lunes, 23 de mayo de 2016

ME APEO DE LA ÉPICA


Leo en las crónicas periodísticas que la final de la Copa fue un partido “épico” e “inolvidable”. Será que a los periodistas les encanta ver saltar por los aires a los futboleros y caer despatarrados sobre el césped en posturas variadas. Tiene un pase que lo llamen épica; me recuerda un cantar de gesta de mis años mozos, hoy en desuso seguramente por mor de la corrección política. Decía así:
«Hemos ganao
el equipo colorao;
el portero medio muerto
y el defensa escalabrao.»
Recia virilidad en la que hemos sido educados. No se me olvidan las instrucciones de un míster que tuve en aquellos años: «o dejas pasar el balón, o al jugador rival; a los dos juntos, nunca.» Todo fluye, según la doctrina de Heráclito, pero las tácticas siguen imperturbables. Y eso que aquel era un equipo de colegio, nada de profesionales dispuestos a la conquista de un trofeo jugando “a muerte”. A muerte del contrario, claro.
Me apeo de la épica.
Algunos psicólogos sostienen que el espectáculo deportivo libera las pulsiones agresivas latentes en el sustrato último del ADN de los cromañones vetustos que somos todavía, y que eso tiene un efecto benéfico en la convivencia. Monsergas. Lo mismo hacían los romanos antiguos en los juegos de gladiadores, y aquello nunca mejoró los estándares de cooperación y solidaridad del imperio.
Si yo quisiera ver gladiadores, me pondría el DVD de aquella de Russell Crowe. Lo que quería ver ayer es fútbol. Y sería imperdonable no dar las gracias a Andrés Iniesta por dar a todos una lección sencilla de cómo es el fútbol y cómo se hace. Sin épica.
 

domingo, 22 de mayo de 2016

O CAMBIO O CAMPANARIO


Válgame dios, y cómo se ha puesto elpais.com al constatar que las encuestas de opinión arrojan resultados opuestos a los previstos por los estados mayores de los partidos. «Irresponsables», editorializa, y subtitula más tonante que Júpiter: «La polarización creada por Podemos y el Partido Popular es falsa y peligrosa para España.»
Primero, también el PSOE está polarizando hasta el extremo su campaña. Segundo, mal puede haber “creado” polarización el Partido Popular desde su posición de absoluta inmovilidad. Tercero, mal puede reprocharse a Podemos que busque aire electoral para salir del rincón donde quería asfixiarlo la tenaza PSOE-C’s. Y cuarto, quien ha repartido a su gusto las cartas para la partida, no puede quejarse de que los demás saquen ventaja jugando unas bazas a las que se había asignado a priori el rol de perdedoras.
Irresponsables son quienes han desperdiciado las posibilidades que les ofrecía el resultado del 20-D porque querían más todavía; no solo un cambio fotogénico, valorable sobre todo en relación con el desastre de los cuatro últimos años, sino además a su entero gusto, con ignorancia o con desdén hacia las fuerzas telúricas (no confundir con las siglas, estoy hablando de las mareas) que están sacudiendo con insistencia el tablero de juego.
No se ha hecho ni siquiera política de campanario, sino política reducida a la disputa por el cuerpo inferior del campanario, dejando salir indemne al PP del apuro donde lo han metido la codicia desaforada y el gusto por la chulería gratuita del ordeno y mando. Ahí están los resultados de tanta cominería por mejorar a base de fotoshop el retrato auténtico del 20-D: crecen las opciones del PP, crece una abstención que favorece también al PP, y las perspectivas del PSOE quedan por detrás de lo que se sitúa a su izquierda. No es una “pinza”, es un juicio sumario de la opinión.
Un porcentaje considerable del electorado sigue indeciso sobre su voto; otro porcentaje, que ha decidido abstenerse en junio, podría cambiar de opinión. Un viraje del PSOE hacia un pacto de todos contra la derecha tendría efectos multiplicadores inmediatos. Hace falta cierta valentía para probarlo, en una organización tan orgullosa de su imagen de marca y que cuida con tanto mimo su proyecto de diseño exclusivo. Pero como le explicó Togliatti a Nenni en ocasión de un cambio de rumbo histórico para Italia, la disyuntiva real está entre el hacer política – ejercicio difícil, pero remunerador en ocasiones – y el hacer propaganda, cosa más sencilla en principio, pero también bastante más aguachiná. La política real tiende al mestizaje; las poses identitarias son más bien propaganda, apta para ser difundida desde los altos campanarios.
 

viernes, 20 de mayo de 2016

TIEMPO PARCIAL Y CONCILIACIÓN


Siguen coleando las declaraciones de Juan Rosell, para quien el empleo fijo «es cosa del siglo XIX». La apreciación resulta chocante y la precisión de siglo bastante paradójica, pero responde a una óptica empresarial, diríamos, “a ultranza”. Hubo un tiempo en que la religión del beneficio imponía a los empresarios tener a su entera disposición una fuerza de trabajo numerosa, dócil y no contaminada por los vientos socialistas y anarquistas procedentes de una Europa atea, obrerista y echada definitivamente a perder. Entonces se construyeron a lo largo de los ríos catalanes fargas y colonias textiles que concentraban a las familias de los trabajadores en las condiciones casi de un convento de clausura, las alimentaban a través de los economatos de la empresa (dándoles en vales una parte del salario, de modo que todo quedaba obligatoriamente en casa), velaban por su reproducción ordenada en paritorios también proporcionados por la empresa y nada gratuitos, dificultaban la entrada y salida de elementos extraños potencialmente subversivos, y celebraban las ceremonias religiosas, de asistencia obligatoria, unidos en una gran familia. Época feliz a su modo, desde el punto de vista de Rosell, pero imposible de reproducir desde los parámetros del siglo XXI.
Aquello era empleo “seguro”, aunque con una dosis alta de violencia de orden cuartelero o conventual sobre las personas de los trabajadores dependientes y sus destinos. Hoy es incompatible con los parámetros de la vida moderna una solución empresarial parecida, pero la subordinación deseable de una fuerza de trabajo sobrecargada de obligaciones y ausente de derechos se consigue por otros medios, también relacionados con la violencia impuesta desde el mando.
Más de 1,5 millones de personas están subempleadas en España, es decir que están contratadas por un horario menor de la jornada legal, y no por elección propia. De ellos, dos terceras partes son mujeres, cifra equivalente a la media en la Unión Europea. Desde el punto de vista de la ley, el trabajo a tiempo parcial ofrece a las mujeres una opción dirigida a conciliar la vida laboral con la atención a la familia, pero en este respecto los porcentajes comparativos con Europa son bastante más diferenciados: un 9,5% de danesas y un 13,4% de holandesas en esa situación desearían trabajar más horas; en España las cifras suben hasta el 54,2%.
Conviene encuadrar estos parámetros en el contexto general. Un subempleo tan elevado se da en España simultáneamente a un desempleo galopante y a una sobrecualificación altísima. Es decir, que una mujer joven (para ir al caso extremo, no es que para el varón todo sean tortas y pan pintado) no encuentra trabajo, y si lo encuentra es por debajo del nivel de estudios y de cualificación que posee, y aun así, por menos horas de las que desearía emplearse.
Menos horas cobradas, en todo caso. Según Elisa Chuliá, investigadora de Funcas y profesora de la UNED, citada en un artículo de Alicia Rodríguez de Paz en La Vanguardia (1), «una parte de estos contratos enmascaran en la práctica horarios mucho más extensos.»
La transparencia de las cifras contrastadas da idea de la dimensión social de las afirmaciones del mandamás de la CEOE. Esta es la realidad del empleo en España: ni fijo, ni justo, ni decente, ni suficiente. Si el empresariado desea asumir la condición de salvapatrias de turno, deberá empezar por hacer examen de conciencia.
Algunos empresarios lo están haciendo ya, desde la cárcel.
 


