viernes, 24 de agosto de 2018

EXHUMACIONES


En las obras de la futura estación de tren de la Sagrera, en Barcelona, han aparecido las fosas en las que se sepultó a 318 soldados del ejército sitiador durante la guerra del Segadors. La mayoría de ellos debieron de morir de peste, a juzgar por la ausencia de heridas y lo precipitado del enterramiento. No se descarta que aparezcan más osamentas, en un nivel inferior del suelo. La historia recupera de ese modo retazos fehacientes de su paso por un lugar determinado. Los especialistas examinarán los restos y sabrán algo más de las condiciones de vida, de los hábitos de las personas y de sus carencias, en el año preciso de 1651.  
Una trascendencia mayor para el conocimiento de nuestros antecedentes lejanos tienen el descubrimiento de una tumba minoica en Ierápetra, en el sur de Creta, y el hallazgo en Siberia de los restos de una muchacha mestiza de dos especies distintas del género Homo. Los nuevos hallazgos rectifican hipótesis previas y nos permiten aproximarnos un poco más al tenue hilo rojo del que pende nuestra propia existencia.
La memoria histórica anda depositada en los archivos, pero también enterrada en miríadas de lugares, algunos de los cuales son accesibles aún; otros, ya no. Las exhumaciones implican una mayor riqueza de datos objetivos y, en consecuencia, un plus de conocimiento de nosotros mismos. Responden a un interés científico.
No es el caso de Francisco Franco. De él sabemos ya todo lo que podemos y deseamos saber. Su exhumación no servirá para nada a la ciencia. El motivo es distinto: está enterrado en la vertical de un monumento erigido a modo de faro que sirve de guía a los navegantes, o de péndulo de Foucault cuya oscilación cubre sucesivamente todas las posiciones posibles del círculo en el que se inscribe. En un contexto, por tanto, de “atado y bien atado”.
La sepultura de Franco es un anacronismo estruendoso. Se alinea de forma voluntaria y enteramente consciente con hitos religiosos tales como la tumba del Apóstol en Compostela o el Pilar de la Virgen en Zaragoza. Eso sí es profanación, incluso para los muchos que relativizamos la categoría de lo “sagrado” y la situamos en un plano sociológico mundano, y no en la esfera de lo trascendente.
Hay una intención política y una pretensión prometeica insufribles en el enterramiento de Franco y en sus circunstancias. La exhumación será el modo de reintegrar de forma definitiva al ámbito de lo privado a quien fue en su momento figura pública, cuando su persona y su legado han caído sin remedio en la más total obsolescencia.