domingo, 17 de mayo de 2015

PREPOTENCIA MORAL


Ha vuelto a aparecer una de tantas listas de las mejores películas de la historia y en ella, infaliblemente, vuelve a aparecer en un lugar destacado “Ciudadano Kane” de Orson Welles. A mí no me gusta esa película. Decir que no me gusta es poco. Si naufragara en una isla desierta y fuera la única película a mi disposición en una instalación de vídeo que por milagro funcionara correctamente después del naufragio, preferiría con mucho tumbarme a vegetar bajo las palmeras (día tras día, año tras año), antes que volver a verla.
La historia más odiosamente imperdonable, en mi opinión, que cuenta la película es la relación de Kane con una mujer que canta mal. Kane no es capaz de admitir que el amor es una cosa y el bel canto otra distinta, y se gasta un pastón en promoverla como diva de ópera. Fracasa en el intento, pero eso es anécdota. La intención del magnate no era dar una satisfacción a su amada (ella sufre lo indecible en los ensayos, y creo recordar que lo abandona después del fiasco del estreno) sino el deseo prepotente de imponer a toda costa su criterio, sus normas y sus valoraciones, a un público-masa que carece de criterio, de normas y de valoraciones válidas y definidas. El supermán Kane da por probada su superioridad moral sobre la plebe, y desde esa posición preeminente, en lugar de dedicarse a ayudar a los demás al estilo Clark Kent, les exige con maneras imperiosas que se pongan a su propio nivel. Algo muy desagradable, muy poco democrático por otra parte, y que Welles parece tomarse perfectamente en serio en la película.
Del mismo pie cojea otro autor muy celebrado, el escritor húngaro Sandor Marai. En una novela que ha recibido elogios prácticamente unánimes de los críticos y que ha sido llevada a la escena, “El último encuentro”, dos fantasmones del imperio austro-húngaro vuelven a verse después de años de separación, en una velada minuciosamente organizada por uno de ellos. Durante una larga conversación, los dos reviven los conceptos grandilocuentes de la Amistad, el Honor, el Deber, la Gastronomía y la Misoginia. Los dos se habían enamorado – fatalmente – de la misma mujer. La superioridad moral de ambos sobre la mujer que amaron queda patente desde el arranque mismo de la historia. ¿Podría ser de otro modo, entre militares del imperio, en un mundo tan sesgada e inequívocamente masculino?
Casada con uno, amante del otro y mortalmente aburrida de los dos, la mujer quiso convencer al amante de que matara al marido simulando un accidente de caza. Fue un error fatal. Los escrúpulos impidieron disparar al amante, el marido se enteró a tiempo de la maniobra, y la mujer fue castigada con un sadismo tan ejemplar que repugna la ética algo laxa de “este” lector cuando menos. (¿Qué más dará un par de tiros más o menos entre dos amantes, me digo a mí mismo, si el amor es verdadero y la chica se merece de sobras que uno se muera por ella?)
Habría obrado santamente la esposa infiel tirando de escopeta ella misma y disparando sobre los dos finchados militares, siquiera fuera para darles una lección gratuita acerca del problema del punto de vista en la novela.
En fin. Disculpen que me haya metido en divagaciones ociosas e inconsistentes sobre ética y estética. Estamos en domingo, mediada una campaña electoral, y el cansancio de la política me ha inclinado a frivolizar un rato sobre un tema de muy distinta naturaleza.