viernes, 20 de julio de 2018

TRABAJO INTELIGENTE


No es un oxímoron. Admito que lo parece, en un contexto en el que se habla sin pestañear de edificios inteligentes, de vehículos o ciudades ídem, e incluso de armas inteligentes, porque basta con dispararlas y ellas mismas se buscan su blanco.
En una sociedad global obsesionada por la inteligencia artificial y por el big data, constatamos por paradoja que el valor de la inteligencia natural decae sin remedio incluso en aquellos territorios que le son particularmente propicios. Se exaltan la investigación, el desarrollo y la innovación, pero los investigadores están en precario, los desarrolladores mal pagados, y para los innovadores el elemento realmente definitorio no es su equipamiento mental sino las características más o menos completas y exclusivas del copyright correspondiente inscrito en el registro. Un buen copyright vale millonadas, y en cambio la mente que concibió el aparato, o el proceso comercializable registrado, puede adquirirse en el mercado global por cuatro cuartos mal contados.
Si pasamos del trabajo de ideación al mero trabajo físico, en todo el inmenso abanico de aspectos y de circunstancias en las que este se despliega, el adjetivo “inteligente” parece estar de más. El ingeniero F.W. Taylor prefería un gorila amaestrado a cualquier humano para la realización de los largos esfuerzos sincronizados de las cadenas de montaje que monitorizaba. La superioridad del simio sobre el humano residía para Taylor precisamente en que este último piensa por su cuenta, en lugar de aplicarse a su tarea con la mente en blanco. Es la apoteosis final de aquella advertencia escrita para la posteridad en documento oficial dirigido a la Corona española por la Universidad borbónica de Cervera: «Lejos de nosotros la funesta manía de pensar.»
El lenguaje reivindicativo respalda este modo de ver la realidad del trabajo subordinado. Se pide un trabajo “decente” o “digno”. En ninguna parte he visto que se reclamara un trabajo inteligente. “Yo soy un mandao”, podría ser el lema universal del currante.
Y sin embargo, el encabezamiento de este post no contiene un oxímoron. La búsqueda desenfrenada de ganancia por parte de los capitales multinacionales genera un despilfarro inadmisible de recursos limitados, provoca destrucción allá donde la destrucción rinde dividendos, acarrea imprevisión en la medida en que prevenir va en contra del lucro fácil y rápido.
Los gerentes o gestores de este estado de cosas no recurren para tomar decisiones a su propia inteligencia, sino a la de los algoritmos. Según mediciones establecidas en función de parámetros objetivos, la inteligencia de los algoritmos es infinitamente superior a la humana en algunos aspectos; en otros, sin embargo, no alcanza la de una cucaracha común.
En consecuencia es importante, en esta sociedad global íntimamente interrelacionada y en el actual y vertiginoso escalón tecnológico, capaz de elevarnos sin esfuerzo por encima del común estado de necesidad, pero también de arruinarnos para siempre en menos de cinco segundos; es importante, digo, reivindicar de todas las formas posibles ─también, y muy especialmente, en todos los escalones de los convenios colectivos─ la participación regulada de la fuerza de trabajo asalariada y subordinada en la toma de decisiones de las empresas.
La forma y el alcance de esa participación se irán concretando en la práctica. El principio importante es que, como se decía antes, “todos estamos en el mismo barco”, y la economía debe ser una ciencia establecida en el interés de todos, y no únicamente de los accionistas. La inteligencia no es un atributo exclusivo de los sabios y de las máquinas; existe un general intellect, como lo llamó Carlos Marx, una inteligencia general accesible a todos y compartida por todos, que define las formas idóneas de relación social y de producción en cada momento de la historia.
¿Cómo hemos llegado, después de siglos de democracia, al extremo de tener que democratizar de urgencia, no ya el trabajo, enterrado como está en el bolsillo privado de las clases propietarias, sino además la inteligencia, ese atributo común que nos define a todos/as como personas iguales con derechos iguales?