sábado, 30 de abril de 2016

UNIDAD SINDICAL Y BIODIVERSIDAD


En los aledaños de un nuevo Primero de Mayo, vuelven las cábalas sobre la unidad sindical. Parece una operación facilísima y de un orden eminentemente práctico: dos grandes centrales comprometidas desde hace años en una unidad de acción sin fisuras, podrían llegar a acuerdos orgánicos que supondrían una mayor agilidad y eficiencia, al evitar la engorrosa duplicación de estructuras.
La cuestión, sin embargo, es más compleja. No se pueden tratar las fusiones sindicales como las bancarias, es decir como un mecanismo de reparto equitativo y puesta en común de recursos financieros, estructuras, servicios y carteras de clientes. ¿Por qué no? Pues porque un sindicato no es, como el banco, una estructura dotada de un endoesqueleto que le sirve de sostén y le facilita el movimiento; que posee órganos propios, tejidos, nervios, circulación sanguínea y metabolismo – todo ello en sentido figurado –; un organismo, en fin, autosuficiente y capaz de desenvolverse y sobrevivir en un entorno ecológico adecuado.
El sindicato es una estructura volcada hacia afuera, su punto de referencia es siempre una vida exterior a sí mismo; si no existen empresas, ni trabajo asalariado, el sindicato no existe. Un proceso de unidad sindical exige, por consiguiente, una fuerza centrípeta surgida del pluriverso del trabajo y capaz de imprimir a toda la organización montada para su defensa un movimiento unitario perceptible, una dinámica inequívoca.
La unidad sindical no desemboca, así entendida, en el monopolio (o la hegemonía) de una sigla sindical determinada, sino en una agrupación plural para la protección de intereses y de expectativas comunes surgida de una amplísima biodiversidad laboral, y cuya aspiración última no es recortar y simplificar esa biodiversidad, sino muy al contrario, expandirla y enriquecerla.
El trabajo es a largo plazo un proyecto de vida; el ahorro, no. Por eso la fusión bancaria puede ser un movimiento táctico a corto plazo y en cambio la unidad sindical debe enmarcarse en el largo plazo, y fraguarse de un modo distinto. No se trata de proteger mejor bienes materiales, sino valores intangibles: profesionalidad, competencia, polivalencia, seguridad, bienestar, futuro, expectativas, derechos. El patrimonio actual o el histórico de las centrales sindicales no debería constituir un obstáculo en el proceso hacia la unidad, desde el momento en que ese patrimonio se ofrece ya desde ahora a una utilización y un disfrute en común por parte de todos, afiliados y no afiliados. Y los acuerdos de unidad que pudieran alcanzarse no se deberían limitar a CCOO y UGT, sino abarcar toda la amplia gama de representantes legítimos y reconocidos de los trabajadores, elegidos y elegibles por ellos. Todos deben encontrar un lugar cómodo y adecuado en las estructuras amplias, democráticas y flexibles de un gran sindicato anclado en la biodiversidad formada por todas las distintas opciones y modalidades de trabajo decente.