miércoles, 8 de agosto de 2018

RAPSODIA EN AZUL


Se encuentra pasando unos días de descanso en mi apartamento de Pol el famoso detective Lew Archer, que acaba de rematar el difícil “caso Galton” en su California natal. Ustedes lo recordarán con la cara de Paul Newman en Harper, investigador privado, una película estimable de Jack Smight, de 1966. Harper era en realidad Archer. Entonces se parecía muy poco a Newman, en la realidad. El parecido se ha acentuado con el paso de los años. Suele ocurrir, con los mitos.
Sus conocimientos del español son rudimentarios, de modo que me pide información adicional sobre la pintada “Kiss” en la cara de un santo innominado de la catedral de Santiago de Compostela. Kiss es un grupo de rock duro que ha actuado este verano en Galicia. Se supone que un fan pasado de revoluciones y/o de farlopa decidió inmortalizar a sus ídolos en la figura de piedra, que se remonta a los inicios del siglo XII.
Archer no lo cree así. Un pirado armado de rotulador no va a caer por casualidad delante del pórtico de Platerías, me dice. Y no rotula precisamente la figura situada en el extremo que no está bien encuadrado por las cámaras espías fijas. Su tesis es que no ha habido azar ni improvisación, que todo fue calculado al milímetro: la desenfilada de vistas, el color azul, el “Kiss” como falsa pista. El autor de la hazaña quiso dejar un mensaje ambiguo.
─ ¿Qué mensaje? ─ pregunto.
─ “Primer aviso” ─ me contesta, abrupto. Parece querer añadir algo, pero finalmente calla.
─ Primer aviso ¿de qué?
Mueve una mano en el aire, como si intentara apresar algo inconcreto.
Atienda a la acumulación de elementos, me dice. Puede ser todo casual, pero en mi profesión sabemos que las casualidades son muy pocas. Tiene primero el color azul, que ya es un símbolo. A dos pasos de Santiago hay una mansión cuya propiedad recae por el momento en una familia de postín de estas latitudes; la finca está protegida como bien cultural por el Estado, sin embargo, y se anda en pleitos con el fin de revertir la titularidad al patrimonio público. Asimismo, dos figuras de profetas, que formaron parte del Pórtico de la Gloria de la misma catedral de Santiago que ha sido objeto de agresión, fueron “adquiridas” a título gratuito por el patriarca de la familia, y sus herederos están tratando ahora mismo de colocarlas en el mercado del mundillo artístico internacional. Se trata de las estatuas de Abraham e Isaac, me han dicho, aunque otros apuestan por Jeremías y Ezequiel. El Ayuntamiento de Santiago está moviendo hilos para recuperar las figuras. La bronca es considerable, al parecer. Añada usted que existe la intención política firme de exhumar al patriarca de su suntuosa tumba y colocarlo en un lugar menos prominente.
Ahora bien, existen organizaciones, fundaciones culturales, pequeños partidos e incluso escuadras de acción más o menos expeditiva, relacionadas con la herencia proteica del viejo patriarca fallecido. Este sigue siendo un recuerdo presente en el escenario político del país. Recientemente ha habido movidas de protesta en su favor: concentraciones con banderas, himnos y amenazas inconcretas de revancha si determinados proyectos oficiales siguen adelante. En tales concentraciones predominaba el color azul, ya ve usted. No me parece imposible que el autor de la pintada esté relacionado con este tipo de movimientos telúricos, y que algún experto situado “dentro” de la catedral le haya hecho llegar la información de cuál era el objetivo más indicado para que la fechoría pasara desapercibida para todos, incluida la vigilancia electrónica. Para consumar una pintada de ese estilo, sabe usted, basta apenas medio minuto, y de noche todos los gatos son pardos.
─ Lew ─ le digo ─, tiene usted demasiada imaginación, y este calor acaba de rematar la faena. ¿Le parece bien que prepare otro whisky sour, y así nos sirve de puente hasta la hora del aperitivo?
─ Sea ─ asiente Lew Archer, magnánimo.