miércoles, 15 de julio de 2015

¿TRABAJO PÚBLICO O TRABAJO PRIVADO?


Releer a Trentin, releer a Gramsci (y 4)

Nota.- El lector encontrará el texto al que se refiere este comentario, la parte final de la conferencia de Bruno Trentin en el Istituto Gramsci de Turín en noviembre de 1997, en http://lopezbulla.blogspot.com.es/2015/07/que-lectura-de-gramsci-hoy-4-y-5.html
 
Los dos últimos parágrafos del texto de Trentin que estamos comentando, José Luis, van dedicados el primero a la experiencia de los consejos de fábrica en la Turín de 1920, y el segundo a la cuestión de la hegemonía. Son dos análisis gramscianos y al mismo tiempo conforman una propuesta política propia, audaz y heterodoxa. Una propuesta que Trentin tiene, en el mismo momento en que imparte su conferencia, escrita, ampliada, acabada y posiblemente en máquinas para su publicación. Es La ciudad del trabajo.
Trentin no ahorra descalificaciones a la construcción gramsciana de los consejos: “improvisada y forzada”, “trufada de ideología”, “equivocada”, “ilusoria”. Señala incluso que probablemente tenía razón Angelo Tasca «cuando se preocupaba de reconstruir una estrecha relación entre la acción reivindicativa concreta de los trabajadores y de sus sindicatos y la acción dirigida a condicionar, a través del “control obrero”, el gobierno de la empresa, prefigurando en los consejos de fábrica no tanto una estructura pública separada, como la estructura de base de un nuevo tipo de sindicato.» Y convendrás conmigo en que para dar la razón a Tasca contra Gramsci, siquiera sea en una cuestión secundaria, en la sala de actos del mismísimo Istituto Gramsci, hace falta cierta cantidad de cuajo. Aunque sea en retrospectiva y en ausencia de datos fehacientes que lo confirmen, podemos suponer que su discurso levantó unas cuantas ronchas entre los oyentes.
Pero toda esa profilaxis artillera sirve a un objetivo concreto: reclamar la atención de todos sobre la «gran intuición» de la que somos hoy deudores a Gramsci. A saber: «... identificar, a diferencia de Lenin y del socialismo maximalista, el lugar del trabajo colectivo, el lugar de la producción de riqueza, el lugar de la cooperación y del conflicto —que constituye ciertamente el embrión de cualquier sociedad, si no de cualquier Estado— como el ineludible punto de partida (y no como el punto de llegada) del cambio de la relación entre gobernantes y gobernados en la sociedad civil.»
Y esta segunda afirmación sí ha levantado ronchas monumentales en la piel de amigos, conocidos y saludados. Resulta que el centro de trabajo se alza a la categoría de embrión de cualquier sociedad, y debería serlo también del Estado (no de “cualquier Estado”, evidentemente). Resulta que el trabajo, el trabajo concreto, la prestación de trabajo, tiene un contenido público, político en el sentido primigenio de la palabra. Resulta que la buena ordenación de la polis trae como exigencia prioritaria la instalación de la democracia en el interior de los centros de trabajo, el crecimiento de la esfera de autonomía de los asalariados y asalariadas en cuanto se relaciona con su propia prestación, y la posibilidad cierta de una mayor libertad y autorrealización en ese ámbito concreto de su vida. Y eso, sin esperar al momento clave de la expropiación de los medios de producción, ni mucho menos al de la conquista del Estado por parte de las fuerzas socialistas.
Esa democratización y publicitación del trabajo da origen a un poder de nuevo tipo, delegado quizá por el conjunto de los trabajadores, pero (atención) «de ningún modo delegado por un Estado centralizador.» Porque el Estado soñado por la construcción consejista de Gramsci tiene un carácter abiertamente distinto: «Se delinea, de hecho, una concepción del Estado basada en un sistema de autonomías, no solo territoriales, y en la libre expresión de una pluralidad de sujetos institucionales: el parlamento, el poder ejecutivo, los consejos, los partidos, los sindicatos, las asociaciones.»
Quizás conviene ahora regresar al inicio de la conferencia y volver a examinar la curiosa paradoja señalada por Trentin: cómo dos grandes reformas sociales nacidas lejos del ámbito propio del movimiento obrero, el fordismo-taylorismo y el Estado del bienestar, fueron recibidas con entusiasmo por el pensamiento socialista y erigidas de inmediato, mediante la interposición del Estado taumaturgo, en dos hitos fundamentales en la marcha de la Historia hacia la sociedad sin clases.
He afirmado en otro momento que a las izquierdas de hoy mismo les falta una teoría del trabajo y una teoría del Estado. Las dos las tienen en préstamo y arriendo del enemigo de clase. Si partimos de la idea de que el trabajo es una mercadería fungible y la prestación del trabajo es en el mejor de los casos objeto de un contrato de carácter privado entre dos partes a las que una ficción inverosímil supone iguales ante la ley, estamos omitiendo toda posibilidad de autonomía y autorreflexión del trabajador y la trabajadora de carne y hueso sobre su actividad, y con ello toda posibilidad de redención de una función subalterna y heterodirigida.
Y si ensamblamos esta concepción demediada y devaluada del trabajo humano en los mecanismos de actuación social de un Estado benefactor, lo que estamos haciendo es delegar en la burocracia estatal las formas y las cantidades de la compensación tarifada por una prestación laboral ímproba, brutal en muchas ocasiones, y esclava. Podremos discutir, por ejemplo, a la autoridad competente cuántas peonadas se requieren para que exista derecho a un subsidio. Pero no habremos aproximado ni un milímetro, antes al contrario, la distancia mayúscula existente entre gobernantes y gobernados.
Concluye Trentin su conferencia con una alusión a la concepción de la hegemonía de Gramsci, lo más conocido, lo más trillado del pensamiento del autor, lo que cada crítico o comentarista ha interpretado sin empacho a su conveniencia. No son muchas las palabras que dedica al tema, pero son rotundas. No puede hablarse de hegemonía en relación con una elite legitimada por su comprensión superior de los procesos históricos; por el contrario, la lucha por la hegemonía debe ir encaminada a la «autonomía cultural» de toda una clase social que ha sido expropiada, no ya del producto de su trabajo, sino además de sus saberes específicos, de su oficio y de su personalidad misma.
Son cuestiones todas estas, José Luis, que convendría discutir despacio y con tiento, y no entre los dos, que nos arreglamos tan ricamente para hacerlo soslayando las calores del verano sentados a la sombra en algún espacio más o menos abierto donde corra el aire y haya un botijo a mano puesto a refrescar; sino en alguna plataforma de opinión amplia y con intervención de personalidades de más peso y enjundia.
He dicho. Y añado de consuno con el papa Francisco, Laus Deo. O sea, Lodato si’.