor de las resistencias opuestas, los primeros en quedar al descubierto han sido los eslabones más débiles de la cadena, y el desvelamiento ha proseguido a partir de ahí en paralelo al deterioro progresivo del poder que servía de plataforma sustentadora a todo un entramado, en parte privado y en parte público, volcado a la “búsqueda y extracción de rentas” al margen de las disposiciones legales, por parte del capital político.
He tomado las categorías arriba mencionadas, dicho sea entre paréntesis, del libro de Carlos Arenas Posadas «Poder, economía y sociedad en el sur» (Centro de Estudios Andaluces, 2015). Allí se manejan para explicar la historia y las instituciones del capitalismo “extractivo” en Andalucía, pero sus análisis luminosos y llenos de rigor son aplicables a otras latitudes, como corresponde al hecho de que el capitalismo andaluz es una peculiaridad regional inmersa en un contexto globalizado.
Del mismo libro, tomo una cita en nota a pie de página que expresa con claridad el trasfondo y la trascendencia del asunto: «El fraude es, pues, un poderoso instrumento de estructuración social, en la medida en que no todos los individuos tienen las mismas posibilidades de ejercerlo: según la clase social a la que pertenecen y según la red de relaciones sociales en la que se hallan inmersos, defraudan o no defraudan, lo hacen en mayor o menor medida, en un sentido o en otro. Y al hacerlo ponen a prueba su poder, su riqueza, sus vínculos y su influencia, de modo que se sitúan en un lugar o en otro del entramado social; y todo ello a la vista de los conciudadanos, de modo que el fraude adquiere también un poder simbólico, pues al demostrar la fuerza de quien puede enfrentarse impunemente al Estado incumpliendo sus normas, legitima y consolida la dominación de las oligarquías sobre la sociedad rural.»
La cita corresponde a Juan PRO RUIZ, «El poder de la tierra: una lectura social del fraude en la contribución de inmuebles, cultivo y ganadería (1845-1936)». Hacienda Pública Española. Monografía 1 (1994), pp. 189-201. La validez del mecanismo descrito por Pro y por Arenas subsiste, a lo que entiendo, trasplantada a otros tiempos históricos y a una sociedad no predominantemente rural.