lunes, 26 de octubre de 2015

CARTA DE BATALLA POR LA INNOVACIÓN SINDICAL


Leo uno a continuación de otro el artículo del profesor Aparicio Tovar en defensa de los servicios públicos y el de Quim González sobre la capacidad de innovación del sindicalismo, y me parecen encajar y complementarse a la perfección. (El lector que no los conozca puede encontrarlos con facilidad en el diario digital Nueva Tribuna.)
El punto de partida del trayecto está para los dos en aquellas palabras de Margaret Thatcher que fueron el clarinazo que anunció el desmantelamiento del Estado social, en los años ochenta: “Yo no veo sociedad, veo solo individuos.” El punto de llegada, en algo implícito en las afirmaciones de Quim: la sociedad sí existe, más allá de los individuos. Para ser precisos, la sociedad es ese conjunto amplio de individuos visibles incluso para gente como la Thatcher, y además organizados en defensa de sus intereses comunes.
La organización representa un plus importante; cambia en alguna medida la naturaleza misma del colectivo. Porque los intereses de los individuos aislados son mezquinos, tienen un radio muy corto; y en cambio, la actividad social amplía su horizonte y les permite alimentar mayores ambiciones, acariciar objetivos más complejos y sobre todo más satisfactorios.
En el ámbito de la defensa de lo común, tal como explica Aparicio; en ese repliegue fundamental del sentimiento colectivo, es donde actúa el sindicalismo. Lo hará mejor o peor, con mayor o menor fortuna, pero ese es en todo caso su terreno, y esa es su práctica cotidiana. ¿Quién es el sindicalista? Esa persona gracias a la cual libras los fines de semana. Lo explica Quim, y en el fondo es así de sencillo.
Puesto que la sociedad cambia, el sindicalismo no puede permanecer inmóvil. La innovación está en su código genético. Ocurre que las organizaciones arrastran siempre una dosis de inercia considerable. Los tiempos de reacción son mucho más largos para una central sindical, pongamos por caso, que para los individuos que la componen, considerados aisladamente. Vaya lo uno por lo otro: a mayor masa, mayor lentitud de maniobra. Conviene armarse de paciencia, fijar la vista en los objetivos últimos y marcar bien las formas y los tiempos para la ejecución de las maniobras necesarias. Avanzar colectivamente tiene esas pejigueras.
En el II Congreso “Trabajo, Economía y Sociedad” que acaban de celebrar las CCOO bajo el patrocinio de la Fundación Primero de Mayo, se ha constatado la necesidad de globalizar el sindicalismo, en respuesta a los retos mortales que plantea un capitalismo financiero ya sobradamente globalizado. Más que “globalizar”, yo diría que se trata de añadir una dimensión nueva, la global, a una práctica demasiado encastillada aún en los parámetros del Estado-nación. No creo que el objetivo sea, entonces, ceder a la CES una parte de la “soberanía” que ostentan las centrales nacionales, sino más bien dotar a la dimensión europea de medios, instrumentos, capacidades y atribuciones que en este momento, o no existen, o se encuentran en una condición mostrenca porque nadie las utiliza ni las reclama como suyas.
Ahora bien, la innovación propuesta, para funcionar de la forma adecuada, habrá de impregnar todos los escalones y todo el amplio recorrido de cada una de las organizaciones sindicales implicadas. La cosa no se reducirá tampoco a crear una secretaría o una sección nueva en el seno del viejo aparato. La globalización habrá de estar presente en la actividad diaria y en la forma de organizarse el sindicato en todos los niveles, a partir del mismísimo ecocentro de trabajo.