 

jueves, 19 de mayo de 2016

ESTELADAS EN EL ESTADIO


Me parece sensato pedir que no se lleven banderas a los espectáculos deportivos. Es muy cierto, en mi opinión, que se hace política – la peor clase de política, además: patriotera, chovinista – con el deporte, y que una sociedad sana debería mantener una absoluta o casi absoluta estanqueidad entre las dos esferas. Sería una medida sensata prohibir todas las banderas, enseñas, bufandas y camisetas de colorines que no fueran exclusivamente las que mostraran los colores de los equipos contendientes. O sea, prescindir austeramente de las identificaciones abusivas entre dos sentimientos que tienen poco o nada que ver el uno con el otro.
Desde esta declaración de principios, me parece claro el corolario siguiente: prohibir unas banderas y permitir alborozadamente otras, confiscar las esteladas y propiciar, por ejemplo, la exhibición de banderas rojigualdas con la silueta negra de un toro en el centro, me parece un ejercicio vomitivo de ultraautoridad. Porque entonces el problema ya no es la polarización política de una competición deportiva, sino la decantación forzada del deporte hacia unos terrenos políticos determinados, con cláusula de exclusividad. Ya no es la preservación de la pureza de un ámbito al que concurren en libertad personas de distintas lenguas, razas, sensibilidades y creencias, sino la exclusión de algunas de esas lenguas, razas, etc., de un contubernio político-deportivo reservado a otras.
Me parece bien que el señor Puigdemont no acuda al estadio del Manzanares, pero no por la prohibición de las esteladas sino porque su presencia institucional no tenía ninguna significación reconocible en ese lugar. Otro tanto cabe decir de la señora Díaz. Y por la misma razón, me parece mal que acuda SM el rey Felipe VI, y peor aún que adorne con su nombre (su nombre solo, ya que no es él quien lo financia) el trofeo en disputa. Vaya al fútbol en buena hora de todos modos si es su gusto, y ocupe su lugar en la tribuna, porque esa libertad no se debe quitar a nadie; pero no se queje él, ni se quejen otros, de que su presencia sea abucheada por un sector de la grada.
Donde no existe unanimidad, no es lícito fabricarla de forma artificial desde la autoridad gubernativa; esa es la regla del juego. En democracia, claro.
 

miércoles, 18 de mayo de 2016

DÍA DE LOS MUSEOS


Hoy vuelve a ser el día internacional de los museos. La significación de la fecha es un poco enigmática: no hay crisis en los museos, constantemente se abren nuevas salas y los visitantes crecen, sin la necesidad de promover una celebración de orden institucional. Tampoco es decisivo el hecho de que en este día no se cobre el óbolo acostumbrado; hay otros días al año en los que sucede lo mismo, sin contar con las tarifas especiales de los días corrientes para nosotros los jubilados, para los niños menores de X años, para los estudiantes, y otras categorías aún.
Los museos se han democratizado. Fueron lugares donde las elites culturales acudían a recogerse en meditación y en trance; se consideraba entonces que los "templos de las musas" resumían la belleza y el saber creados por la humanidad a lo largo de su devenir. Los museos almacenaban lo más exclusivo y valioso del arte “mueble”, transportable, incluidos algunos forzamientos del concepto, como los frisos del Partenón arrancados de su lugar original por Lord Elgin y trasplantados al British Museum de Londres. El recorrido sacramental por los diez o doce grandes museos del mundo se completaba en el siglo XIX, para algunos espíritus selectos y bien provistos de numerario, con el Gran Viaje a Italia y Grecia para contemplar in situ las obras maestras “inmuebles” supervivientes de la única antigüedad oficialmente reconocida y valorada.
Los avances tecnológicos arruinaron tanta pretensión aristocrática. Primero fueron las exploraciones geográficas y los progresos de la arqueología científica: Egipto y Mesopotamia, China y Japón, la América precolombina, el arte negro, las culturas polinésicas, fueron sumándose al catálogo de las obras maestras consideradas representativas de la aventura humana; luego tomaron el relevo la fotografía y otras formas de reproducción mecánica. Detalles inapreciables a simple vista de un conjunto artístico valorado hasta entonces únicamente como globalidad, por ejemplo el ángel sonriente de la catedral de Chartres, pasaron a tener una vida propia y una consideración separada de su entorno. La ampliación fotográfica permitió apreciar los primores de ejecución de elementos minúsculos, como estatuillas, dijes y sortijas. Así se fue constituyendo, en expresión de André Malraux, un «museo imaginario» que abarcaba mucho más de lo que podía ofrecer el mayor, el más completo de los museos existentes. Hoy, por medio de Internet, no hay prácticamente ningún rincón de la historia del arte universal que se sustraiga a la contemplación detallada de un público interesado.
Entonces, los museos han contraatacado reinventándose a sí mismos. Conscientes de la imposibilidad de ofrecer el súmmum, la cifra total de una humanidad-río tan extendida como contradictoria, se ocupan de extender la información complementaria sobre la muestra artística que exponen; ubican las obras de arte en su contexto técnico y social, exponen el lugar que ocupan en las grandes líneas de avance de la cultura. Han proliferado en los museos los paneles explicativos, los gráficos, los mapas, los vídeos de apoyo. La visita ya no es la comunión devota del espectador transido con un gran arte intemporal, sino un espacio privilegiado en el que interactúan el presente y el pasado, la observación fructífera y la memoria histórica.
Feliz día de los museos a todos y todas.
 

