sábado, 18 de agosto de 2018

LOS QUE PERDIERON LA GUERRA


Carmen Lomana ha hecho algunas declaraciones sobre la actualidad del país. Quizá les ocurra a ustedes lo mismo que a mí, y es que la señora no me suena de nada. En lavanguardia aclaran que se trata de «una empresaria y una conocida televisiva». En una apresurada consulta a google, resulta que como empresaria su nombre apareció en los papeles de Panamá. Se trata, por consiguiente, de una distinguida evasora. Lo de “televisiva” no alcanzo a concretarlo más, sin duda porque los platós que frecuenta no son los que yo suelo visitar.
No merecerían mayor comentario las opiniones de la señora de no ser porque son representativas de una corriente de opinión tal vez no muy amplia pero sí muy enquistada en el país. Dice, por ejemplo, que la exhumación de la momia de Franco le parece una “profanación”. Profanar, según el diccionario, es tratar una cosa sagrada sin el debido respeto. Cabe discutir si lo que le parece “sagrado” a Lomana son los restos del dictador reposando bajo la cruz, o los restos mortales de cualquier persona humana, esté donde esté enterrada. En una cuneta, por ejemplo, después de ser fusilada como escarmiento. Hay una corriente de opinión, próxima a todos los efectos a la evasora televisiva, que no considera dignos de respeto ni merecedores de memoria tales restos, y considera un dispendio exagerado desenterrarlos para darles sepultura más adecuada a su dignidad. Esas, dicen de forma desenfadada, son historias del tiempo de la abuelita.
Lo de Franco pertenece también al tiempo de la abuelita, pero con una connotación distinta. Aquí sí, el debido respeto es de rigor.
El fondo de la cuestión aparece con más claridad cuando Lomana señala que «los que perdieron la guerra civil aún no lo han asumido». Convendría, a su parecer, que lo tuvieran muy presente todos los días de su vida. Poca vida, porque la victoria data ya de 79 años, y esa es una edad respetable. Es más, desde entonces nos hemos dotado de un régimen nuevo, de una funesta democracia inorgánica, aborrecida por el Caudillo.
Da la sensación de que es precisamente Carmen Lomana, por la forma en que se expresa, quien no ha asumido esa realidad.
No es la única, por desgracia.