Estamos hoy en
jornada de reflexión andaluza, y la primera reflexión que se me ocurre es que
los resultados de mañana añadirán pocas novedades y menos soluciones duraderas al
panorama político, así al sur como al norte de Despeñaperros.
No ha sido una
campaña ejemplar en ningún sentido. En el terreno de la derecha está
funcionando a toda potencia la centrifugadora. No me parece que sea una buena
noticia; el equilibrio democrático requiere de un peso ponderado colocado a la
derecha; los valores que se defienden desde esa parte del electorado son
sustanciales y atendibles; y los partidos y plataformas que se reclaman de esa
tradición deberían situarse al servicio de esos valores, y garantizar la
seguridad en sus diferentes aspectos (comercial, laboral, jurídico…) como un
factor necesario para promover la prosperidad común. En lugar de eso, y de
combatir con seriedad la corrupción desbordante en sus filas, los tres tenores
de la España eterna se han enredado en quimeras nebulosamente gibraltareñas y
agitan cada quien más alto banderas que no sirven para nada; ni siquiera, por
lo que se está viendo, para sonarse la nariz.
En la izquierda, el
PSOE de Susana Díaz (hay distintas almas en el PSOE, no soy yo quien lo va a
descubrir; el alma de Susana es una de ellas) ha encajado para la ocasión su
argumentario de siempre, y con ese trantrán de rutina parece que le va a
alcanzar para gobernar una legislatura más. Aunque no será sola. Su mayor
esfuerzo ha consistido en marcar las diferencias entre las turbulencias del
resto del territorio, en particular las de Cataluña, y la claridad cartesiana
de los conceptos metodológicos en Andalucía, donde nada se confunde y todas las
cosas tienen su lugar preciso. Gestión, gestión y gestión. Ninguna innovación,
ningún deseo de trascendencia tampoco, por ese lado.
Adelante Andalucía
ha intentado generar ilusión. El esfuerzo ha sido loable, pero resulta
inverosímil que la ilusión generada pueda quedar reducida a los límites
estrictos de la coalición. La condición imprescindible para el cambio que se promete
es una política de alianzas. Ese mensaje no se ha dado. No suele decirse en
campaña que se aspira a gobernar con uno o más rivales en las urnas, pero el grito
de “¡Dejarnos solos!” tampoco suele atraer los votos de los (muchísimos)
indecisos.
Ha faltado el
debate de ideas, la invitación a confluir por parte de unos y de otros en un
proyecto de cambio compartido y ambicioso. Lo diré con las palabras de Javier
Aristu, un hombre que conoce perfectamente el paño: «Se
trata, creo, de construir nuevas culturas de gobierno y de negociación, por
encima de las diferencias personales, superando las distancias de talante
político. Se trataría de discutir sobre contenidos de un proyecto político
andaluz que sitúe a nuestra Comunidad en posiciones más ventajosas que las
actuales. No creo que un gobierno en solitario, como pide insistentemente
Susana Díaz, esté ya capacitado para esa tarea.» (1)
Mi perplejidad ante la propuesta esgrimida por AA se
incrementa cuando leo (en Nudo España, pág.
149), la siguiente declaración de Pablo Iglesias sobre qué política podrá hacerse
“para transformar España en años venideros”. Ahí va:
«Podemos
no surge de la sociedad civil, sino de la televisión. Somos un producto que
asume la idea del popolo della televisione y que en última instancia no se politiza a través de instrumentos que
conoce debido a su presencia en la sociedad civil, sino de instrumentos que es
capaz de observar en la televisión. En el momento en que esta circunstancia
ofrece la posibilidad de construir un instrumento electoral, se desarrolla una
voluntad de construirse hacia abajo.»
No parece que se trate de una ocurrencia improvisada, y
el formato de libro en el que aparece no es comparable al de un tuit que se lanza
en plan globo sonda. Con semejantes distopías, como las llaman ahora, y con ese
adanismo teórico y teorizado, que ve en la sociedad civil un terreno de conquista y que prescinde en sus planteamientos de la “gente”,
de la tradición y de las generaciones anteriores aún presentes y votantes, a
menos que aparezcan por televisión (¿en los telediarios o en las series?), mal se
va a conseguir cambiar las estructuras profundas que configuran la España real,
España como la percibimos.
A lo más, por ese camino se podrá transformar la
televisión.