martes, 17 de mayo de 2016

ADIÓS AL TRABAJO FIJO


Lo ha dicho Juan Rosell, el patrón español de patronos: el trabajo fijo y seguro no es de esta época. No se trata de una profecía, sin embargo; más bien, de un aviso a navegantes.
En efecto, no aparece en tal declaración novedad alguna en relación con lo que es ya una tendencia consolidada en el mercado de trabajo español. Hoy se está contratando para una semana, para un fin de semana, en casos extremos para ocho o diez horas, incluso para menos. La duración media de los contratos por tiempo definido o a tiempo parcial se va acortando progresivamente; los contratos indefinidos se han convertido en una rareza, y lo último que puede decirse de ellos es que constituyan la base de empleos “seguros”.
Resulta más que dudoso, sin embargo, que tal circunstancia tenga nada que ver con la digitalización de la economía. Es la asociación de ideas que Rosell ha pretendido establecer, en la presentación de un estudio elaborado por Siemens y la consultora Roland Berger sobre la transformación digital en curso de la producción de bienes y servicios, y las sorpresas mayúsculas que este nuevo paradigma tecnológico va a generar en el mundo de la economía.
Rosell ha hecho mención de dos realidades distintas, y ha situado conceptualmente la una, el fin del trabajo fijo, en la estela de la otra, la transformación digital. Es ahí donde los datos no cuadran. La transformación digital apenas está llegando; el empleo precario es ya una realidad asentada. Lo uno tiene poco que ver con lo otro. Es cierto que nuevas formas de producir, en particular las soluciones robóticas aplicadas a los procesos industriales y a la prestación de determinados servicios, están generando pérdidas netas de empleo en los países industriales más avanzados; no lo es, que tal percepción se dé en el caso de España.
Es plausible la necesidad que predica Rosell de una inversión mayor en I+D por parte de las empresas, de una mejor formación profesional y técnica, de unas estructuras aptas para el reciclaje permanente de la fuerza de trabajo, de una revolución en los estudios universitarios. También lo es, aunque esto no lo predica Rosell, la necesidad para los sindicatos de un ajuste drástico en sus saberes, de una reformulación a fondo de sus prácticas, y de una refundación de su legitimidad y su representatividad.
Pero el enemigo no es la transformación digital; esta va a ser el terreno de juego. El enemigo es la financiarización de la economía, la entronización del beneficio privado e inmediato como único dios moderno, y la desigualdad rampante que estas premisas, inescrupulosas y jamás puestas a examen y discusión por las autoridades políticas y económicas nacionales y transnacionales, está provocando y ahondando día a día en una sociedad fragmentada y desasistida.
No es el trabajo fijo el desiderátum de la sociedad del siglo XXI, sino el trabajo digno. Tener que ganarse todos los días de nuevo el empleo es un esfuerzo duro pero asumible, en el caso de que la recompensa valga la pena. Pero no es empleo cualificado y bien remunerado lo que se ofrece. El signo de nuestra época es, por el contrario, la oferta a la baja de empleos basura, en ocasiones con exigencias añadidas insufribles o degradantes, y siempre remunerados con microsalarios insuficientes para subsistir.
No estamos entonces en un contexto digital, sino más bien preindustrial. Cuando Rosell habla de ese modo en nombre del empresariado de nuestro país, debe saber bien cuál es la calaña de lo que se agrupa detrás de él. Cuando afirma que el trabajo fijo y seguro es un concepto propio del siglo XIX, tiene que asumir que entonces también existía la prisión por desfalco, fraude, simulación y alzamiento de bienes.
Con bastante mayor rigor, incluso, que ahora, en la modernidad invocada por Rosell.
 

lunes, 16 de mayo de 2016

SOLIPSISMO


Ayer domingo, Pedro Sánchez presentó en Barcelona a su equipo de gobierno para después de las elecciones. Quizás no era el mejor día; coincidía con la celebración del GP de Fórmula 1 en Montmeló, con la resaca del macroconcierto del Boss Springsteen la noche anterior, con la rúa del Barça como flamante campeón de la Liga de fútbol, y con otros eventos aún, de un orden más global, tales como el Festival de Eurovisión y la finalísima europea del baloncesto.
Obviémoslo, y obviemos también la calidad intrínseca indudable de todos o cuando menos muchos de los ministros en la sombra presentados en público. El acto en sí es un disparate político. Ayer mismo también se celebraba otra cosa, el quinto aniversario de la protesta pública masiva conocida como 15-M. No estoy hablando de Podemos, sino de los Indignados. Un movimiento de base, una “marea”, que fue olvidado o desdeñado por completo por los comparecientes en el acto.
Quien ejerce el oficio de político tiene, sin embargo, cierta obligación de contrastar sensibilidades, y de percibir cómo va a ser interpretado por su clientela fiel, y más allá de esta por la potencial, un determinado acto desarrollado en un contexto real, con independencia de que en las condiciones de laboratorio haya sido evaluado como positivo.
Presentar en público un equipo de gobierno que nunca va a gobernar como tal equipo por la ausencia clamorosa de las condiciones que serían necesarias para que ello fuera posible, es un acto de solipsismo. El solipsismo, como se sabe, es la actitud del sujeto consistente en suponerse como existente únicamente a sí mismo (solus ipse), y en prescindir por consiguiente de toda la realidad restante que bulle en torno.
Un primer ejercicio mental necesario para proceder a un acto como el de ayer, es dar por sentado que sigue vigente el bipartidismo. No ha existido la fragmentación del electorado constatada el pasado diciembre; no harán falta pactos, programas conjuntos ni concesiones para llevar a cabo la tarea de gobierno que se avizora; solo es preciso vencer al PP desde el proyecto socialista en solitario. Nunca se ha producido la convergencia con C’s a partir de unas medidas asumidas conjuntamente y que se deseaba extender a otras opciones políticas, a la derecha y a la izquierda. Todo está olvidado, aunque solo para el sujeto convocante, puesto que el electorado tiene buena memoria y no se mama el dedo.
Un segundo ejercicio mental parte de la suposición de que no existe el “abajo” (por no hablar de la izquierda), que no existió el 15-M, y que el desiderátum de una ciudadanía dócil y civilizada es un gobierno decente, competente, paritario y socialista. Un corolario de esta suposición planteado con mucha claridad en el acto de Sánchez es que la gestión honesta de lo existente, y no el cambio en un sentido de la palabra situado bastante más allá de la cosmética, es todo el horizonte abarcado por el imaginario colectivo de esta sociedad. Las medidas económicas de Jordi Sevilla, por poner un ejemplo; el alineamiento inequívoco con la Comisión Europea y sus imposiciones. Etcétera.
Este segundo ejercicio excede ya con claridad los límites del realismo. Basta para percibir la necesidad de corregirlo con echar una ojeada a los últimos sondeos de opinión.
Y el tercer ejercicio mental, el más difícil de todos, es el autoconvencimiento de que tal propuesta política surge de una fuerza tranquila, unida, asentada con solidez sobre sus principios centenarios, y exenta de contradicciones y conflictos internos. Un PSOE bienaventurado, situado más allá de avatares y de polémicas contingentes, en cuyo poso de experiencias se asienta la verdad última de la acción política. Un PSOE, en suma, que no necesita “convencer” a un electorado esquivo y cuyos apoyos electorales no registran una peligrosa parábola descendente, sino del que más bien se espera que tenga a bien verter un bálsamo benéfico sobre las crismas receptivas de una ciudadanía ya convencida de antemano.
Sobre esas tres premisas parece que va a jugarse el PSOE sus expectativas electorales. De aquí a mes y pico, todos podremos ver el resultado.
 

domingo, 15 de mayo de 2016

JUSTICIA ORIENTADA


La justicia no es ciega, solo cegata. Y en la actual era tecnológica cuenta con sensores muy sofisticados que ayudan a orientarla en el laberinto de la casuística. La orientan, claro, no en todas direcciones de la rosa de los vientos, sino en un sentido determinado. Conviene discriminar con esmero en estos asuntos; saber, como decía Ana Botella, cuándo son peras y cuándo manzanas, y cuidar de no meterlas todas en el mismo cesto.
Así, sabemos que unidades especializadas de la Policía están peinando escrupulosamente los mensajes electrónicos cruzados hacia el año 2001 por diversos grupos anarquistas, en busca de pruebas de que Pablo Manuel Iglesias Turrión incurrió en algún momento en el delito de apología del terrorismo. El material ya fue examinado en su momento sin que se encontrara nada relevante ni significativo; la nueva significación de cualquier manifestación ambigua y genérica de simpatía hacia ETA vendría dada ahora por la condición del investigado como candidato a la presidencia de un Gobierno que la derecha caciquil considera patrimonio privado suyo.
En Canarias, la colusión probada entre el ministro José Manuel Soria y el empresario Miguel Ángel Ramírez ha tenido un rebote peculiar, y desde luego orientado: ex ministro y empresario acusan de prevaricar a la jueza que instruyó el caso y que, casualidades de la vida, dejó su puesto para aspirar a una carrera política en las filas de Podemos.
También puede hablarse de rebote orientado en el caso de Brasil. La evidencia de la corrupción desmesurada de Eduardo Cunha, presidente del Congreso, ha sido contraatacada victoriosamente con el impeachment de la presidenta Dilma Rousseff, ajena a todo el afer pero culpable de irregularidades contables en algunos apuntes presupuestarios. Todo un parlamento pringado de chapapote de Petrobras ha utilizado los argumentos más jesuíticamente hipócritas para deshacerse de la presidenta. Pueden ver ustedes los detalles del asunto en un artículo memorable de Javier Doz en Nueva Tribuna.
El fenómeno no se limita a cuestiones de campanario. Los “papeles de Panamá” han causado un revuelo considerable en el mundo financiero global. Ha habido que tomar medidas de varios tipos, entre ellas judiciales. Se han tomado en dos direcciones: la primera, tendente de forma genérica a mejorar la transparencia en cuestiones de circulación irregular de capitales; la segunda, dirigida de forma concreta a penalizar con severidad las filtraciones que vulneran el secreto inviolable de los movimientos patrimoniales.
Es decir, que la justicia se orienta a fomentar la transparencia de un lado, y a proteger la opacidad del otro. Se pedirá a los evasores un poquito de por favor, y se empapelará sin piedad a quienes los denuncien.
 

