lunes, 27 de agosto de 2018

LA HONESTIDAD Y EL ORGULLO


El coronel Aureliano Buendía promovió treinta y dos levantamientos armados y los perdió todos. Escapó a catorce atentados, a setenta y tres emboscadas y a un pelotón de fusilamiento. Etcétera. «Lo único que quedó de todo eso», nos cuenta el escriba de sus historias, «fue una calle con su nombre en Macondo.»
Una noche cualquiera, en lo más crudo de una de tantas revoluciones, Aureliano le preguntó al coronel Gerineldo Márquez:
─ Dime una cosa, compadre: ¿por qué estás peleando?
─ Por qué ha de ser, compadre ─contestó Gerineldo─. Por el gran partido liberal.
─ Dichoso tú. Yo, por mi parte, apenas ahora me doy cuenta de que estoy peleando por orgullo.
En nuestro Macondo de estar por casa, Antoni Puigverd escribe en lavanguardia una carta abierta a un amigo indepe, que le ha llamado deshonesto por predicar un catalanismo inclusivo (1).  
Solo el orgullo, al parecer, es enteramente honesto consigo mismo. No se trata de tener razón, sino de obligar al contrario a dártela. Por las buenas o por las malas; preferiblemente, por las malas.
Aureliano Buendía ordenó el fusilamiento del general conservador José Raquel Moncada. Los dos habían hecho amistad anteriormente, se carteaban, y en horas de tregua solían entretenerse jugando al ajedrez y haciendo proyectos para humanizar la guerra. Úrsula Iguarán, la madre de Aureliano, compareció en el consejo de guerra para defender a José Raquel con un alegato a su aire: «No olviden que mientras Dios nos dé vida, nosotras seguiremos siendo madres, y por muy revolucionarios que sean tenemos derecho de bajarles los pantalones y darles una cueriza a la primera falta de respeto.» El consejo de guerra lo mismo condenó a muerte al rival político. 
─ No te fusilo yo. Te fusila la revolución ─fue Aureliano a decir al sentenciado en el cuarto del cepo. A lo que el otro respondió:
─ Vete a la mierda, compadre.
Pero añadió algunas cosas más mientras se quitaba los lentes, el reloj de leontina, el anillo matrimonial y la medalla de la Virgen de los Remedios, que quería legar a su viuda. El reproche más duro:
─ A este paso no solo serás el dictador más despótico y sanguinario de nuestra historia, sino que fusilarás a mi comadre Úrsula tratando de apaciguar tu conciencia.
«El coronel Aureliano Buendía permaneció impasible», concluye el escriba de la historia.