jueves, 23 de julio de 2015

ART DÉCO


Sobresaltos de un chivo expiatorio (2)

Son las cuatro de la madrugada y me encuentro en el piso noble de la sede del PP en la calle Génova de Madrid. Me rodean las caras angustiadas y ojerosas del gabinete de crisis en pleno, reunido de urgencia y en secreto antes de que, con la luz abrasadora del día, llegue el momento de los preceptivos maitines. Un pelotón de GEOs ha invadido a las dos en punto mi apartamento playero, me ha sacado de la cama con modos abruptos pero – debo reconocerlo – exquisitamente corteses, y me ha montado en un hidrohelicóptero militar posado en la playa. El artefacto nos ha conducido a una base aérea en la que estaba listo ya para el despegue un Mirage que a velocidad supersónica nos ha dejado en un abrir y cerrar de ojos en Cuatro Vientos. Desde allí, otro helicóptero nos ha posado con suavidad en la terraza superior de Génova. Todo ello mientras España dormía, a excepción de los municipios en fiestas patronales, donde a esa hora se seguía bailando la conga en las plazas mayores.
– Pero hombre, ¿cómo tiene la poca vergüenza de presentarse en este lugar en pijama? – me apostrofa Mariano Rajoy nada más verme entrar.
– Me han dicho que no había tiempo para esperar a que me vistiera – me excuso.
– Es verdad, el tiempo apremia. Lo hemos traído por consejo de una alta personalidad internacional de resonancia mundial, íntima amiga personal mía, que me ha asegurado que es usted el mejor en su género.
– En el género del chivo expiatorio – adivino.
– Digamos mejor del asesor externo de intervención altruista providencial para marrones imposibles.
– Digámoslo. Y quien me ha recomendado es Christine Lagarde.
– Nada de nombres, por favor – me suplica Mariano –. En fin, nos encontramos en un pequeño, casi mínimo apuro…
– ¡Mariano! – interrumpe la vicepresidenta –. Nos encontramos ante un marrón imposible, como acabas de decir.
– Zoraida, mujer, no es para tanto.
– ¿Ah, no? Al borde del Spexit, ya me dirás.
– ¿Spexit? No comprendo – intervengo.
– Nos echan del euro, señor del pijama a cuadros – me aclara Cristóbal Montoro –. Todo por culpa de ese tontolhaba – y señala a Luis de Guindos, que parece en trance de sufrir un fuerte dolor de muelas, con la cara entre las manos.
– Lo volvería a hacer. Mil veces lo volvería a hacer – declara Guindos fervoroso, mandíbula tensa, entre dientes.
– Hablen de uno en uno, por favor, que no me aclaro – suplico.
La vicepresidenta Santamaría hace de portavoz, y así me entero de que, después de la fatídica votación para la presidencia del Eurogrupo, Guindos se introdujo de forma subrepticia en el despacho de Bruselas que habría sido el suyo de haber tenido los apoyos suficientes que en definitiva le faltaron, y con una navajita suiza rayó en el tablero pulido del escritorio art-déco de su rival el siguiente mensaje: “Diselblón es un cabrón.”
– Lo volvería a hacer – insiste Guindos, con un brillo fanático en la mirada.
– Lo que más molestó a Dijsselbloem no fue el calificativo, sino ver su apellido mal escrito – concluye Soraya –. Y quiere echarnos de la moneda única.
– ¿Solo por eso? – pregunto.
– Están muy crecidos – me confirma ella –. Es una catástrofe.
– No exageres, Zoraida – interviene Rajoy –. Un pequeño contratiempo, apenas un leve rasguño.
– ¡Mariano, por la Virgen! ¡No empieces otra vez! ¡Desciende a tierra firme! – exclaman todos a coro.
– Pues yo veo brotes verdes – se excusa Rajoy.
Santamaría sigue explicándome. Es ahí donde intervengo yo. En una aparición pregrabada para una videoconferencia me haré pasar por un turista de paso en la capital europea, que entró por casualidad en el despacho cuando buscaba los lavabos, y tuvo la ocurrencia de dejar un mensaje gamberro. Algo sin mayor trascendencia, que ofreceré arreglar amistosamente con el envío espontáneo al preboste holandés de un jamón pata negra, media docena de botellas de sangría marca “Embrujo de España” y dos entradas de palco para la inauguración de la Liga de fútbol en el Santiago Bernabeu.
– Naturalmente – añade Soraya –, nosotros correremos con los gastos.
– Y yo ¿qué salgo ganando en este asunto? – pregunto. Mi pregunta provoca un salto vertical de unos ochenta centímetros del ministro del Interior señor Fernández Díaz, hasta el momento postrado en su poltrona sin pronunciar palabra.
– ¿Cómo? ¿No serás uno de esos catalanes malnacidos que no actúan por patriotismo sino solo por interés crematístico? – me acusa con el índice extendido.
– Pues sí – le contesto sin pestañear.
El ministro se derrumba en su sillón, dando las boqueadas.
– Un abertzale – consigue murmurar con voz estrangulada. Santamaría vuelve a tomar el mando de las operaciones.
– Todo previsto. Nuestro nuevo tesorero le pasará un sobre con la tarifa habitual para chivos expiatorios de primera clase, más un par de billetes extra en concepto de dietas por desplazamiento y plus de nocturnidad.
– Pero no va a funcionar – argumento –. Ya declaré por videoconferencia ante el Eurogrupo hace menos de dos días. Me reconocerán.
– Lo arreglamos con un tinte de pelo, un recorte de bigote, patillas postizas y unas gafas negras.
– Yo no estuve en Bruselas.
– Se han hecho las modificaciones oportunas en los listados informatizados de viajeros de la compañía Iberia.
– Pero mi nombre…
– Lo hemos disimulado convenientemente. No va a constar el nombre de pila, y hemos introducido una ligera modificación en el segundo apellido.
– Entonces, ¿cómo voy a llamarme?
– Rodríguez Rato.
No encuentro más objeciones, y además llevo toda la noche en blanco y me muero de sueño. No pueden grabarme en pijama a cuadros, tengo que ponerme algo más formal, y desde guardarropía nos envían un disfraz de baturro, con faja, alpargatas, chaleco corto abierto y cachirulo en la cabeza. Con las gafas negras y las patillas postizas añadidas, me parezco al pirata Sandokan. Un Sandokan borroso, un poco art-déco.
Me llevan al estudio donde grabaremos mi intervención para la videoconferencia. Voy pensando en lo que me espera aún: helicóptero, Mirage, hidrohelicóptero y pelotón GEO hasta la puerta de mi apartamento. Les va a salir por un pastón el truco del chivo expiatorio, pero dice Rajoy que no importa, que lo sacarán de los fondos de compensación de la seguridad social.
 

Bibliografía recomendada

Frantz Roderitz von Letzen, Consideraciones sobre el paradigma, las técnicas y las funciones típicas y/o atípicas del chivo expiatorio en el contexto del pensamiento neoliberal de las economías capitalistas occidentales avanzadas. Un estudio interdisciplinar. Ed. Prensas de la Universidad Libre Neomasónica de Worms (de próxima aparición).
Daniel Pennac, La felicidad de los ogros. Mondadori, Barcelona 2000. Trad. de Manuel Serrat Crespo.