La prensa diaria y
la especializada, los telediarios y los diversos chiringuitos de jugones que
dan cobertura informativa al importante asunto del fútbol, se han poblado de
noticias asombrosas relacionadas con el Real Madrid. Eden Hazard está ya en el
saco, Rabiot ha dado su conformidad para vestir de blanco, y la tesorería puja fuerte por Mbappé y por Neymar. La próxima temporada el equipo deslumbrará.
Más cierto es que, en
la temporada actual, bordea lo penoso. Hace unos días, el equipo estuvo en un
tris de ser atropellado en el Bernabeu por el colista de la Liga, el Huesca;
Benzema, un hombre hasta hace poco con un pie fuera del club, salvó los muebles
haciendo dos goles en las postrimerías.
Zinedine Zidane,
presentado hacía escasos días como el druida de la tribu poseedor de la poción
mágica de la invencibilidad, no había sido capaz en la jornada anterior de
evitar un descalabro en Valencia. Gareth Bale, el superfichaje estelar que iba
a hacer olvidar a Cristiano Ronaldo, empezó a ser silbado por el público en el
minuto 3 del partido con el Huesca, y la cosa ya no paró a partir de ese
momento.
A falta de magia en
el campo, es de primera necesidad elaborarla en los despachos. A ello se dedicaron
los estamentos técnicos del club con premura. “¡Viva Premura!”, clamó el
aficionado.
En Cataluña, la última
muestra de la futbolización de la política nos ha llegado de la mano de una
entrevista a Marta Pascal por parte de Enric Juliana. Todos los mentideros se
hacen ya eco del inminente reingreso en la política de Artur Mas, evento hábilmente sugerido por
Pascal. Mas viene a ser como Zidane, salvando las evidentes diferencias. En
determinado momento se le impuso el consabido paso a un lado, empujándolo
incluso porque no se decidía; ahora se le pide de rodillas que vuelva a los
ruedos.
El clamor obedece a
una lógica férrea. Mas es un sapastre, pero la comparación con Puigdemont y Torra (en el caso de Zidane fueron Lopetegui y Solari) lo
convierte en el Leonardo da Vinci del independentismo moderado. Ahora que la Esquerra
Republicana de Oriol Junqueras se lleva de calle todos los sondeos, y que el PDeCAT
se diluye en una sopa de siglas sin poder evitar, dicho con Benet i Jornet, una
“vella, coneguda olor” a materias
fecales en descomposición, ha llegado, como en el manual de estrategia de
Florentino Pérez, el momento de cantar desde los despachos las excelsas glorias
previstas para la próxima temporada.
Futbolización de la
política: el mago desvía la vista del respetable público hacia la galera de la que
va a brotar el muy publicitado conejo blanco, a fin de que no vea, o lo olvide,
el presente mísero.
Nada por allí, nada
por aquí, y aparece Mas, sonriente. Truco.
Tanto Puigdemont
como Torra se han apresurado a darse por ofendidos. El primero ha recordado que
está luchando por la dignidad de los políticos presos y exiliados. Quim Torra, por
su parte, ha pedido a Pascal que no se desvíe de la centralidad de la política.
Ninguno de los dos ha aclarado por qué razón la lucha por la dignidad
de un lado, y la centralidad de otro, tienen que llevar incorporada una dosis
tan grande de impotencia y de incompetencia.
Los dos están, como
el mítico coronel Aureliano Buendía, delante del pelotón de fusilamiento, y rememoran
el día lejano en el que el gitano Melquiades les dio a conocer por primera vez
el hielo.