sábado, 14 de mayo de 2016

MALO PARA LA ECONOMÍA


Christine Lagarde, la mandamás del Fondo Monetario Internacional, ha advertido en un tono oficial y solemne de que la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea, el “Brexit” que se debe dilucidar en unos días mediante un referéndum, sería una opción entre “bastante mala” y “muy, muy mala” para la economía global.
La creo a pies juntillas, no pretendo impugnar el dictamen de una experta, pero ¿qué es, en sustancia, la “economía global”? En último término, cuatro macroindicadores porcentuales y mucho trasiego en los fondos virtuales de las bolsas acreditadas y las entidades bancarias de copete. Llámenme cazurro si gustan pero pudiera ser, disculpen la herejía, que lo rematadamente malo para la economía global tuviera, en cambio, bondades imprevisibles para nosotros los humanos. No me meteré para afirmarlo en silogismos de once varas, pero con la que está cayendo viene a cumplirse con pasmosa exactitud la proposición contraria: a saber, que lo que es bueno para la economía global exige una y otra vez sacrificios sin cuento, desempleo y recortes de servicios y de pensiones para la ciudadanía en general.
Apelemos más bien al futuro de una Europa unida, una Europa de los pueblos, que sea un foco de civilidad y de fraternidad capaz de iluminar los recovecos sombríos de la aldea global con una luz más atractiva. Situemos, en la línea del laborista Jeremy Corbyn, un ideal nuevo en las entrañas del mercantilismo descarnado que representan los actuales tecnócratas impulsores de la gobernanza de la cosa. Defender Europa significa en primer lugar defenderla de la Comisión Europea, es así de simple y de crudo. Y cuando se tiene que optar entre el Sí y el No en un referéndum, que también es un instrumento democrático, debería quedar bien claro que un Sí a Europa desde abajo a la izquierda, es al mismo tiempo un No al artificio etiquetado como Europa por los acólitos y los voceros de la economía global, esos herederos espirituales patosos y gafes de los vendedores de crecepelos milagrosos de las ferias del Medio Oeste.
 

jueves, 12 de mayo de 2016

FILLS EN COMÚ


Así se llamará, según un tuitero, un nuevo partido que tendría la intención de fundar Anna Gabriel, educadora social, jurista y diputada por la CUP en el Parlament de Catalunya. Gabriel expresó en una entrevista en Catalunya Ràdio su insatisfacción por las carencias que a su juicio presenta la familia nuclear que constituye el paradigma de las actuales sociedades avanzadas, y reivindicó un tipo de educación más colectivo, sin roles marcados de género y con un reparto comunitario de las tareas, como en las épocas en que todos los hijos lo eran, no de sus padres biológicos, sino de la “tribu”.
Por alguna razón no inocente, sus razonamientos han saltado a las portadas de todos los medios, tergiversados y ridiculizados. Como si estuviera proponiendo un retroceso desde la modernidad al salvajismo primigenio. Entre tanto rasgarse de vestiduras, el chiste tuitero es casi una flor. Otro espontáneo ha añadido que Pablo Iglesias se apresurará a pedir una confluencia con la nueva formación.
Cuando hayan acabado ustedes de reírse de tanto ingenio, quizá podamos empezar a admitir que tenemos un problema comunitario con los hijos. No es solo el mal funcionamiento social de la célula familiar, el reparto desigual de las cargas, la dejadez o en el extremo contrario el rigor excesivo, los abusos, las amenazas, los maltratos de obra, a veces revertidos por hijos problemáticos en el maltrato a padres ancianos o a abuelos.
El problema no está solo en el secreto del sancta sanctorum privado e intocable del círculo familiar; lo está también en la irresponsabilidad utilizada por las esferas públicas como principio fundamental de la gobernanza en estos asuntos. Los hijos, y su educación como antesala y preparación para la vida social, son algo que no preocupa al poder; la educación es esa partida de los presupuestos que tiene todos los números del sorteo cuando se rifa un recorte drástico. La vida social, en consecuencia, se resiente. Se suceden las generaciones perdidas, los ni-nis, y cuando los nietos alcanzan la mayoría de edad no tienen otro horizonte que el de sumarse a sus padres en la okupación pacífica o tumultuosa de la casa y la libreta de las pensiones de los abuelos. La falta de trabajo estable, otra flor brotada en el mismo prado, se suma al hacinamiento de unas personas que no disponen de la habitación propia que reivindicaba la escritora para asentar su autonomía.
No es seguramente el hábitat más deseable para el despegue tanto económico como cultural que auguran nuestros oráculos liberales. La presión social empuja hacia abajo con más y más fuerza; no hacia lo alto. La enérgica acción social de la iglesia católica tampoco está dando los frutos que se podían esperar de ella, tal vez porque canaliza más recursos hacia los energúmenos colocados en los medios de comunicación de su propiedad, con el fin de defender unas ideas, no exactamente propias de la tribu, pero sí de la caverna; y en no menor medida, porque su política educativa está gravemente lastrada por la presencia ubicua de depredadores de inocencias infantiles, protegidos por el silencio espeso de la jerarquía.
No es cosa de risa, entonces, buscar alternativas a los modelos de paternidad, de religión y de educación consagrados por los usos y las costumbres. Y tampoco es ninguna barbaridad poner en común, cuando no los hijos, sí la preocupación por los hijos, por parte de la comunidad social. De la ciudadanía.
 

