sábado, 17 de octubre de 2015

IMPLOSIÓN


El profesor Javier Pérez Royo tiene probablemente razón al señalar, en una importante entrevista en el diario Público (1), que nuestra amada Constitución de 1978 es irreformable, que se ha convertido en un artefacto inútil para la convivencia, y que lo mejor sería proceder a su voladura controlada, antes de que haga implosión, con las angustiosas secuelas de desgobierno y de confrontación que ya estamos experimentando los catalanes.
Voladura controlada quiere decir, no la reforma imposible que apuntan algunos, sino la apertura de un nuevo proceso constituyente. Algo que asusta a muchos, y más que a nadie al partido apostólico que nos gobierna con diligente tutela. El statu quo tiene toda la fuerza maldita de la inercia, y quien saca de él réditos pingües es lógico que pretenda prolongarlo al menos mil años más.
Pero es lo que hay. Dado que he empezado este post diciendo barbaridades inconcebibles, no tengo empacho en seguir por el mismo camino. Ayer hablé de que el choque de trenes entre Catalunya y el Estado se ha producido ya. No me refería al 27S, ni al 9N, ni a la citación de Mas a declarar. El choque de trenes se produjo en 2010, con la sentencia del Tribunal Constitucional que derogaba parcialmente el Estatut votado en Cortes, refrendado por el voto mayoritario de los catalanes y recurrido con el apoyo de numerosas firmas por el Partido Popular. Ahí se quebró la convivencia entre españoles; la Constitución, forzada por una manipulación de carácter partidista y torticero, entró en vía muerta; el poder judicial se apeó de su condición de garante del respeto a los procedimientos establecidos, y se abrió para todos (no solo para los catalanes) la caja de los truenos.
Convendría que todos repasáramos “El espíritu de las leyes”, del señor barón de Montesquieu. Que tomáramos nota de que la ley no baja de arriba como un Deus ex machina dispuesto por los inmortales para remediar los desórdenes de los humanos, ni debe ser acatada en el silencio sobrecogido y en el temor. La ley es un invento humano, no divino; laico, no sagrado; perecedero, no eterno. La ley suprema no es el alma de la nación, y la propia alma de la nación es algo siempre mudable, efímero, discutible. Discutible sobre todo, en el sentido de que en todo momento debe poderse discutir su sustancia entre todos/as los ciudadanos/as implicados. Responde a mayorías circunstanciales, a propósitos bienintencionados pero casi siempre cortoplacistas, a proyectos de futuro que el tiempo se encargará de confirmar o de arrumbar. El alma de la nación actual tiene una fecha de caducidad no escrita, como todo lo que transita por este bajo mundo. Aferrarse a ella, a la letra muerta de la ley periclitada, significa abocarse sin remedio al desmentido de la realidad.
En esta situación estamos. Algunos piensan aún que se trata de un problema solo de los catalanes, pero si fuera así, seríamos los catalanes en exclusiva los destinados a arreglarlo. Convengamos en que no es así. Convengamos también en que la solución no puede llegar de una mayor rigidez que nos obligue a los catalanes a pasar por el aro. Se insiste demasiado en que no debe haber ningún privilegio para los catalanes, pero no se está pidiendo un parche en el sistema actual para favorecer a un grupo, sino un concepto diferente de partida. Lo tristemente cierto es que todo nuestro sistema está trufado de privilegios, de derechos restringidos, de desigualdades mayores y menores, de abusos minúsculos e inmensos. Este sistema bipartidista, diseñado en los meandros de una transición complicada y ensangrentada desde el fascismo hacia la democracia, ya no sirve a la ciudadanía. Solo (disculpen que mencione la bicha), solo a la “casta”. Refundémoslo, en paz y libertad, en beneficio de los catalanes y de los que no lo son. De todos.