lunes, 20 de agosto de 2018

¿HACIA EL ESTADO VIRTUAL?


Es el título de la conferencia con la que ha intervenido en la Universitat Catalana d’Estiu, en Prades, Jordi Puigneró i Ferrer, flamante conseller de Polítiques Digitals i Administració Pública, nombrado en mayo pasado por el president Torra.
Puigneró ya había hecho antes algunas cosas raras. En el verano de 2014, según consta en Viquipédia, coronó sucesivamente todas las cumbres de más de 3.000 metros que “existirían” en una Cataluña independiente. Dado que las montañas tienen la misma altitud si se encuentran en territorio independiente o sojuzgado, no alcanzo a ver cuál es la idea que presidió esa performance. Tampoco consigo ver el porqué de la diferencia de trato independentista a cumbres, según se sitúen por encima o por debajo de los 3.000 metros.
Volvamos a la conferencia. Afirmó Puigneró que España todavía funciona en formato analógico, lo cual significa que los catalanes “pueden ser invencibles” en el formato digital.
¿Se deduce lógicamente la conclusión de la anterior premisa? Yo diría que no, aunque es posible que la culpa sea de que yo razono en formato analógico. En cualquier caso, el conseller animó a la concurrencia a construir desde la sociedad civil “infraestructuras de Estado dentro del mundo digital”. Este paso, dijo, será “clave” para que el pueblo catalán pueda “surfear” el “tsunami” que supondrá la revolución digital en la economía global.
Está todo muy claro, y el programa resulta convenientemente engrescador para la ciudadanía catalana empoderada, la cual, como se deduce de lo anteriormente dicho, no solo resultaría “invencible” sino además "surfeadora" en el formato digital.
Puigneró lo estropeó al final, cuando puso un ejemplo concreto. Estonia, señaló, está construyendo una “nación digital” para que, en caso de invasión, el gobierno estonio pueda seguir existiendo sin necesidad de dominar el territorio físico. «Por ejemplo, podría convocar elecciones y la gente podría votar de forma electrónica.» Hasta aquí todo era más o menos inteligible. Nos damos de bruces, sin embargo, con la siguiente cuestión espinosa: para qué coño sirven una nación digital y unas votaciones electrónicas si no se dispone del dominio físico (analógico) del territorio. Si las fuerzas analógicas pueden hacerte papilla a martillazos el disco duro; y ya lo han hecho.
En el caso de que se pueda solucionar esta pequeña pega, surgirá una hipótesis de un calado mucho mayor: ¿Por qué limitar entonces nuestra ambición invencible al pequeño territorio de Cataluña, con tan solo algunas excrecencias por encima de los 3.000 metros de altitud, y una población de siete millones de personas, todas ellas analógicas? Podríamos construir la nación digital de Estados Unidos, o de China, o para el caso la del Tibet, que cuenta con un buen puñado de ochomiles.