lunes, 24 de mayo de 2021

ALGUIEN DEBERÍA DECÍRSELO

 


El secretario general reelecto, Javier Pacheco, rodeado por la nueva Ejecutiva del Sindicato, en la clausura del Congreso de CCOO de Cataluña.

 

En la fiesta del Congreso de las CCOO de Catalunya, brilló por su ausencia el recién investido president de la Generalitat, Pere Aragonès Garcia.

Cierto que todavía no ha tomado posesión del cargo, pero alguien debería haberle explicado la importancia de dejarse ver en ese foro concreto, si más no, para ofrecer una imagen visible de normalidad política. Entiendo por “normalidad” en este caso el hecho de que el presidente de Cataluña lo es de todos los catalanes, sin excepción, y muy en particular además de los que “aquí están, estos son, los que aguantan la nación”.

Aragonès pudo no sentirse preparado para el evento, pero esa no es excusa. Era preferible solventar el expediente con una aparición breve y un deseo genérico de buena suerte en “la fuerza de los trabajos”, lema del Congreso, que no dejar sencillamente de aparecer. Si lo que temió el nuevo lehendakari catalán fue un abucheo, es que no conoce el paño. Si creyó que se encontraría aislado en “territorio comanche”, no cabe mayor distancia de la presunción a la realidad. Comisiones Obreras siempre ha ejercido de anfitrión impecable a los políticos con mando en plaza. En el sindicato hay un interés permanente por una sintonía mejor entre su propia esfera autónoma, la de las relaciones sociolaborales, y la esfera de las instituciones de gobierno, que tanta trascendencia tiene para la “fuerza” efectiva de sus trabajos.

Y el gobierno catalán, por su parte, necesita con urgencia complicidades y avales (hasta donde tal cosa pueda ser posible) para una singladura que se prevé tempestuosa en el ámbito de sus propios socios, correligionarios y aliados. Las maniobras continuadas y los jeribeques de Puchi y su Mesa Redonda no son una forma de presión irresistible para el nuevo gobierno; muy al contrario, tienen todo el aspecto del manoteo desesperado de un cuerpo en caída libre. Puchi sigue señalando a todos la Luna con el dedo extendido, pero la gente se fija más en los equilibrios deslavazados que está haciendo en la cuerda floja.

Vamos a dejar de lado por un momento, entonces, a los partidos políticos y el número de diputados que cada uno de ellos tiene en el Parlament. Los partidos, dispensen ustedes la crudeza, representan hoy muy poco, y deciden menos aún. Todos son “transversales”, lo que significa que carecen de una base social definida que deposite en ellos sus expectativas de prosperidad y de bienestar. Son plataformas “atrapalotodo”, cada cual desde su posición propia en la rosa de los vientos. Y en muchos casos no trabajan para el consenso, sino para el bloqueo político.

Este es un tema serio, a considerar con detenimiento. Si examinamos el panorama político de la actualidad, el único consenso que aparece como operante es el del gobierno de la nación con los actores sociales, a saber las patronales y los sindicatos. Los partidos políticos en diversos grados de oposición se esfuerzan interminablemente, en una situación peligrosa para sus intereses, en poner palos a las ruedas de cualquier negociación en curso, declamar arias de bravura en los medios de desinformación, e inventar sin prisa pero sin pausa nuevos enemigos ocultos de las esencias.

Parecería sensato, estando las cosas como están, que Pere Aragonès buscara de algún modo un espacio amplio de construcción de alternativas que incluyera a la primera organización del país ─después del Barça─ en número de afiliados. El gran problema de esta legislatura va a ser la construcción de alternativas, no la construcción de un Estado propio en Cataluña. Si mira despacio a su alrededor, Aragonès descubrirá que Cataluña “es ya” Estado, y debería serlo más aún para garantizar la buena marcha de una política de las cosas. El gobierno central es solo gobierno central, como su nombre indica sin equívoco posible. La centralidad no supone ningún privilegio especial, es simplemente un ámbito más general que se superpone, con una función de subsidiariedad, a los ámbitos más particulares de cada territorio autónomo (lo de “autónomo” también debería quedar muy claro).

Si cada cual acierta a estar en su sitio, las cosas se moverán en la dirección deseada. El sitio de Aragonès, el pasado fin de semana, estaba, aunque fuera solo por un cuarto de hora y un saludo genérico a las/los congresistas, en la sala de actos del Congreso de las CCOO del país que preside.