jueves, 15 de julio de 2021

EL ESPERPENTO

 


Hércules desvía el río Alfeo para limpiar los establos del rey Augías. Lienzo de Francisco Zurbarán, en el Museo del Prado.

 

La votación estuvo tan reñida (6 a 5) a pesar de la inclinación muy mayoritaria de la institución hacia la derecha, que cabe decir que el esperpento solo pudo ganar en la ruleta de los penaltis.

Hubo una resistencia clara a hacer el ridículo, por parte de una minoría cualificada del Tribunal Constitucional. El ridículo, sin embargo, aferrado a las consignas recibidas, finalmente se impuso. La victoria fue pírrica. Según doctrina ocurrente del Constitucional constitucionalista, no debió haberse declarado el estado de alarma sino el de excepción. Sorpresa. Nadie emitió tal dictamen preventivo en su momento, otras preocupaciones eran prioritarias y ha tenido que ser Vox la formación que haya denunciado la anomalía.

Es lícito, con todo, sospechar que, de haberse declarado en su momento el estado de excepción y no el de alarma, sus señorías abrumarían ahora al gobierno con reproches por su desmesura. Oigan, adónde van, estados de excepción y de guerra solo los declaraba Francisco Franco.

De no haberse dejado llevar por el hooliganismo constitucional, el alto tribunal se habría dado cuenta de que una jurisprudencia tan chunga tiene un efecto boomerang implacable. Al alimentar su desprestigio, los miembros favorables a la inconstitucionalidad de la alarma en un estado de pandemia galopante, están encenagando aquello mismo que fue creado para “fijar, limpiar y dar esplendor” (a semejanza de la RAE) a la justicia en tanto que base de sustentación de la democracia en España.

A sus señorías no les ha importado una higa. Mi intuición es que están mucho más pendientes de las puertas giratorias que tienen colocadas a su alcance, para salir de estampía hacia ellas en cuanto alguien dé la voz oportuna. Por eso adulan a quien les pueda poner una oficinita curiosa en pleno centro de Madrid, a dos pasos de los ministerios, de los grandes almacenes y de los mejores bares de tapas, en la que vegetar agradablemente algunas (no muchas) horas diarias, entregados al dolce far niente a cambio de una morterada en emolumentos varios. Nuestros/as jueces/zas son humanos/as también en sus flaquezas, como los dioses de Homero.

Pero el esperpento que han fabricado queda ahí, impertérrito, como un enorme zurullo en mitad de un camino real. Hará falta una reforma a fondo de la judicatura, en todos sus aspectos (acceso, ascensos, elección de órganos, etc.), para limpiar los actuales establos de Augías de modo que no quede ni la sombra del olor pestilente que ahora mismo transmiten.

Será algo así como desalojar otra momia de debajo de la cruz del Valle de los Caídos. Esta será la segunda.