miércoles, 11 de mayo de 2016

CAER EN LA RATONERA QUE UNO MISMO HA FABRICADO


¿Pero qué pinza?, me pregunto al leer el siguiente titular de elpais: «El PSOE intentará sobrevivir a la pinza entre Podemos y el Partido popular.» ¿Ven fantasmas Anabel Díez, Francesco Manetto y Javier Casqueiro, firmantes del artículo y responsables, se supone, del titular?
Ven fantasmas, en efecto. El artículo comienza así: «Mariano Rajoy y Pablo Iglesias quieren convertir las elecciones del 26-J en una segunda vuelta del 20-D.» Vaya sorpresón. Independientemente de lo que quieran Rajoy e Iglesias, ¿de qué otra manera puede definirse el 26-J sino como una segunda vuelta del 20-D? Una segunda vuelta en la que los partidos concurrentes deberían esforzarse en prescindir de floreos retóricos y renovar o afilar las ofertas hechas entonces al electorado, so pena de ver gravemente erosionada su candidatura.
Pero a todo esto, ¿dónde está la pinza? Así la explican los tres periodistas: «Las estrategias no coordinadas del PP y Podemos coinciden en hacer del PSOE el adversario al que se le pondrán las máximas exigencias y condiciones pero como un actor secundario.» Vale la precisión de que las estrategias de Rajoy e Iglesias “no están coordinadas”; sostener que sí lo están, habría remitido a los tres autores al Psiquiátrico por un ataque furioso de paranoia. Pero si se examina su argumentación, resulta claro que la “coincidencia” entre PP y Podemos-IU (sigue elpais su línea habitual de ignorar la presencia y el protagonismo, poco o mucho, de IU) se reduce a que se consideran recíprocamente como el enemigo principal, mientras que tanto PSOE como C’s han quedado, por el momento, arrinconados en un ángulo del ring en el segundo asalto de este largo combate de catch a cuatro.
No es una pinza, es una mera consecuencia de lo que ha ocurrido antes. No hay ninguna pretensión maquiavélica, por parte de nadie, de considerar los comicios de junio una segunda vuelta de los de diciembre: es la realidad misma. En diciembre, Sánchez se propuso sacar el mejor partido posible de su condición de second best capaz de atrapar voluntades en ambas direcciones del espectro político. Es un hecho que fracasó en el intento por la falta de recorrido de su intento de forzar a Podemos y sus secuelas a un papel de comparsas, mientras Rivera ejercía de invitado estrella de la comandita.
Sánchez debió haber intuido entonces que un fracaso tendría consecuencias, y esforzarse más en alcanzar un pacto de gobierno o de investidura que habría agradado a todos; pero se cerró en banda, confiado en poder echar las culpas de la falta de consenso a Pablo Iglesias. Es lo mismo que sigue predicando ahora: «Iglesias no quiere gobernar sino ganar al PSOE.» Un pobre intento de transferencia de responsabilidades. Ocurre que Sánchez, Ferraz y sus portavoces oficiosos en elpais sa, se han dado cuenta de pronto de que su estrategia fallida en primera vuelta puede condenarles a la irrelevancia en la segunda.
Quisieron cambiar el gobierno pero dejar intacto el sistema. La consecuencia es que el votante escarmentado percibe que votar al PSOE no es solución para nada de lo que está en juego. Fabricaron una ratonera para atrapar en ella a lo que se movía a su izquierda, y corren el riesgo de meterse por su propio pie en esa misma ratonera.
La prueba de que no hay pinza es la novedosa propuesta de Iglesias de aunar fuerzas para ganar el Senado con candidaturas conjuntas. Desde el PSOE han contestado con un seco “no, gracias”, y recordado que ellos tienen un proyecto autónomo. Harán bien en reflexionar sobre las características y los límites de ese proyecto, y de reconsiderar su negativa a desalojar de una vez por todas a los populares de las posiciones de fuerza en las que están atrincherados. (¿Hay que recordar que el Senado está sirviendo de refugio idóneo para aforados perseguidos por corrupción, como Rita Barberá?). La alternativa “autónoma” del PSOE a unas candidaturas conjuntas con los radicales, los extremistas y los amateurs de la política, puede tener resultados bastante peores. Para el PSOE y para el país.
 

martes, 10 de mayo de 2016

RADICALES, EXTREMISTAS Y AMATEURS, ABSTENERSE


Dicen que la alegría dura poco en la casa del pobre; que es planta delicada, y únicamente florece y perdura en la casa del rico; de preferencia, en la del muy rico. El dicho se ha cumplido en relación con la presidenta brasileña Dilma Rousseff. Después de que el corrupto presidente anterior del Congreso, Eduardo Cunha, pillado in fraganti en los tejemanejes de la empresa “pública” Petrobras y finalmente destituido, pusiera en marcha el ventilador como último recurso, su sucesor en el cargo había tomado la decisión de atender a los reparos esgrimidos por la Abogacía General del Estado acerca del quebrantamiento repetido de las garantías democráticas en la votación del Congreso que puso a Dilma contra las cuerdas. La decisión le ha durado al nuevo mandatario veinticuatro horas. La “persuasión amistosa” ejercida desde su propio partido y, se supone, desde otros centros de poder real más recatados, le ha convencido rápidamente de que las garantías constitucionales son pamemas de tiquismiquis, y de que lo indicado es no dar respiro a la presidenta ahora que la tienen acollada.
Nos sorprendemos ingenuamente al ver que también fuera de nuestras fronteras (dentro, ya sabemos que pasa de todo y más) están en vigor triquiñuelas que creíamos propias de nuestra españolidad más genuina, como el recurso al ventilador o el atropello de las garantías democráticas. Pues no señor, la patente no es nuestra, aquí no se inventa nada, todo es de importación. Puede afirmarlo con la cabeza muy alta don Vicente Martínez Pujalte, diputado del PP y experto en ventiladorismo, que ayer mismo se ha visto atrapado en el enésimo primero caso de corrupción pepera que destapa la Fiscalía.
Tampoco las puertas giratorias son privativas de nuestra particular idiosincrasia. La ex comisaria europea Neelie Kroes, neerlandesa, ha pasado hace pocas fechas a ser directora de estrategia de la multinacional Uber, sin haber tenido siquiera el escrúpulo de esperar el cumplimiento del plazo fijado por las antañonas leyes garantistas para pasar del negocio público al negocio privado. Ha solicitado, eso sí, permiso a las autoridades pertinentes para saltarse las normas a la torera, y las autoridades pertinentes se lo han concedido con sumo gusto. Como en una docena larga de casos anteriores, similares. No es un secreto para nadie que la crema del comisariado europeo procede del vivero de la gran empresa, y se toma el cargo público como un master de relaciones sociales que añadir a su currículum personal para, una vez concluido el mandato, regresar con premura a la esfera del negocio puro y duro luciendo un galón más en las hombreras virtuales.
No solo son casta, son la elite de la casta, los putos amos. Atropellar los derechos ajenos es su diversión de fin de semana. Y conservan celosamente la exclusiva de sus contactos en las diversas cumbres, de sus relaciones importantes tanto patentes como ocultas, de sus afinidades electivas, de sus tres por cientos jugosos, y de sus suntuosos áticos con vistas.
No es de extrañar que les disgusten los advenedizos. Lo ha dicho, en representación de toda la casta desfachatada que no nos representa, el (ex) presidente del Gobierno (en funciones) del país, don Mariano Rajoy Brey: «Este no es país para extremistas, radicales y amateurs de la política.»
Pues como decía el viejo chiste, “nos ha jorobao el profeta”.
 

