sábado, 26 de diciembre de 2015

BEGIN THE BEGUINE


La primera impresión que dejaron en los analistas los resultados del pasado día 20 fue que entrábamos en una etapa política nueva, una especie de rigodón de consensos enlazados en donde los líderes habrían de exhibir dotes tales como equilibrio, imaginación, talante y juego de cintura. Ahora predomina, por el contrario, la opinión de que así no hay manera y es preferible volver a las urnas para adecentar en la medida en que se pueda el patio, que hay que ver cómo lo hemos dejado de impresentable los electores.
A Pedro Sánchez, por ejemplo, antes de que empezara a esbozar el primer paso de baile, su “cuñá” Susana no ha tenido remilgos en advertirle: “Mucho ojito, que nos vemos las caras en el congreso.” Al chico le ha dado un pasmo. Se creía un líder electo, y le han amargado la cena de nochebuena. Se le ha congelado el talante.
Mariano Rajoy está en contra de cualquier cosa que huela a pacto. Tanto tiempo votando en el congreso en solitario y contra todos acaba por imprimir carácter. Él no ve necesidad de cambiar; que cambie, en todo caso, la aritmética parlamentaria. El partido más votado es el que ha de gobernar, y los demás que arreen. Le refuerza en su idea el obispo de Córdoba: para monseñor todos los pactos son contra natura, y los pactos con pipeta son además un aquelarre. Cuanto más alfa sea el macho alfa, mejor le va a ir a la grey sumisa.
Pablo Iglesias solo está dispuesto a pactar una reforma constitucional y un referéndum para Cataluña. Se ha quedado tan solo como Rajoy en el intento, y tampoco parece importarle. Albert Rivera, siempre original en la forma y en el fondo, ha llegado por sus propios medios y sin ayudas externas a la conclusión de que España es lo único importante. Lo llaman “nueva política” en los mercados del voto.
De modo que ahora esto es un embrollo de líneas rojas entrecruzadas. Y no cabe el recurso al tamayazo, esta vez. No es cosa de uno o dos votos en el plenario, sino de treinta o cuarenta por lo menos, algo imposible tal y como se ha puesto en el mercado el kilo de voto. Solo podría financiar algo así el emir de Qatar o ese milmillonario ruso que acaba de echar a Mourinho del Chelsea. Se trataría de buscar a una figura independiente y de prestigio para presidir un gobierno de concentración y poner orden en un vestuario (léase parlamento) repleto de primadonas levantiscas de egos desmesurados. Tal vez Pep Guardiola podría hacerlo, pero traerlo aquí sale más caro que sobornar a sesenta diputados. Y Bruselas no para de mirarnos de reojo, escamada, a la espera de un balance presupuestario que por este camino va a terminar hecho unos zorros.
Estamos en un impasse. La culpa es solo nuestra, claro, de los votantes. Hicimos la carta a los Reyes Magos con ilusión, teniendo en mente una España nueva, alegre y faldicorta. Y los Magos nos han castigado trayéndonos exactamente lo que pedíamos.
Es necesario volver a empezar. Beguin the Beguine, como nos enseñó Cole Porter. Yo, en esta ocasión, probaría un recurso heterodoxo, herético me atrevería a decir, algo que roza lo impensable y lo imposible: escribir la carta a las Reinas Magas. Ellas quizá podrán sacarnos del atolladero.