jueves, 21 de mayo de 2015

SWINGING ELECTORAL


Que tire la primera piedra el/la militante que nunca se haya abandonado en la intimidad de la cabina electoral a la delicia frívola y concupiscente de votar a aquellos a quienes públicamente acusaba la víspera de traidores a la causa sagrada.
Todas las numerosas y diferentes ortodoxias son unánimes en la condena severa de ese chicoleo, pero yo os digo que no es pecado.
En fin, como mínimo es un pecado venial. Nada que obligue al/a la culpable a volver al redil con la cabeza gacha y la mirada huidiza, post coitum triste.
La infidelidad está en nuestros genes. Hubo un tiempo, en los felices setenta, con los vientos de liberación sexual, en el que se puso de moda la práctica del intercambio de parejas. Lo llamaban swinging. Había quien lo practicaba con más o con menos desenfado y naturalidad, y quien lo hacía por no ser tachado de retrógrado/a, pero considerado el asunto en general, era algo asociado a la premisa última de la libertad y la experimentación.
En otro plano, no existe tampoco un voto de castidad electoral; en tiempo de elecciones, todos los votos son libres. Y tal es la naturaleza humana, que cuanto más se empeñan los rabinos en amarrar a los catecúmenos al duro banco de las sinagogas, más apetecible resulta a estos triscar a gusto por las verdes praderas.
Se vota, y ya está. Mañana será otro día, y en la barra del bar de la esquina se comentará en voz un poco más alta de lo necesario, ante los/las correligionarios/as reunidos/as, el escándalo de tanta gente como ha desamparado a los “nuestros” para seguir el espejuelo de lo efímero, de lo que “se lleva” en política.
La pequeña infidelidad no habrá sido la primera ni la última. La relación iniciada en el acto seminal del voto podrá fructificar, si cuenta con suficiente tiempo y perseverancia, o quedarse, como tantas cosas, en un gesto solo esbozado, en un acto fallido. Pero incluso en el peor de los casos no hace falta arrepentirse. Recordemos las conclusiones acerca de la infidelidad (sexual, en su caso) que un sabio en la materia, Georges Brassens, exponía al “grillo del hogar”, nada menos que a la mismísima Penélope:
            C’est la faute commune,

            C’est le péché véniel,

            C’est la face cachée

            De la lune de miel,

            Et la rançon de Pénélope.


(«Es la falta común, el pecado venial, la cara oculta de la luna de miel. Y el precio del rescate de Penélope.»)