martes, 1 de diciembre de 2015

EN CAMPAÑA


Mariano Rajoy no ha asistido al primer gran debate electoral. «Yo no puedo estar en todas partes. Como si no tuviera nada mejor que hacer», parece que comentó. El atril colocado en el plató para él permaneció vacío, mientras sus contrincantes barajaban promesas electorales y discutían entre ellos cuáles eran mejores o peores.
Lo de Mariano era una opción plausible, y de hecho, consultados en el programa televisivo El Intermedio los madrileños bienestantes del barrio de Salamanca, todos a una le dieron la razón. A qué mezclarse en disputas de muchachos, lo que Mariano es capaz de hacer se conoce ya de sobra.
Por poner un ejemplo que es ya un secreto a voces. Mariano es muy capaz, al tiempo que da una opinión fundada como comentarista en un programa deportivo, de atinar, al vuelo y en directo, en la coronilla de su chico con dos capones que reflejan su gran categoría de padre y de educador. En la soltura del braceo en una emergencia semejante se reconoce la talla de un estadista. De haber cedido Mariano a la oferta tentadora de ocupar su atril vacío ante las cámaras, el coscorrón podría muy bien haberle caído a Pedro Sánchez, o bien a Albert Rivera, cuya coronilla queda más a su nivel. Desde su impecable savoir faire, Mariano ha acusado a sus desafiantes de insolventes. Deberían presentarse con más currículum, ha dicho; haber hecho su aprendizaje de la cosa pública en una concejalía, como mínimo.
De momento, el atril vacío en el debate a cuatro frustrado ha causado cierta sensación. El ausente podría muy bien convertirse en el tapado de una campaña tan reñida. Sobrecoge el ánimo el silencio perfecto como respuesta al vocerío de propuestas, tiene una capacidad de sugerencia heavy, rompedora, con reminiscencias del Tao. Mariano es más grande aún si calla, más omnipresente si desaparece. Lo imprescindible de su figura señera en el horizonte político se hace descomunal en la invisibilidad. Todos los españoles nos sentimos más confiados, “y mucho confiados”, digámoslo con sus mismas palabras, cuando no asoman sus gafas y su barba en punta por detrás de un atril provisto de micro.
Fuentes oficiales del Partido Popular han dado a Mariano Rajoy como vencedor del debate de anoche. Otra vuelta de tuerca. Siempre ha habido derrotas por incomparecencia, el dato nuevo es la victoria por incomparecencia. El no va más en política molona. El paso siguiente puede ser cerrar los colegios electorales y mostrar en el plató de la televisión las urnas mudas, austeras, vacías. Luego se recurre al Tribunal Constitucional para que dictamine el vencedor de los comicios. El resultado puede anunciarse en una gala con presencia de todos los nominados, más la flor y la nata de la jet que puebla este país desde la Moraleja hasta Marbella. Una famosa con caché, bellamente ataviada, abriría el sobre con el dictamen del Constitucional y pronunciaría las palabras sacramentales: «Y el ganador es…»
Sería una forma de añadir glamour al ejercicio democrático. Y no me vengan con argumentos retorcidos, no saquen las cosas de su quicio alegando que las ausencias de debate, las designaciones a dedo y otras prácticas parecidas ya ocurrían en este país cuarenta años atrás. No hay comparación posible. Franco era un antiguo.