miércoles, 20 de mayo de 2015

ADVENEDIZOS, ABSTENERSE


«Ahora que prolifera de todo y por doquier, nosotros no somos una pandilla ni el producto de una operación de márqueting», ha dicho Mariano Rajoy en Zaragoza. El PP es, por el contrario, «un valor seguro en momentos difíciles». Debe dejársele seguir gobernando, en lugar de «bajar los brazos y dar la vuelta atrás.»
La idea de que debe dejarse gobernar a los que saben, es contraria a la primera ley, elemental y fundacional, de la democracia, un sistema de gobierno que parte precisamente del concepto de que cualquier ciudadano debe tener acceso al gobierno si cuenta con apoyos suficientes, sin que lo impidan privilegios, jerarquías ni exclusiones previas. Para llegar a este punto de madurez democrática ha hecho falta un largo recorrido histórico marcado por el avance hacia la igualdad. Lo que Rajoy nos está proponiendo es precisamente una majestuosa y rotunda vuelta atrás: desde la sociedad democrática al despotismo ilustrado, nada menos.
Peor aún es el caso de la ultraliberal Esperanza Aguirre, cuya campaña electoral en los medios manejados por su formación se ha convertido en una descalificación permanente de sus rivales a la alcaldía madrileña, a partir de la indagación despiadada de sus circunstancias personales: falta de estudios superiores, frecuentación de malas compañías, defensa de sospechosos de terrorismo. Si se añaden (falta nada más un paso) el criptojudaísmo y la insuficiente limpieza de sangre, habrá bingo: ya no estaremos en el despotismo, sino en el restablecimiento de la Santa Inquisición.
He criticado hace poco en estos apuntes la actitud de la prepotencia moral. A los notables del Partido Popular, seleccionados todos ellos a dedazo como es bien conocido, les sienta como un guante la etiqueta. Son prepotentes en el momento de achacar defectos a los rivales, y quisquillosamente susceptibles cuando los alfilerazos van dirigidos contra ellos mismos. «¿Corrupción? Yo estaba al mando, sí, pero no sabía nada de esos asuntos, y nadie va a poder probarlo.»
Lo esencial en este asunto es la determinación tozuda con la que nuestros actuales dirigentes se disponen a prolongar una magnífica situación de vacas gordas… para ellos. No admiten, en efecto, rectificaciones, ni bajadas de brazos, ni vueltas atrás. Quieren a toda costa seguir forrándose, como hizo hasta la sepultura el carismático Sir Humphrey Pengallan.
Sí, ya sé que el nombre no les dice nada: he tenido que rebuscarlo en Google. Se trata del aristócrata y magistrado, interpretado por Charles Laughton, que aparece en una de las películas menos recordadas de Alfred Hitchcock, “Posada Jamaica”.
Este personaje tenía montada en Cornualles una red que combinaba la información privilegiada con el tráfico de influencias. Cuando salía del puerto en horas nocturnas un bergantín con destino a América, repleto de emigrantes cargados con todos sus enseres, sir Humphrey daba aviso al farero, y este invertía las señales luminosas. De ese modo el barco, creyendo salir hacia alta mar, iba a estrellarse contra los escollos. Allí esperaba una banda de piratas que se ocupaba concienzudamente de que no hubiera supervivientes, primero, y después de repartirse todos los objetos de valor que podían encontrar. Simultáneamente, Sir Humphrey daba una recepción en su mansión a la que acudía la flor y la nata de los terratenientes de la región, que le proporcionaban una coartada impecable de que él no tenía nada que ver con la catástrofe ocurrida en el mar.
Y aquí viene a cuento la orden que Sir Humphrey, el jefe indiscutido de la banda, daba a los piratas: «El dinero dádmelo todo a mí, que soy el único que sabe cómo gastarlo.»
Sir Humphrey Pengallan era un valor seguro.