lunes, 9 de mayo de 2016

ENTRE EL ERASMUS Y EL BALONCESTO

Ayer se produjo un aluvión de buenas noticias. Voy a hacerlo al revés: solo citaré de pasada dos más importantes, y me detendré en otras dos, mínimas si se quiere, pero muy confortantes.
La noticia más importante ha sido sin duda la anulación del proceso de impeachment a Dilma Rousseff, presidenta de Brasil. La acusaban de implicación en el “afer” de Petrobras, y el impulsor de la medida, Eduardo Cunha, recién destituido de la presidencia del Congreso, era desde detrás de las bambalinas el principal culpable de la corrupción. En la votación parlamentaria se vulneraron varias garantías democráticas. El asunto habrá de ser examinado de nuevo, desde un enfoque menos prepotente y más civilizado. Buena noticia.
También es importante el acuerdo alcanzado por Podemos e IU para ir juntos a la repetición electoral de junio, en base a un programa común. Los resultados serán luego los que sean, pero en principio es una prueba de sensatez aunar fuerzas en el territorio de la izquierda cuando en el gobierno soplan los vientos que están soplando. Buena noticia, también.
Prestemos ahora atención al microcosmos. Mamma Erasmus, Sofia Corradi, consultora científica para las relaciones entre las asociaciones de rectores de las universidades europeas, va a recibir en Yuste el Premio Europeo Carlos V, por haber sido la principal impulsora de las famosas becas universitarias Erasmus. Si Marx consideraba, según asegura mi amigo Javier Aristu, que un solo paso de movimiento real vale más que una docena de programas, ahí tienen ustedes el paso de movimiento real que andaban buscando. Las becas Erasmus han hecho más por la hoy tambaleante Unión Europea que toda la peste de comisarios y adláteres que han paseado, pasean y pasearán sus sonrisas autosatisfechas, sus recetas macroeconómicas y sus rescates bancarios por Bruselas. Leo que muchos ex becarios caídos en feliz contubernio ponen a sus retoños los nombres de Erasmus o Erasmina. Es un indicio feliz, y el reconocimiento universal a mamma Sofia, una medida justa y benéfica.
Me detengo en particular en la cuarta noticia. Mi hermano José María tuvo en vida la extravagante pasión periférica de ejercer de entrenador de baloncesto en las categorías infantiles y juveniles. Invirtió en el tema un montón de esfuerzos y de tiempo libre y no tan libre, y recibió a cambio el cariño incondicional de varias levas de baloncestistas amateurs.
Con él hablé muchas veces de Pepu Hernández, el hombre que condujo a la selección española absoluta al título mundial en el año 2006. El sábado pasado, Pepu, retirado desde 2012, acompañó a sus hijas mellizas Claudia y Candela al Polideportivo de Hortaleza, donde el equipo de su colegio, el Ramón y Cajal, había de competir en la Liga escolar. La entrenadora tuvo una indisposición, no se presentó a la cita y, como no aportó las fichas y documentos exigibles, el partido fue dado reglamentariamente por perdido a sus pupilas.
Pero el árbitro calló la circunstancia e hizo que el partido se jugara de todos modos, para no castigar a las niñas, además de la derrota, con el castigo mucho peor de la frustración. Quien no haya asistido a los entrenamientos y los partidos de uno cualquiera de la miríada de equipos aficionados de nuestro país, no conoce la fuerza del veneno de la afición y del deseo de superación, en los/las deportistas de pocos años.
Era necesario un responsable para poner orden desde el banquillo. Y el gran Pepu se despojó de la americana, se arremangó la camisa e impartió de forma improvisada su sabiduría a las chicas del Cajal. No se pudo hacer gran cosa en la ocasión; además de tener la decisión reglamentaria en contra, el partido real también lo perdieron. Pero la vieja norma de Coubertin, que dice que lo importante no es ganar sino participar, brilló en Hortaleza como en pocas ocasiones en el firmamento del deporte.
Gracias a Dilma, a Pablo Echenique y Adolfo Barrena, a Sofía Corradi, y al siempre modesto y elegante Pepu, por el día de ayer.
 

DESAMPARADO


No es fácil volver del sol deslumbrante de Grecia al cielo turbio y el pavimento mojado de Barcelona. Los momentos peores son las despedidas, como me dijo mi nieto Mijail cuando los dos nos esforzábamos en mantener en alto los pabellones respectivos: yo le explicaba lo pronto que vamos a volver a vernos, ahora que el verano está a punto de reventar una primavera tonta, y él me respondía que tiene aceptado vivir así, encontrándonos y separándonos cada pocos meses, porque él tiene el colegio en Egaleo y nosotros la casa cerca del Paseo de Gracia. A Carmen le entregó un gran corazón de papel recortado, pintado de rojo encendido y con la leyenda: «Para la mejor adia thel munto.» Tiene la ortografía aún vacilante, quería escribir “avia” pero no acertó la letra equivalente, y se esmeró en escribir “del” a la inglesa y “mundo” como suena en griego. Fue, en todo caso, un esfuerzo inaudito para él, que prefiere mil imágenes antes que una palabra.
He pasado las hojas muertas del calendario al volver a mi escritorio, y he descubierto que hoy es la fiesta de Nuestra Señora de los Desamparados. Muy apropiado, pienso mientras concluyo estas líneas escritas sin ganas a la luz de la lámpara, porque a las diez y media de la mañana no entra por la ventana luz suficiente para trabajar.
Vendrán días mejores, y también gobiernos. Aunque en los momentos malos, «les jours de vague à l’âme et de mélancholie», parezca otra cosa.
 

viernes, 6 de mayo de 2016

POR QUÉ Y PARA QUÉ SON ÚTILES LOS SINDICATOS


Nunca ha estado del todo clara la utilidad de los sindicatos, ni siquiera en una sociedad organizada a partir del trabajo. Se ha criticado su corporativismo, su visión parcial y en cierto modo egoísta de las necesidades sociales, su vocación defensista, su promoción del conflicto social como método; y de forma más global dentro de la teoría de la izquierda, se ha señalado su carácter subordinado y de alguna manera ancilar (la correa de transmisión) en relación con la primacía jerárquica y la ambición prometeica de los partidos políticos.
La cosa ha ido a peor desde que se arrumbó el trabajo como principio organizador de la sociedad y como motor de la economía, para hacer descansar en el emprendimiento creativo la generación exclusiva de valor económico. Se ha puesto en cuestión no solo la función del trabajo, sino la de la solidaridad, e incluso en último término la de la sociedad. Margaret Thatcher declaró que la sociedad no existe en la realidad material: ella solo veía individuos, en competencia cerrada unos con otros. Pudo ser simplemente una ocurrencia, pero los mercados se aferraron a ella. Si todo se reduce a individuos que compiten de forma despiadada entre sí, el éxito de unos conlleva el fracaso de otros, y a largo plazo el progreso de las elites implica el retroceso de las masas. Lo llaman darwinismo social, una variante neomoderna de la teoría de la supervivencia de los más aptos.
Es obvio que el sindicalismo no tiene cabida en este esquema; si solo existen los individuos, cada cual debe ayudarse a sí mismo, y los débiles, los enfermos y los ignorantes están condenados a la desaparición. El papel de los sindicatos, según los argumentarios vigentes en el Eldorado neoliberal, es retardatario puesto que estimula la pereza y disminuye la productividad de la fuerza de trabajo al nivelar por lo bajo las remuneraciones y sofocar la creatividad y la diligencia de los operarios más dotados o activos.
Frente a marcos mentales tóxicos de este tipo, son muchos los estudiosos que señalan, datos y gráficas en mano, el papel histórico fundamental que han jugado los sindicatos en una redistribución más igualitaria de las rentas y en la cohesión social frente a la disgregación progresiva generada bajo el paradigma neoliberal. Una pieza destacada en esta orientación es el trabajo de R. Wilkinson y K. Pickett, “La importancia del movimiento sindical en la reducción de la desigualdad” (ver http://pasosalaizquierda.com/?p=875). Hay ejemplos más próximos y recientes, como el de Juan Torres López (ver http://juantorreslopez.com/impertinencias/para-que-sirven-los-sindicatos/).
Mi problema entonces es que me parece demasiado corto el radio de acción trazado por estas argumentaciones de las bondades del movimiento sindical. Limitar la utilidad del sindicato a un reparto más igualitario de la riqueza viene a ser una manera de convertirlo en funcional a un sistema económico, el capitalista, necesitado de correcciones y ajustes para desplegar sus virtudes positivas. El sindicato sería como el contrafuerte que se añade a un muro a fin de evitar el pandeo; como los frenos de disco o el airbag incorporados a un modelo velocísimo de automóvil con la intención de mejorar la seguridad y prevenir desgracias.
El sindicato no es solo eso: es una disfunción efectiva en el corazón del capitalismo. Tienen razón quienes, desde la lógica de la propiedad y el beneficio privados, lo consideran un estorbo o, peor aún, un enemigo. Lo es. La lógica del sindicalismo está situada en otra órbita: la de la democracia política en crudo y sin andadores tecnocráticos, la del conflicto como vía de progreso compartido, la del trabajo digno como eje vertebrador de una sociedad solidaria, la del avance progresivo en la humanización de las relaciones sociales como horizonte para alcanzar, en el largo plazo, el final de todas las formas de explotación de unas personas humanas por otras.
Para todo ese programa máximo, la centralidad y el protagonismo del sindicato me parecen imprescindibles.
 

