sábado, 12 de marzo de 2022

CASTILLA LA VIEJA

 


Visitantes en el salón de aparato del palacio de Avellaneda, Peñaranda de Duero (Burgos), en 1942.

 

El Partido Popular, a la espera de un Congreso extraordinario con candidato único a la presidencia y con todo el pescado vendido, practica el olimpismo para desentenderse de ese pacto del que usted me habla con Vox, en Castilla y León. Es algo no se ajusta a los ideales colectivos del partido, un evento raro y sin consecuencias del que solo cabe tomar nota, según ha venido a decir Feijoo sin decirlo. La última generación de políticos, nacida y formada según los nuevos cánones mediáticos, está convencida de que, si distrae su atención a un tema, el tema deja de existir de forma automática.

Ayuso ha practicado ese mismo ejercicio mental sin parar, desde que marginó a las residencias geriátricas en las tinieblas exteriores de la sanidad público-privada; y a cada nueva moción o pregunta sobre el tema, responde con el mismo gesto cansado: “¿Otra vez? Yo paso.” O, con mayor énfasis: “¡¡¡Otra vez!!! ¡Yo paso!”

Feijoo tiene sus mismos modales evasivos, nada de extrañar si se tiene en cuenta la escuela de la que proceden ambos. Así pues, el pacto castellanoleonés es tan solo un incidente sin importancia en la carrera furiosa hacia la gloria de este político gallego de corte wittgensteano (“De lo indecible, nada puedo decir”) y de praxis ampliamente neoliberal, lo que en castellano viejo (de Castilla la Vieja, of course) significa enteramente irresponsable: “Hago sin hacer en mí”, habría dicho la santa de Ávila, con cierto asombro tal vez por el sentido oculto que han sabido encontrar los modernos a sus quintaesenciadas palabras.