viernes, 3 de agosto de 2018

UNA HORA EN EL PRADO


El Museo del Prado ha confeccionado una lista de quince obras “imprescindibles” de su colección, como guía para personas que solo dispongan de una hora para visitarlo (1). Son quince obras magníficas, sin la menor duda. A partir de ahí empiezan las preguntas.
¿Es suficiente una hora de visita? ¿Es útil, siquiera? Eugeni D’Ors proponía tres; hizo un libro sobre el asunto. Eran otros tiempos, quizá, y los visitantes estaban dispuestos a gastar más tiempo en este tipo de frivolidades.
¿Es adecuado el ritmo de visionado de quince obras maestras en tan solo una hora? Cada pieza va explicada, al parecer, en una ficha muy completa con contenido multimedia. Uno puede estudiarse previamente el contenido, entonces, como si se tratara de un examen, y ejecutar luego la performance a la carrera, sin perder compás. Quizá no sea el método más adecuado para disfrutar del arte, pero aquí nadie ha hablado de disfrutar, sino de hacerse en un tiempo mínimo una idea ajustada de la importancia y variedad de los contenidos museísticos.
Eso provoca una pregunta de un orden diferente: ¿para qué va uno a un museo? ¿De qué, exactamente, pretende informarse? ¿Qué es lo que va a disfrutar en primer lugar, el cúmulo de información o la impresión estética?
Más preguntas. ¿Son esas quince obras las más relevantes del Prado, el top fifteen por expresarlo de alguna manera? La respuesta obvia es que no. Desde cualquier criterio o canon que se utilice, habrá más de una docena de lienzos de Velázquez situados por encima (muy, muy por encima) del mejor Tiépolo posible. A pieza única por autor, las elegidas han sido las Meninas. De acuerdo. Pero ¿y las Hilanderas, la Rendición de Breda, el Bobo de Coria, la Fragua de Vulcano? ¿Cuántas horas habrá que prolongar la visita si uno desea disfrutar de todo lo que los grandes maestros ─incluso solo los realmente muy grandes─ nos dejaron en herencia?
Forman parte de la selección los Fusilamientos de Goya, pero no la Familia de Carlos IV, ni las Majas, ni retratos femeninos inolvidables como el de la condesa de Chinchón. Luego, falta el Tránsito de la Virgen, de Andrea Mantegna, el cuadro que habría elegido D’Ors si le dieran la oportunidad de llevarse uno.
¿Puede juzgarse algo tan subjetivo como el mérito artístico con criterios objetivos? ¿Con algoritmos, por ejemplo?
Lo que se está ofreciendo, en realidad, es un digest de los contenidos del Prado para profanos, imagino que suntuosamente preparado. Un “pack Prado” con certificado de garantía para que incluso el visitante más desprevenido pueda calibrar por sí mismo, en un tiempo forzosamente limitado por el tráfago de la vida actual, de qué va la cosa en el funcionamiento de una pinacoteca.
Quince obras maestras como resumen último, desencarnadas de su época, de su estética particular, del objeto para el que fueron compuestas, de la corriente inacabable de obras contemporáneas contrastables con ellas, de la psicología, la sociología, la ideología y la economía que les dieron vida. Aparecen entonces exentas de trasfondo, conceptuadas como cimas de algo que no se sabe bien qué es, por falta de puntos sólidos de referencia.
Ofrecer el Prado en una hora me recuerda inevitablemente la propaganda de esos métodos para aprender idiomas sin esfuerzo, sin casi darse cuenta y en un tiempo récord.
No se ganó Zamora en una hora, dice la sabiduría popular. El Prado, tampoco. Al Prado siempre hay que volver.