Teresa de Ávila, la santa que vivía sin vivir en ella, por José
de Ribera. Museo del Prado.
Leído esta mañana
en titulares de La Vanguardia: «El Govern confía en que la Moncloa no use la
ausencia de Torra para perjudicarlo.»
La proposición es
una joya semántica: por lo que dice, y por cómo lo dice. El sujeto de la frase
principal es “el Govern” (genuino representante de la legitimidad existente, se
supone); y en cambio, el de la frase subordinada es “la Moncloa”, circunstancia
que acompaña aleatoriamente al Gobierno de España, esa entelequia claudicante. Se
expresa, por lo demás, la esperanza de que un hecho tan nimio como la ausencia
de Torra en una reunión no sea “usado” por la Moncloa para “perjudicar” al
Govern.
De forma parecida a
como Teresa de Ávila vivía sin vivir en ella, hay una manera cómoda de estar en
los sitios decisivos sin estar en ellos: consiste en denunciar de antemano con
severidad las represalias eventuales que podría tomar la contraparte,
represalias que ni se han producido ni se han anunciado siquiera.
Dicho de un modo
más claro y comprensible: yo te atizo un golpe por debajo del cinturón, y corro
enseguida al árbitro de la opinión pública a quejarme de que tú estás intentando
sacarme del ring de un guantazo.
Con esta
triquiñuela, el “Govern” perezoso intenta conseguir su cuota de fondos europeos,
íntegra y no enturbiada por compromisos enojosos hacia la Moncloa opresora y
sus adláteres. Pero los fondos europeos no son en ningún caso una tómbola (lo
dice hoy Enric Juliana, también en La Vanguardia): están sujetos a compromisos
concretos, a interacciones, a planificaciones a medio y largo plazo y a
realizaciones que hoy por hoy quedan fuera del horizonte de un Govern presa del
“qué hay de lo mío”, donde “lo mío” es para el caso una independencia nebulosa
que colocaría a Cataluña fuera del ámbito de los deberes de todo tipo hacia el
Estado opresor, pero, por lo que parece, dentro del círculo de los derechos
frente al mismo Estado, o gobierno, o “Moncloa”.
Y en concreto, dentro
del derecho a la recepción puntillosamente exigida de la parte más que alícuota
de los fondos presentes, y de cualquier otra parte más que alícuota
correspondiente a nuevas tómbolas anunciadas para más adelante.
La Generalitat
sigue sin tener un plan, ni sobre la sanidad pública, ya que el sector sigue en
la privatización estranguladora en que lo dejó el conseller Boi Ruiz, ni sobre
la reconstrucción de la economía sobre bases diferentes de aquella “pista de
aterrizaje de las multinacionales” que teorizó el patriarca Pujol Soley.
No es que el resto
de las autonomías esté mucho mejor. Las noticias que llegan del Madrid de Ayuso
y la Andalucía de Moreno son inequívocas: ambos gobiernos autonómicos tienen el
chiringuito montado de determinada manera, y no les apetece introducir novedades
peligrosas: la igualdad frente al privilegio, dónde se ha visto, esto parecería
Venezuela.
Tampoco la patronal
está a gusto. Se sentía cómoda con las reformas laborales, y ley a ley, decreto
a decreto, la pérfida “Moncloa” les está quitando el suelo de debajo de los pies.
Ponen el grito en el cielo, y si no se insubordinan abiertamente (recuerden la amenaza
de la patronal agraria: no vamos a ser pacíficos), es por un motivo contundente.
Ese motivo, el
argumento último de que dispone el Gobierno de Sánchez para aunar voluntades
reticentes, es un fondo europeo de ciento cuarenta mil millones de euros. Se dice pronto.
La cantidad da para tragar muchos sapos. El presidente ha asumido el mando de
las operaciones y anuncia “cogobernanza”.
Cogobernanza
implica colaboración. Íñigo Urkullu ha rectificado su posición inicial con un
ágil juego de piernas, y se ha presentado a última hora donde no quería ir, negociando
de paso un pequeño caramelo aparte a cambio del efecto moral de su presencia en
la Cogolla.
No me hace ninguna
gracia, personalmente, el jueguecito de Urkullu, pero hay que reconocerle
agilidad de reflejos. El tándem Torra-Arragonés sigue a estas alturas
revolcándose en su inepcia y soñando con cuánto mejor lo habrían hecho ellos, y cómo
se habrían arremangado para la faena, de estar solos en el mismo fregado en el
que ahora se hacen la ilusión de que está metida de pleno “Moncloa”, mientras
ellos mismos están sin estar en ellos.