viernes, 12 de febrero de 2016

SOBRERREACCIÓN


No hay síntomas de recesión sino miedo a la recesión, dice al son de la lira José Carlos Díez, uno de nuestros druidas economistas áulicos. Por lo demás todo va bien, señora baronesa. El batacazo de las bolsas mundiales no obedece a motivos de fondo sino a una sobrerreacción de los mercados.
Se confirma a partir de esa constatación que nadie es perfecto, ni siquiera los mercados financieros, la creación más innovadora y admirable de la humanidad en milenios de civilización. Los mercados ahora se revelan de pronto casi humanos, en el sentido de que no son infalibles. A una conclusión de por sí tan consoladora, solo se le puede oponer una objeción de peso: puesto que son los mercados los que dictan las leyes de la economía global, cuando se da el caso excepcional de que los mercados sobrerreaccionan, es obvio que también hay que preocuparse. Yo diría más: hay que sobrepreocuparse.
Los datos del actual miedo (sobremiedo) inversor apuntan a la economía china y al Deutsche Bank. Pero ni China ni el DB son Lehman Brothers, nos dice el druida Díez. Según. Tampoco lo era Volkswagen, y ya ven lo que ha pasado con Volkswagen. De hecho, apurando el argumento tampoco Lehman Brothers era Lehman Brothers hace ocho años. Era un símbolo de la solidez del capitalismo financiero global en la era de la nueva prosperidad, si recurrimos a la hemeroteca para revivir las sensaciones de aquellos momentos álgidos de la burbuja financiera, cuando quienes no éramos ricos era porque no queríamos.
La palabra es bonita: sobrerreacción. La guardia civil ha sobrerreaccionado al entrar en la sede del PP en Génova en busca de los discos duros de la tesorería de la organización de Madrid. No había por qué. Había corruptos pero eran personas que pasaban por ahí, funcionarios de la casa, y nadie en la dirección sabía nada de lo que ocurría, desde el presidente y la vicepresidenta para abajo. Tampoco la infanta sabía lo que firmó en su momento. Es natural. Todo era normal, puede que hubiera ondas gravitacionales en algún lado, pero nadie las detectaba. Las ondas gravitacionales solo se detectan por sobrerreacción, no son parámetros del todo fiables.
En realidad los dineros de Jordi Pujol sí que vienen de una herencia paterna, y los de Alfonso Rus de unos repetidos premios ganados en la lotería. No hay responsabilidades detectables. Sí que hay miles de personas y cientos de instituciones – políticas, económicas, financieras – que trabajan afanosamente en destejer de noche la labor avanzada de día, en destruir sus discos duros y en organizar de forma cuidadosa todas las coartadas convenientes para garantizar su propia irresponsabilidad cuando llegue el momento de rendir cuentas.