jueves, 31 de diciembre de 2015

LOS TRABAJADORES NO SON MÁQUINAS


Suscribo en el fondo y en la forma el artículo publicado ayer por Quim González Muntadas bajo el título “Los trabajadores mayores no son máquinas oxidadas” (1). Quim sabe de lo que habla, y lo expone muy bien. El título que ha elegido, sin embargo, abre un resquicio a la ambigüedad. Podría entenderse que los trabajadores mayores “sí” son máquinas capaces de funcionar a pleno rendimiento, o que ese es el caso para los trabajadores que no son mayores, por más que su condición de “seniors” permita a los veteranos conocer y utilizar atajos para incrementar su productividad. Por eso retitulo como puede verse al frente de esta nota de urgencia. No lo hago por Quim, que lo entiende muy bien, sino porque detrás de la formulación hay un cliché centenario muy extendido.
El equívoco parte de la “organización científica del trabajo”, un artilugio teorizado por un ingeniero empeñado en elevar a la purria humana que poblaba las fábricas de su época a la condición de máquinas relucientes, bien engrasadas y eficaces por encima de toda ponderación. Un salto cualitativo, se entiende, en una época en la que toda la producción de bienes y servicios se colocaba bajo el lema del maquinismo. La máquina era lo más de lo más, los humanos habían de aproximarse todo lo posible – igualarse era impensable – a su perfección. Hoy ese mismo paradigma inalcanzable subsiste, pero se ha desplazado desde las máquinas a los ordenadores.
El sueño de dicha del hombre-máquina hizo fortuna. Fue una de las claves del gran despegue industrial estadounidense, acompañó muy de cerca a los delirios de razas superiores de los nazismos y fascismos emergentes, y fue sancionado y bendecido también por el socialismo real (Iósif Stalin: El capital más precioso es el hombre. Versión española en Ediciones Europa-América, Barcelona 1935). La tradición prosiguió en las nuevas condiciones de la posguerra mundial y durante los treinta años gloriosos de desarrollo sostenido (Gary S. Becker, Human Capital. A Theoretical and Empirical Analysis, With Special Reference to Education, University of Chicago Press, 1964).
Pocas voces se alzaron en contra de esa cosificación universal según la cual la economía no es un instrumento dedicado a servir objetivos humanos, sino al revés, el hombre es instrumento de objetivos económicos. Entre ellas, Simone Weil: «Las cosas desempeñan el papel de los hombres, y los hombres el papel de las cosas» (en La condition ouvrière).
El equívoco hoy ha empeorado, si cabe. La situación de los trabajadores mayores de 55 años, que analiza con acierto Quim González en el artículo citado arriba, se repite en relación con otros grupos cuya adaptabilidad a las exigencias empíreas de los “mercados” es difícil: las mujeres, los jóvenes sin experiencia y las personas sin arraigo. Bruselas acaba de amonestar de nuevo a nuestro gobierno por no suprimir las “rigideces” que aún afectan a nuestro mercado de trabajo. Las llamadas rigideces son residuos del viejo sistema de protección, un sistema derivado del pacto fordista, en virtud del cual, a cambio de trabajar como una máquina sometida a presiones considerables, se garantizaba al obrero la seguridad de su puesto en la fábrica, un salario suficiente y una cierta conciliación entre su tiempo de trabajo y una vida personal y familiar capaz de garantizar en el largo plazo la reproducción unitaria de la “fuerza de trabajo” abstractamente considerada.
Hoy el pacto se fue al carajo, el largo plazo no se contempla, hay fuerza de trabajo de sobra en un mundo superpoblado, y el criterio predominante para la selección de los trabajadores es su “empleabilidad”. La empleabilidad significa lo mismo que denunciaba Weil en los años treinta del siglo pasado: colocar a las cosas en el lugar de las personas, y viceversa. El aspirante a empleado debe ser despojado de todo mecanismo de protección colectivo, inoculado contra la influencia perversa de los sindicatos de clase, y provisto desde las instancias estatales de la enseñanza de una formación, no genérica y omnicomprensiva (las humanidades son paparruchas), sino específica en las técnicas y los saberes necesarios para el bienestar a corto plazo de los mercados. La realización y el bienestar personal del trabajador/ra, así como su vida familiar, quedan en segundo plano, son solo variables dependientes del gran imperativo categórico que representa el mercado. Y el mercado es un dios mudable, arbitrario y feroz, que exige sacrificios mayores cada día de sus adoradores.
Bruselas nos reprende una vez más, pero con una cantinela gastada y sin sentido. Su sueño de gobernanza se hundió con estrépito en 2008. La operación de rescate a gran escala de la banca pagada con recortes drásticos de los servicios sociales ha sido un crimen contra la humanidad por el que muchos gobernantes deberían sentarse en el banquillo. Desde aquel crac sonado cuyos ecos se esfuerzan en amortiguar los turiferarios del TINA (sigla de There is no alternative, no hay alternativa), se sigue predicando la supresión de todas las trabas para la instalación de los capitales transnacionales en todos los escenarios económicos posibles, y al mismo tiempo se multiplican los muros que se creyeron abolidos, se erigen nuevas barreras y aduanas, se afilan las concertinas contra los indigentes del cuarto mundo, y se instalan en el espacio de libertad común controles policiales contra quienes llegan en busca de refugio desde países arrasados por guerras imperiales iniciadas para controlar las materias primas exigidas por el crecimiento económico “mundial”.
Mientras no lo enderecemos entre todos, este es un mundo al revés.