jueves, 5 de mayo de 2016

PLACER ESTÉTICO Y CANON CULTURAL


Añora Joan Marsé en una entrevista la época feliz de su iniciación a la lectura, cuando una inocencia cultural absoluta le hacía disfrutar por igual de las historias de R.L. Stevenson y de J. Mallorquí. Según el canon cultural occidental (el establecido por Harold Bloom, por ejemplo), estaba cometiendo un pecado de falta de gusto, pero Juanito Marsé desconocía el canon cultural de Bloom o cualquier otro, y repartía de forma equitativa su entusiasmo estéticamente virginal entre el Coyote y la Isla del Tesoro.
Lo malo de los cánones de lectura más renombrados y empingorotados, es que ni es posible leer todo lo que se publica, ni es probable que haya alguien capaz de disfrutar todas las bellezas múltiples y contradictorias incluidas en un canon determinado. Por un lado tenemos a un lector normal como Eduardo Mendoza, que estima que la mayoría de lo que ofrece el mercado es una birria; por otro, a una lectora de talante y talento enciclopédico cuyo nombre no he llegado a registrar, y que nos anima desde las páginas del diario a ahondar en el conocimiento de todo lo que forma parte de la amplísima variedad de culturas del mundo, desde los guaraníes, por ejemplo, hasta los mongoles, un decir. Semejante esfuerzo lector serviría para equilibrar  nuestro eurocentrismo innato, y ofrecernos una visión más policultural de la realidad. Dudo que el resultado valga la pena en algún sentido.
Cambiando de arte, está el problema de que unos compositores de música aborrecían lo que creaban otros, mientras que a los auditorios de los conciertos se les ofrece un panorama ecléctico capaz de incluir en el mismo programa a enemigos acérrimos. Chaikovsky calificó de sinvergüenza a Brahms, y se quejó de que se considerara un genio a una persona que en cuestión de inspiración musical tenía el encefalograma plano. Nos lo advertirán picaronamente los programas de mano de algún concierto en el que, a plena conciencia del programador, Chaikovsky aparecerá en la primera parte, y Brahms en la segunda. También nos colocarán juntos a Rossini y Wagner, cuando el primero dedicó al otro un piropo dudoso al opinar que tenía momentos sublimes unidos a cuartos de hora soporíferos. Dallapiccola opinaba de Vivaldi que no había escrito quinientos conciertos, sino quinientas veces el mismo concierto. El canon musical los engloba a todos ellos en un mismo ideal estético, y al oyente tipo se le alecciona sobre un saber enciclopédico de la historia de la música que no tiene nada que ver con el placer de escuchar.
En la pintura los estragos producidos por el canon son menores, porque la secuencia de la visita en los museos sigue un orden cronológico, de modo que quien quiera buscar los Rothkos no los encontrará nunca junto a los Van der Weyden, y quien no quiera avanzar más allá de Goya tendrá siempre la opción de dar media vuelta y regresar a Giorgione. Pero el principio debe ser el mismo en todos los casos: la regla psicológica exige el enfrentamiento de un solo degustador (lector, oyente, espectador) con una sola obra de arte, con resultado positivo (placer), negativo (desagrado) o neutro (indiferencia). El placer vicario que deriva del reconocimiento del mérito de una obra mediante el aprendizaje previo de sus virtudes gracias a la consulta canónica correspondiente como argumento máximo de autoridad, es solo un placer de connoisseur, no un placer estético primario.
 

miércoles, 4 de mayo de 2016

LA COALICIÓN GRANDE Y LA CHIQUITA


El economista Antón Costas publica hoy en La Vanguardia un análisis sugerente del enrevesado momento político que vivimos (1).
Apuntaré, sin detenerme en ella, su interpretación de por qué las distintas fuerzas políticas han preferido una nueva convocatoria electoral antes que un gobierno de coalición, después de los resultados del 20D: los herederos in pectore del bipartidismo difunto, supone Costas, han reclamado un duplicado del certificado de defunción, como garantía cautelar antes de proceder a maniobras más comprometidas.
Ingenioso, cierto. Pero lo que encuentro particularmente sugerente en su artículo es otra cosa: la propuesta de afrontar el nuevo ciclo político, que se inicia fuera de la protección del paraguas del bipartidismo, mediante la forja de una doble coalición. Se trataría, dicho al modo castizo, de avanzar políticamente con un par. Un par, por añadidura, cantable al son de la Bamba: “Para asaltar los cielos, para asaltar los cielos se necesita una escalera grande; una escalera grande y otra chiquita allá arriba, allá arriba”.
El par de escaleras queda sintetizado de este modo, en las palabras de Costas: «Por un lado, una gran coalición a cuatro para acordar las ­nuevas reglas básicas para la convivencia, la me­jora de la democracia y el funcionamiento del Es­tado autonómico. Por otro, una pequeña coalición para gobernar el día a día.»
Es decir: el primer elemento debe ser un gran consenso, empujado por una fuerte presión social, con el fin de abrir un proceso de resanamiento de las instituciones a medio o largo plazo. Ahí han de tener necesariamente cabida todas las fuerzas políticas democráticas en presencia. Cuatro, cinco o las que sean: estatalistas, nacionalistas y federalistas; constitucionalistas y populistas; de izquierda y de derecha; de arriba y de abajo. (Todas las fuerzas reconocibles; no, obviamente, todos los líderes y lideresas adictos al cotarro. A muchos, ya se les ha pasado el arroz).
El segundo elemento sería una coalición pequeña, con no mucho afán de protagonismo y tampoco excesivamente beligerante en los grandes temas del Estado, pero sí lo suficientemente sólida para encarar el día a día “ejecutivo”, no con ánimo de continuismo ni de revancha, sino con el norte puesto en la razón práctica, de modo que sirviera para mejorar una convivencia muy deteriorada a fecha de hoy.
No habría, eso es obvio, amnistías penales ni fiscales, condonamientos caprichosos de deudas, ni prescripciones reglamentarias de delitos. El borrón y la cuenta nueva no podrían ser utilizados para legalizar de facto situaciones de privilegio injustas. El olvido legal y la desmemoria deberían quedar proscritos en el gran consenso con cabida para todos. Un nuevo andamiaje del estado no se levanta sobre lagunas legales, oquedades ni prorrateos caprichosos en los repartos de culpas.
Manuela Carmena, la imprescindible alcaldesa de Madrid, podría darnos a todos clases acerca de cómo gestionar una situación envenenada desde la voluntad de avanzar procurando no ofender sensibilidades, y de cómo convertir la rectificación frecuente de las propuestas hechas a la ciudadanía, no en una muestra de debilidad, sino de fuerza tranquila y de paciencia.
Ya volverán, como las oscuras golondrinas, los tiempos de los grandes desafíos a ultranza. El momento actual debe ser el del asentamiento y la nivelación, el de la redefinición de las reglas del juego. Para, a partir de ahí, avanzar hacia una reconstrucción.
 

 

martes, 3 de mayo de 2016

PARADOJAS DEL TIEMPO


El tiempo y el dinero son los dos elementos fundamentales de la macro crisis sin expectativas inmediatas de salida por la que atravesamos. El dinero ha servido para comprar tiempo, según una hipótesis de trabajo del sociólogo W. Streeck (véase su Buying Time, “Comprando tiempo”). Pero el tiempo “ganado” de esa forma no ha servido más que para prolongar la crisis y agravar sus dimensiones globales. Hoy la deuda (deuda pública y deuda privada, tanto monta monta tanto) ha pasado a ser el elemento esencial de la estructura de los estados. Y los plazos de cumplimiento de la deuda, sumados a los valores de la prima de riesgo, son las premisas que determinan la política económica a seguir por cualquier gobierno. Ya no estamos en las coordenadas y las expectativas del estado social, sino con la soga al cuello del estado deudor.
Este cambio cualitativo se delinea como un elemento crucial de la perspectiva, pero la política no acaba de tomar conciencia del dato. Demasiado atareados en la maniobra cortoplacista, los políticos no perciben el sentido del movimiento de fondo; lo único que alcanzan a ver es que sus márgenes de decisión se reducen cada vez más. Esta sensación de ahogo es particularmente perceptible en las filas de la socialdemocracia vieja y nueva, para la que la sociedad del bienestar es aún un puerto seguro que sigue ahí esperándonos, y basta corregir el rumbo para recalar de nuevo en ella liberados de las tormentas financieras.
El gobierno de Mariano Rajoy, que abomina de la socialdemocracia y reduce la expectativa de bienestar a unas capas exclusivas de la ciudadanía, ha encontrado sin buscarlo un repliegue favorable de la coyuntura, que le permite de forma simultánea ganar tiempo para aplazar sus obligaciones pendientes, y gastar más dinero sin endeudarse. Con todas las instituciones del país en suspenso, paralizado el cumplimiento de los plazos legales, disuelto el órgano legislativo y de control, prorrogado el aforamiento de sus amistades ante las responsabilidades penales y fiscales que se les exigen, el ejecutivo medra sin más control que su albedrío ni más responsabilidad que el juicio de la historia, y vive la euforia de quien está en condiciones de cargar impunemente el despilfarro propio sobre espaldas ajenas. Puede que más adelante llegue el momento amargo de hacer los deberes; pero de momento Mariano está en el tiempo del recreo.
Son paradojas que trae consigo el tiempo, que como descubrió Bergson no es un concepto unívoco. Está de un lado el tiempo abstracto, mensurable en segundos y décimas de segundo, útil para fijar plazos y para batir récords y para señalar términos a la renovación de las instituciones y la validez de las legislaturas. Y luego está el otro tiempo, el tiempo de la vida, que transcurre sin sentir pero consume nuestras fuerzas y ahonda las arrugas de nuestro cuerpo.
Solo se puede comprar el tiempo en su primera acepción; no en la segunda. Pero sigue siendo un equívoco extendido pensar que, ganando tiempo en el corto plazo, mejoraremos nuestras opciones a largo término, como si una ganancia de tiempo abstracto dejara en suspenso las leyes de la duración.
Algunos se comportan como Oliver Hardy en aquella película en la que, ejerciendo de salteador de caminos aficionado, intentaba atracar a Fra Diavolo, el bandolero más peligroso de la comarca, y era condenado a ser ahorcado a manos de su compañero de fatigas. Stan le explica entre sollozos lo mucho que le duele verse en el trance de ser el verdugo de su mejor amigo, y Oliver le contesta displicente: «Acaba de una vez, y no me hagas perder más tiempo.»
 

lunes, 2 de mayo de 2016

RECONSTRUCCIÓN


Un diario electrónico, bez.es, que me acompaña todos los días en el desayuno, plantea esta mañana el siguiente acertijo: ¿están nuestros políticos al borde del abismo, o encima de un volcán? Las dos situaciones representan un gran peligro pero no son iguales, advierte el articulista. En efecto, reflexiono: cuando se está al borde del abismo siempre queda el viejo recurso de dar un gran paso adelante; el cual no sirve de nada en las proximidades del volcán, para las que el único remedio consiste en picar soleta y marcharse con la música a otra parte, mejor antes que luego.
En cualquier caso, niego la mayor. La situación actual no responde, a lo que entiendo, a ninguna de las dos premisas establecidas. Cierto que pisamos un terreno telúricamente inestable y que un cataclismo no es descartable a medio plazo, pero tampoco hay temblores cuantificables en la escala de Richter ni otros signos de explosión inminente. Traslademos entonces la atención al abismo. ¿Dónde está situado exactamente? ¿Qué posición ocupan en relación con él nuestros políticos? ¿Se arreglarían las cosas con el tópico gran paso adelante, o en su defecto con un giro de ciento ochenta grados?
Cada cual es libre de dar su opinión. La mía es que nuestra clase política no estaba inmóvil frente al abismo; y que mientras se movía con toda clase de aspavientos alarmados en aquella situación altamente incómoda, trazando en el aire infinidad de líneas rojas no traspasables, pisó mierda.
El verdadero problema de pisar mierda al borde del abismo no es ese olorcillo insinuante que nos acompaña y resiste todos los esfuerzos por eliminarlo; lo realmente grave es el resbalón inevitable. En mi opinión, el temido “salto adelante” se ha dado ya; ocurrió en concreto el pasado día veintiséis. Desde ese día no estamos al borde del abismo, sino en el fondo mismo. No es cuestión de activar recursos de emergencia institucionales; los ciento y pico días pasados han mostrado que tales recursos, o no existían, o no eran eficaces.
No parece posible ahora el salvador paso adelante para sobrevolar el abismo, sostenidos por los vientos neoliberales y con un gobierno de gran coalición al timón; el malestar de fondo de la ciudadanía es demasiado ostensible y poderoso. Cualquiera que sea el sentido último del voto del 20D y del que se espera para junio, no va en esa dirección. No es posible cerrar los ojos y pasar página en el tema de la corrupción con promesas de que no volverá a ocurrir; los grandes delitos constatados exigen una reparación adecuada. No se puede ignorar la información de los papeles de Panamá, que muestran la forma consciente y consecuente en que, no solo buen número de especímenes destacados de la clase política, sino toda una porción significativa de lo que suele llamarse “gente de bien” en la prensa de papel satinado, han defraudado y saqueado el Estado social desde situaciones de privilegio.
Aun en el caso de que se acometieran los exorcismos y las reparaciones obligadas, no sería posible tampoco volver a un pasado idílico de funcionamiento eficaz de los mecanismos institucionales de protección y de previsión social, porque ni el pasado ha sido idílico, ni la coyuntura nacional, europea y global permite una solución de ese cariz.
Si existen en alguna parte, aún, una derecha no apriorista y una izquierda no nostálgica, sería el momento de que pusieran juntas manos a la obra de lo que nos haría mucha falta en estos momentos de tribulación: una reconstrucción a fondo del Estado y de sus instituciones, emprendida de buena fe y con buena voluntad a partir de un pacto amplio a largo plazo, que aglutine fuerzas transversales y utilice como herramienta prioritaria, no el procedimiento filosófico tomista de tomar como punto de partida las verdades universales inmutables y el respeto a las esencias, sino ese otro método humildemente científico, pero único que ha proporcionado a las sociedades humanas algún progreso histórico: el del ensayo y el error.